La sala del hospital resultaba asfixiante y cargada de pena. Ana se tapó los oídos con las manos par…

La sala del hospital oprimía y sacaba de quicio. Ana se tapó los oídos con las manos para dejar de escuchar los incesantes llantos de los recién nacidos en la habitación contigua. Solo deseaba marcharse de allí cuanto antes, huir y olvidar aquello como una pesadilla

¡Anita, hija, anda, mírala aunque sea! le suplicaba la comadrona anciana, tía Carmen. ¡Si es que parece tu reflejo en un espejo!

¡No! ¡No insistáis! ¿No he firmado ya la renuncia? ¡Sí! ¿Qué más queréis de mí? la joven tenía la voz a punto de romperse en llanto. ¿¡A dónde voy a llevarla?! ¡¿Lo entendéis?!

Baja la voz, que vas a asustar a la niña. ¿Cómo que no tienes dónde? ¿Eres mendiga? frunció el ceño tía Carmen. ¿Padre y madre tienes?

Solo me queda mi madre, ya mayor. ¡Ella misma necesita ayuda! No puedo llegar al pueblo de vuelta con un bebé. Se reirán de mí, me señalarán.

¡Pues que rían, hija, que la risa es salud! Carme sonrió, como si no le diera importancia. Pero escúchame bien: la gente murmura y después olvida. Sin embargo, tú arrastrarás esto toda la vida, nunca olvidarás que dejaste a una criatura tan chiquitina.

Ana, incapaz de sostener aquella presión, tapó su cara con las manos y rompió a llorar. Carmen comprendió que la muchacha ya estaba casi convencida, que solo necesitaba un pequeño empujón.

Mírala bien. Tiene tu naricilla, medio respingona. Y esos ojos… será una belleza de ojos claros, como los de su madre.

Pero no tengo ni pañales. ¿Y cómo voy a volver a casa con ella? ¿De dónde saco el dinero para el tren hasta Segovia? empezaba a ceder Ana.

Bah, ¿eso es un problema? Para eso estamos nosotros. Recogeremos dinero del fondo y un buen ajuar para la niña. Yo misma te acompañaré a la estación. ¿Y cómo la vas a llamar?

Isabel

Un nombre precioso, le sienta fenomenal. Anda, toma a Isabelita en brazos, aliméntala, y luego vuelvo.

Conteniendo la respiración, Carmen le entregó a la madre su bebé. Ana, aún insegura, la estrechó con tanto mimo que sus lágrimas volvieron a rodarle por las mejillas. Apretando a su hija junto a su pecho, supo que jamás se separaría de ella.

¿Qué tal? ¿Funcionó? ¿Retirará la renuncia? preguntó el médico, curioseando desde la puerta.

¡Ha funcionado! respondió la comadrona, limpiándose disimuladamente una lágrima de felicidad.

En el andén, Ana sintió que por fin despertaba de una pesadilla. Mantenía firme a su hija contra sí, con miedo a que se la arrebataran en cualquier momento. A su lado, tía Carmen no la soltaba hasta asegurarse que subían juntas al tren.

¡Gracias! Qué vergüenza recordar que pensé en dejar a mi hija musitó Ana.

No tienes una situación sencilla, pero ten por seguro que el mal momento pasará. A un hijo se le puede perder para siempre Yo cometí en su día un error que aún pago se sinceró tía Carmen.

¿Un error? Ana la miraba asombrada. Pareces una santa

Pasé por lo mismo que tú. Pero yo no tenía ni madre, ni casa. Cometí una locura, y recurrí a una curandera para deshacerme del embarazo. Me quedé sin poder tener más hijos.

¿Y no había ninguna esperanza? Ana no podía creerlo.

No, hija. Mi marido, buen hombre, también se fue al saber que nunca tendríamos hijos Carmen no pudo evitar las lágrimas, vencida por la emoción.

¡Cuánto lo siento! Siempre recibiendo hijos ajenos en tus brazos, pero nunca pudiste acunar al propio

Cuida a Isabelita, Ana. Y no lo olvides nunca: si algún día necesitas ayuda, sabes dónde encontrarme.

Se abrazaron, unidas como familia nacida del dolor compartido. Pronto llegó el tren. Hasta mucho después, Ana saludó por la ventanilla a la comadrona, que esperaba sola, de pie en el andén, limpiándose furtivas lágrimas.

El viaje resultó largo y agotador. Llegando a su pueblo en la provincia de Segovia, Ana llevaba a su hija en un brazo y en el otro una bolsa repleta con ropitas que le habían regalado en el hospital. ¿Cómo me recibirá mi madre? ¿Qué dirá? se inquietaba, sin imaginarse cuál sería la reacción.

