Destinos de Mujeres. Mariana
Murió la abuela Anastasia y a Mariana la invadió la tristeza por completo. Nunca fue bienvenida en la casa, según la opinión de su suegra. Que si demasiado delgada, que si no trabajaba suficiente, que si de una tolondrona como ella a saber si tendrían hijos.
Aguantó Mariana todo lo que pudo y, cuando el alma no le daba para más, corría donde su viejecita. La abuela Anastasia era para Mariana lo más valioso: por el padre desaparecido y por la madre, que murió de tisis diez años después.
Cuando Daniel puso los ojos en esta huérfana sólo Dios sabe por qué. Era guapo, fuerte, su casa rebosante de todo, y fíjate, se enamoró de una pobre muchacha sin familia. Así, la madre de Daniel, doña Eudocia, la llamaba por las espaldas: la mendiga de mi nuera.
Ay, cuánto se esforzó la muchacha en agradar a su suegra. Revoloteaba por la casa, se encargaba de los trabajos con resignación, sin rechistar, por malos que fueran. Pero nunca era suficiente, siempre encontraba un reproche.
Cuando Daniel estaba en casa, por lo menos todo era más llevadero, pero en cuanto él cruzaba el umbral para irse al pueblo vecino, a Mariana le daban ganas de huir.
Ten paciencia, Marianita le aconsejaba la abuela a su nieta, todo pasa.
Pero ya la abuela tampoco estaba, y los años iban cayendo, y la rabia de Eudocia hacia su nuera se hacía más fuerte.
Nunca le perdonó pensaba Eudocia que su hijo trajera a casa a una desconocida, una muchacha sin linaje. Ya le tenía vista una novia respetable: buena familia, buena presencia, caudal suficiente para varias generaciones. Pero no, el genio del hijo tan parecido al de su difunto padre hacía imposible discutirle nada. Un hombre, un verdadero cabeza de familia.
Un buen administrador era Daniel. Cuando murió el padre, él tomó las riendas e hizo prosperar aún más el patrimonio familiar. Él respetaba a su madre, pero no se dejaba controlar. Decía, y punto.
A Marianita la quería hasta la locura. Desde que la vio, tan delicada, tan blanca, con los ojos azules y la nariz respingona Se enamoró y quiso regalarle el mundo.
Los bienes no importaban: Mariana le correspondió, porque vio que Daniel le ofrecía el alma. Y ella también se entregó, sin remedio.
Ya había oído hablar de la madre de Daniel, de su mal carácter y su codicia, pero viendo el temple de su prometido, aceptó.
Se fue a vivir a la casa de su marido, aguantando los desprecios de su suegra. Cuando las lágrimas se le asomaban, echaba a correr con su abuela, a desahogar el alma.
Se sentaba en el suelo, apoyaba la cabeza en las rodillas de la viejecita, sollozando como un perrillo apaleado. Los dedos de la abuela le acariciaban el cabello, las manos suaves la tranquilizaban, murmurando una oración a la Virgen por su nieta huérfana.
Con una hora así desaparecería el desánimo y sentía ganas de seguir adelante.
Ya no tenía a quién acudir Mariana. La abuela falleció dulcemente, dormida, casi sin que se diesen cuenta.
Lloró Mariana como si se hubiera quedado sola en el mundo.
Dicen que el tiempo lo cura todo, pero no es cierto. Aparentemente el dolor se olvida, pero cuando vuelve el vacío, las manos queridas regresan a la memoria y vuelven las lágrimas.
Mientras, en la casa de Daniel las cosas iban a peor. Eudocia no daba tregua. Su nuera llevaba tres años de parásita, sin haberle dado ningún nieto.
Para Mariana eso era peor que el infierno. Había oído cómo su suegra le susurraba a su hijo que la muchacha estaba embrujada, que no tendría descendencia.
Daniel hacía oídos sordos, pero el pueblo no deja de hablar, y el ridículo rumor era que Daniel acabaría sin heredero.
Daniel fruncía el ceño, pero al llegar a casa y ver a su palomita, todo lo malo se borraba. La llevaría en volandas si hiciera falta.
Quizá la Virgen escuchó a Mariana, o el amor verdadero obra milagros, pero lo cierto es que finalmente quedó embarazada.
Y ahí Eudocia estalló; pero Daniel, ahora más que nunca, se mostró amable y protector con su esposa.
