Tengo 67 años. Toda mi vida estuvo marcada por la rutina: trabajé 42 años en un banco —el mismo escr…

Tengo 67 años. Toda mi vida ha estado marcada por la rutina. Trabajé 42 años en un banco la misma mesa, la misma silla en Madrid. Me jubilé. Nunca me casé. No tengo hijos. Vivo solo en el mismo piso del barrio de Chamberí al que me mudé cuando tenía 28 años.

La gente siempre me preguntaba:
¿Y tú, cuándo te casas?
¿No te sientes solo?
¿Qué harás cuando seas mayor?

Siempre respondía lo mismo:
Algún día, cuando encuentre a la persona adecuada.
Cuando tenga más tiempo.
Cuando ahorre un poco más de dinero.
Cuando…

Siempre el cuando.

Al jubilarme, pensé: ahora es el momento de viajar, de aprender cosas nuevas, de vivir de verdad. Pero los días pasaban y yo seguía igual: despertar, desayuno, informativos, periódico, bajar al mercado, volver a casa, ver la tele, dormir.

Hace tres meses tuve un susto de salud. Nada grave, pero el médico en el Hospital Clínico me dijo:
Está usted bien, pero ya tiene 67. Cuídese, salga a pasear, muévase más.

¿Salir a dónde?
¿Con quién?

La semana pasada caminaba por el parque del Oeste, cerca de casa. Nunca había entrado, siempre lo bordeaba. Vi a un hombre, más o menos de mi edad, que pintaba en un caballete. Me acerqué para mirar.

Dibujaba los árboles, el lago, los patos. No era perfecto, pero era bonito.

¿Le gusta? me preguntó sin girarse.
Sí, pinta usted bien.
No pinto bien, dijo riendo. Empecé hace un año. Pero me gusta. Me hace feliz.
¿Empezó usted a pintar pasados los sesenta? dije sorprendido.
A los 68, respondió. Toda mi vida decía que quería aprender a pintar. Un día me di cuenta: ¿por qué no empezar ahora? Ya he perdido 68 años con el algún día. No voy a perder los que me quedan.

Estuve dándole vueltas toda la semana.

Ayer me desperté y me miré al espejo. Un hombre de 67 años lleva 40 esperando a que empiece su vida. Espera el momento perfecto. Espera compañía. Espera no sé qué espera.

Ayer entré en una tienda de música en la Gran Vía y me compré una guitarra. Siempre quise tocar. Siempre dije algún día.

Me apunté también a un curso de italiano. Sueño desde siempre con ir a Italia, pero siempre pensaba: ¿Qué sentido tiene viajar solo?

Y me compré un billete de avión a Roma. Dentro de cuatro meses. Voy solo. Y está bien así.

Esta tarde he practicado una hora con la guitarra. Sueno fatal. Los dedos no se mueven como querría. Pero me he reído solo en mi salón con el ruido que conseguía sacar.

Y me he dado cuenta de algo: 67 años esperando un permiso, o las circunstancias, para empezar a vivir. Esperando a la pareja ideal, el momento idóneo, las condiciones justas.

Pero nadie va a darme ese permiso. Nadie va a llamar a mi puerta para decirme: Ahora ya puedes ser feliz.

Tengo 67 años. Puede que me queden 10, 20, o menos. Pero estos años los voy a aprovechar. Tocaré fatal la guitarra. Hablaré un italiano de pena. Pintaré cuadros feos. Viajaré solo y seguro que me perderé en algún callejón de Trastevere.

Y eso será maravilloso.

Porque al final de mi vida no quiero recordar aquello que no hice esperando el momento perfecto. Quiero acordarme de que lo intenté. De que viví. De que fui feliz a mi manera.

No necesitas compañía para empezar a vivir.
No hace falta ser joven.
No necesitas hacerlo bien para disfrutarlo.
Solo tienes que decidir que hoy es tu día.

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