¿Ana? la saludó la vecina, asomándose tras la verja. ¿Eres tú?

Sí, tía Remedios, ¿está mi madre en casa?

¿No lo sabes? respondió la mujer, sorprendida. Tu madre falleció hace ya medio año

Tal vez era lo mejor pensó Ana. Que Basilisa no viera lo que otros llamarían deshonra… ¿Es tu hija? preguntó señalando a la pequeña.

Sí. ¡Es mía! contestó Ana, erguida.

Entró en el corral con paso inseguro, el alma hecha pedazos. Le daban ganas de llorar y gritar, pero debía ser fuerte por su hija. No te preocupes, mi niña, ahora somos dos. No estoy sola y juntas podemos con todo, se repetía Ana, abrazando a Isabel.

***
Pasaron diez años. Se acercaba la Navidad. Ana preparaba la cena junto a la lumbre, e Isabel observaba desde la ventana los caminos nevados del jardín.

Mamá, ¿por qué no tengo abuela? Mis amigas presumen de que van a casa de sus abuelas en Navidad. Que les regalan cosas y las esperan con alegría dijo Isabel.

Tuvimos una, pero ya no está. No pudo siquiera conocerte musitó Ana con tristeza.

¿Y la otra abuela?

¿Cuál otra? preguntó Ana, sonriendo ante la insistencia infantil.

Todos los niños tienen dos abuelas replicó la niña.

¡Ay, chiquilla! Ahora que lo dices, sí, tenemos otra abuela. Vive en la ciudad y hace muchos años fue nuestra ángel en el hospital. ¿Te apetece que llevemos roscón y la visitemos? Es una persona muy buena y dulce respondió Ana, recordando a Carmen con ternura.

Dicho y hecho. Al día siguiente, madre e hija viajaron a la ciudad. En el antiguo hospital, Ana preguntó por tía Carmen.

Lleva años jubilada le informó la encargada. Se marchó por salud.

Hemos venido de muy lejos para verla. ¿Tendrá usted, por casualidad, su dirección o un teléfono? rogó Ana.

No está permitido respondió la mujer, mirando a ambas. ¿Qué parentesco tienen con Carmen?

Soy sobrina mintió Ana, viendo el recelo. Hace tanto que no la visito que hasta olvidé su calle. Por favor, ayúdenos.

¡Por favor! Queremos ver a la abuela apoyó Isabelita, con sus ojos grandes y sinceros.

Bueno, veré qué puedo hacer accedió finalmente la señora.

Pasados unos minutos, les entregó un papelito con la dirección.

Mucha suerte, y denle recuerdos de mi parte.

¡Gracias! Se los daremos dijo Ana, llena de emoción.

Fueron en taxi hasta el barrio de la comadrona. Subir las escaleras le hizo temblar el corazón a Ana: Ojalá no lleguemos demasiado tarde, pensaba.

Abrió la puerta enseguida. En el umbral estaba Carmen, aún con ese brillo de vida en los ojos.

¡Buenas tardes! saludó Ana, sonriendo.

La anciana la miró largo rato, tratando de encajar los recuerdos.

¿Ana? dijo apenas en un susurro.

¡Sí! ¡Y usted no ha cambiado nada! río Ana. Y esta es Isabel, ¿la recuerda?

¡Por supuesto que sí! rió Carmen. Dejad de estar en el pasillo, entrad, mis niñas.

Media hora después, compartían historias en torno a la mesa. Isabel jugaba con el gato en el sofá, viendo dibujos animados de la televisión.

Ana, quedaos conmigo. Estoy sola, y vosotras también estáis solas suplicó Carmen. A Isabel la podríamos apuntar a un buen colegio, y tú podrías buscar trabajo en la ciudad.

No lo sé ¿Y mi casa? Me da pena dejarla. ¿Por qué no vienes tú al pueblo? Montaremos una pequeña granja, podríamos comprar una vaca. El aire es puro, hay un río cerca… en verano parece un paraíso.

¡Sería un sueño! Toda la vida quise tener un huerto, y una vaca ni me lo imaginaba rió Carmen, con un brillo especial.

Entonces, ¡decidido! ¡Nos vamos al pueblo!

¿Abuela Carmen, te quedarás con nosotras para siempre? la pequeña la abrazó.

Sí, hija, siempre soñé con tener una nieta como tú.

Al día siguiente, cargadas de maletas, partieron juntas hacia la aldea. Cada una era feliz a su manera. Ana y su hija ya no estaban solas, y Carmen no se atrevía ni a soñar que al final de su vida encontraría una familia y un hogar en aquel rincón de Castilla. Isabel no cabía en sí de felicidad por tener, por fin, una abuela a quien abrazar.

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