La suegra rondaba la casa como cuervo negro. Si Mariana se sentaba un momento, enseguida allí estaba ella.
¿Sentada, zángana? ¿Te crees que, por tener la barriga hinchándose, no tienes que hacer nada? le espetaba, con las manos en la cintura.
No, mamá, solo he descansado un minuto. Llevo el día en la tarea… respondía Mariana suavemente.
¡Eso dices tú! Aquí no hay criados. No eres una nobleza. Hay que ir por agua. Tu marido volverá y la casa sin una gota. Y si estás enferma, ¡fuera! No necesito una esposa débil para mi hijo.
Silenciosa, Mariana cogía el cántaro y el yugo, y se dirigía al pozo. Las vecinas mayores meneaban la cabeza: Eudocia ha perdido el juicio, con la muchacha encinta y la sigue explotando.
Al fin nació el niño. Pero no fue un nacimiento feliz. El chiquillo llegó débil, sin la fuerza de su padre, parecía estar entre la vida y la muerte constantemente: se ponía azulado, dejaba de respirar
Tan frágil como su madre decía Eudocia con desprecio, mirando a la criatura con desdén.
No diga eso, mamá, imploraba Mariana entre lágrimas. Es su sangre, el nieto de Daniel
¡Ya veremos si llega a heredar nada! respondía con crueldad. ¡Ya casi podemos ir pensando en el ataúd!
A Mariana las palabras le desgarraban. Eudocia parecía disfrutar del dolor ajeno. Si el bebé moría, Daniel abandonaría a la pobre, y ella podría buscarle una esposa mejor.
Daniel volvía del campo, arropaba a Mariana y la dejaba dormir. En sus fuertes manos cabía el niño entero, que, al sentir a su padre, parecía respirar más tranquilo.
Que esté débil importa poco pensaba Daniel. Ya verás como nos demuestras lo valiente que eres.
Llegó el día del bautizo, y le llamaron Benito. Pero el niño no mejoraba.
Un día Daniel tuvo que ir río abajo, a otro pueblo, por trabajo.
El viaje será largo. Cuida de Benito, y no hagas caso de las habladurías le dijo, besando su frente.
Fue entonces cuando Eudocia se desquitó bien. Sabía que nadie defendería a la hija, y la hizo trabajar aún más. Mariana apenas podía cuidar a su hijo. Al caer la noche, en vez de dormir por el cansancio, el pequeño seguía llorando y ella no lograba calmarlo.
Mariana vivía agotada, y el niño empeoraba.
El otoño llegó húmedo y frío. Daniel no volvía, y su madre se envalentonó.
¡Bien hace en no volver! dijo un día Eudocia. A ver si en otro lugar encuentra una novia más viva y hermosa.
Las palabras de la suegra retumbaban en la cabeza de Mariana, llenándola de miedo. Y si tenía razón, ¿y si Daniel no regresaba?
Cada día Eudocia minaba con dudas el corazón de Mariana.
¿No tienes lástima de Daniel? El niño morirá pronto, y tú le sumes en la desgracia. Deja libre a mi hijo, Mariana.
¿A dónde iría yo con un niño débil, a punto de llegar el invierno? respondía Mariana.
Peor se pondrá y no será gran pérdida; aún no ha vivido. Si muere, Daniel podrá rehacer su vida, tener hijos sanos y muchos más.
Mariana no podía creer que un ser humano dijera tales cosas, siendo madre. Miró al niño, que en ese momento tuvo otra asfixia; se puso morado y quedó como muerto.
Piensa, Mariana. La felicidad ajena no pende de la desgracia sentenció la suegra, saliendo de la estancia.
Pasaron dos semanas. Cayó la primera nevada. Mariana se consumía; y aunque empezó a defenderse de los insultos, de poco valía. Sin marido, en una casa ajena, las palabras de la suegra hacían mella. No llegaba noticia alguna de Daniel.
Y nunca llegó a su pensamiento, tan machacado, la posibilidad de que algo le hubiera pasado a Daniel; Eudocia se las había apañado para que solo se culpara a sí misma por la ausencia de su marido.
Ni vive ella ni deja vivirlo a él rezongaba Eudocia.
La gota colmó el vaso. Sin decir nada, Mariana cogió sus pocas cosas, envolvió a Benito en mantas y se fue.
Eudocia no la detuvo ni intentó retenerla. Ya estaba tranquila: hacía semanas que una carta había llegado del hospital de Salamanca diciendo que Daniel, aunque herido por unos bandidos, estaba vivo recuperándose. No creyó necesario que Mariana lo supiera; ya le contaría que el niño murió y la madre enloqueció y huyó. Mejor así: que nadie supiera la verdad.
A la mañana siguiente propagó el rumor de que Mariana se había vuelto loca tras la muerte del niño, y se marchó en mitad de la noche.
Unos días se habló del tema, pero el invierno es largo y la gente sale poco; pronto nadie se acordó
***
Mariana anduvo largo trecho, bordeando bosques y campos. Tenía miedo de encontrarse gente mala, pero apenas le preocupaba su vida; solo le dolía el alma por su hijo.
Al amanecer divisó los tejados de una aldea. No esperaba que la acogieran, pero quizá alguien le daría pan y agua, le dejaría entrar un rato para calentar al niño.
Las chimeneas echaban humo, las calles estaban solitarias. Solo vio a una mujer grande, de mejillas encendidas por el frío, que se hacía la interesante. Mariana se sintió intimidada.
La mujer llenó sus cubos de agua y, mirándola detenidamente, preguntó:
¿De quién eres? Estás azul, ¿vienes muerta de frío?
De nadie soy, susurró Mariana, solo paso camino del pueblo de al lado mintió.
¿Y allí a quién buscas? insistió la mujer.
A mi padre, siguió mintiendo Mariana.
Con este frío hasta a un perro le dan techo, pero a ti te echan pa’ fuera y con un niño
No aguantó más Mariana. Rompió a llorar, tapándose la cara con manos entumecidas.
Vamos, ven conmigo ordenó la mujer, ayudándola a levantarse.
Entraron en la casa, cálida y acogedora, olía a hierbas. Mariana se desplomó en el banco junto al fuego.
La mujer le ayudó a desnudarse y tomó al niño entre sus brazos.
Me llaman Nicolasa dijo, mientras desenvolvía al bebé.
¡Madre mía qué pequeño es! ¿Está bautizado?
Le bautizamos, le pusimos Benito musitó Mariana antes de desplomarse, desmayada.
No supo cuánto tiempo estuvo inconsciente. Despertó en una cama ajena, cubierta con un manto. Se alarmó al ver que su hijo no estaba; salió corriendo, buscándolo. Entonces entró Nicolasa con un soplo frío.
¿Ves? Has despertado. ¿Y adónde ibas tan deprisa?
¿Dónde está mi hijo? sollozó Mariana.
Tranquila, mujer. Has estado inconsciente tres días. El niño está con mi madre, en el bosque.
¿Por qué? preguntó aterrada.
Para que se cure. Ven, siéntate y dime la verdad.
Delante de una infusión, Mariana lo contó todo: el amor, el odio de la suegra, el niño enfermo y toda su pena.
Nicolasa escuchó pacientemente.
Los caminos del Señor son misteriosos. Tu hijo vivirá, y tu destino mejorará, ya que has llegado a mí. No te han acabado las pruebas, pero si mantienes la luz del alma, saldrás de cualquier oscuridad.
Solo quiero ver a mi hijo, tía Nicolasa.
Iremos juntas, pero no podrás traértelo todavía.
¿Por qué me asustas? ¿Cómo voy a dejar a mi niño?
Vístete, lo entenderás allí.
Fueron al bosque y, tras deambular entre árboles, llegaron a una caseta en un claro.
Dentro les esperaba una anciana enjuta, parecía imposible que fuera madre de una mujer tan robusta. Les recibió afectuosamente.
Entra y mira a tu hijo, duerme plácidamente. No lo despiertes.
Solicitando la esquina indicada, Mariana vio al niño en la cuna, más sonrosado que nunca.
Mucho mejor que cuando vivía en la casa de Daniel, ¿verdad? rió la anciana, como si leyera sus pensamientos. Me llamo doña Eulalia. Aquí en la comarca me llaman bruja. Por eso vivo apartada. No temas. Muchos creen sin saber. Antes de juzgar, mira a tu propia suegra: más bruja que yo, pero seguro que va a misa.
Bajó la cabeza Mariana, sin atreverse ni a respirar.
Hay muchas cosas que la gente dice sin entender. ¿Sabes por qué tu hijo enferma y se asfixia?
Mariana no contestaba.
Por ir, cuando estabas preñada, al cementerio de la abuela, casi cada día. Allí se adhirió a ti un espíritu, que después se agarró a tu hijo. De ahí vienen todos sus males.
Mariana palideció y se dejó caer en el banco.
Tranquila. Todo tiene remedio. Unos días conmigo y le curaremos de raíz.
La anciana le acarició el cabello, y a Mariana le pareció estar con su abuela.
Anda, arréglate dijo Nicolasa, volvamos.
***
La vida prosiguió. Una semana después, Eulalia devolvió a Benitín sano y risueño. Mariana era como de la familia para Nicolasa y no era carga. Ayudaba en casa.
Dime, tía Nicolasa, ¿por qué la abuela Eulalia se fue al bosque? Una buena curandera nunca sobra.
Hace mucho de eso. De joven ayudaba a todos, sin cobrar. Pero la gente, ya sabes, mientras ayudas te alaban. Si algo sale mal, te culpan de todos los pecados.
Murieron dos bebés en el pueblo. Sospecharon de ella por celos y superstición. Incluso amenazaron su casa. Mi padre logró frenarlos. Finalmente supieron que fue por causas naturales, pero Eulalia nunca lo olvidó.
Aceptó tener una cabaña en el bosque a cambio de ayudar a los niños. Así pactaron: solo niños, nada de adultos. Si enfermaba un crío, lo dejaban a la puerta, lo guiaban hasta la cabaña si ya andaba, y lo recogían tres días después. Nunca fallaba. Y si tardaba, era porque la enfermedad era grave. Mejor así, lejos del mal de la envidia.
¿Y cómo cura Eulalia? preguntó Mariana.
Nicolasa sonrió:
Mientras menos sepas, mejor duermes. Eso sí, no llama a los demonios.
En el pueblo natal de Mariana, Daniel por fin regresó y fue derecho a su cuarto. Allí nada quedaba de su esposa ni de su hijo, ninguna prenda, ningún olor familiar.
Perdóname, hijo lloriqueó Eudocia. No pude salvar a tu mujer ni a tu hijo. La desgracia los arrastró. Mariana enloqueció y huyó con el pequeño muerto en brazos. ¡Nada pude hacer!
Daniel quedó mudo y con una sola palabra martilleándole: Desapareció
***
Basta ya, Daniel intentaba animarle Eudocia semanas después. No comes, no miras la luz. Es pecado dejarse morir así.
El dolor no le abandonaba. Pasó el invierno como en sueños, y aunque la vida sigue, la herida no cicatrizaba. Eudocia intentó casarlo de nuevo, hasta que Daniel un día la mandó callar con tal brusquedad que casi la tira del banco.
¡No vuelvas a hablar de bodas! le gritó. Si ya perdí a la única que amé.
Los días eran insípidos y Daniel se volvió seco, distante. Nadie lograba hablarle. Cumplía con lo justo, dormía mal. Un año, dos años así. Eudocia empezó a temerle. Esperó que olvidaría, que pondría la casa de nuevo en marcha, pero la pena de Daniel era demasiado profunda.
Al fin, Eudocia enfermó y murió a finales del verano, consumida por el remordimiento.
Ahora Daniel estaba más solo que nunca. Por el día algo le distraía, pero al caer la noche
Y un día decidió que no merecía la pena seguir. Después de los cuarenta días por su madre, haría la mesa para los vecinos y se iría a buscar la muerte.
***
¿Qué quieres ahora? dijo Eulalia, apartándose de su labor y encarando la sombra. No tuviste conciencia en vida, y ahora vienes a buscarla tras la muerte
La sombra flotaba, lloriqueando.
Nada tengo que tratar contigo. ¡Ve a arreglar tu propio desastre!
La sombra susurró:
No la verá
Eso no hace falta que me lo digas gruñó Eulalia, no es bruja, solo una pobre alma que sufrió bastante por tu culpa.
No es por mí
¡Claro, por ti no! Eso se piensa en vida En fin, enséñame.
La sombra se posó sobre Eulalia, y mil imágenes pasaron ante sus ojos: Daniel, ojos vacíos frente a la ciénaga, los demonios celebrando esperando otra alma
***
Mariana dijo Nicolasa, nos vendría bien ir a recolectar arándanos. Así mi madre prepara remedios para los niños en invierno.
Voy yo respondió Mariana, con tal de que cuides a Benito un rato.
Aquí estaré encantada con este campeón. Nunca tuve hijos, pero contigo he recuperado alegría. Te dije que fue la Providencia el habernos cruzado.
La Virgen me ayudó. Si no llego a encontrarte junto al pozo, habría muerto. ¡Eres como una madre para mí, Nicolasa!
***
El día del luto, con todo hecho según la tradición, tras la comida y despedida de los últimos vecinos, Daniel salió hacia el bosque.
Sin saber cómo, caminó y caminó, sin rumbo, los recuerdos desfilando. Su Marianita, el pequeño Benito en sus manos, su madre gruñona, el padre que murió pronto No había conocido la felicidad. No supo cuidar de lo que amaba.
Una negrura se adueñó de su ser. Caminó y caminó hasta la ciénaga, dispuesto a dejarse tragar por el barro silente.
De repente, escuchó una voz: una canción de mujer, familiar, clara. Un destello blanco entre los árboles.
Marianita balbuceó, voy a tu encuentro, amada mía.
El espectro se detuvo, la voz cesó. Y ante la ciénaga apareció Mariana, con los ojos llenos de dudosa esperanza.
Daniel no podía articular palabras.
¿Eres tú? dijo ella.
Debo estar viendo visiones. Si no pude estar contigo en vida, vienes a buscarme muerta sonrió Daniel, creyendo ver el fantasma de su esposa.
Mariana, espabilada, le gritó:
¡Pero, Daniel, que estoy viva!
La sonrisa se desvaneció. Daniel comprendió que era real y trató de salir del barro, pero este le agarraba las piernas.
Mariana arrancaba ramas, le tendía palos, se arañaba las manos Reía y lloraba al mismo tiempo.
Al fin, a duras penas, Daniel consiguió salir. Se abrazaron, se besaron entre lágrimas y barro
***
Al saber que su esposa e hijo estaban vivos y sanos, Daniel casi perdió la razón de felicidad. Al entrar en casa, abrazó a Benito entre sollozos, y sólo Nicolasa pudo calmarlo.
Mucho hubo que hablar, de penas y alegrías. Daniel escuchaba sin soltar la mano de su esposa.
Después fue el turno de Mariana, quien narró la horrible desdicha que la tenía seca por dentro.
Lo malo se olvida rápido cuando se vive en amor y cuidado.
Para no volver el pasado, Daniel decidió dejar para siempre la casa paterna y trasladó su hacienda poco a poco al pueblo que ahora era el hogar de Mariana.
Vivieron junto a Nicolasa, que, sin tener lazo de sangre, fue madre para los dos.
***
La tumba de Eudocia fue cubierta de maleza y su recuerdo desapareció. Nadie supo nunca si su alma encontró reposo o si el peso de los daños que causó la dejó vagando para siempre.
Destinos de mujeresSolo una tarde, muchos años después, Mariana, Daniel, Benito y Nicolasa regresaron de la feria, cansados y risueños. El niño ya hecho mozo, fuerte y listo corría delante de sus padres, recogiendo moras para las mujeres.
Se sentaron junto al río, viendo reflejarse en el agua los rostros transformados por el tiempo y la paz. El silencio era dulce.
Mariana se levantó, se inclinó y colocó una ramita de jara sobre la corriente.
Vuela, abuela susurró, y que tu amor siga cruzando ríos y generaciones.
Daniel la miró en silencio, apretando su mano. Nicolasa reía por lo bajo, acariciando la cabeza de Benito.
El viento trajo campanas lejanas; la promesa de un futuro sin miedo. Nadie más habló del pasado, como si una vieja sombra se hubiera disuelto al fin.
Entre todos, crearon un hogar donde el dolor no tenía lugar, y ondeaban al sol los manteles limpios, el pan recién hecho y la risa verdadera. Había amor de sobra para todos, y cada primavera, al florecer el campo, una mariposa blanca entraba por la ventana, posándose junto a la pila de la cocina.
Mariana sonreía al verla, acariciaba a su hijo y a Daniel, y sentía que al fin el destino, por fin, era suyo.







