Reencuentro con el pasado: el viaje en tren de Catalina, su nueva figura, sus dudas y el inesperado …

Te cuento Cogí el tren y sentía cómo me alejaba de Madrid, de ese ritmo que ya se me había hecho rutina, al compás de los vagones retumbando en las vías y del pum-pum acelerado de mi corazón. Por la ventanilla pasaban campos de trigo, encinares, y pequeños apeaderos de pueblos, como si fueran imágenes de una peli vieja que hacía años no veía.

Tenía un nudo en la tripa, no te imaginas. Sentada en mi compartimento, con la mano acariciando el muslo sobre los vaqueros, notaba el ligero cambio: donde antes solo había blandito, ahora había músculo, firme y definido. Lleva puesto un vestido de seda ajustado pero elegante, ese que compré hace medio año justo pensando en esta reunión, cuando creía que era imposible que algún día me atreviera a ponérmelo. Pero mira, al final me lo puse.

Aun así, dentro de mí todo era un revoltijo. Repasaba en bucle las fotos de Instagram y Facebook: Elena, igual de delgada pero con una piel impecable gracias a los retoques, como ella dice; Olga, ahora con más curvas pero maquillada con arte y ese corte de pelo que le queda de cine, tan de empresaria segura de sí misma; e Irene, siempre de senderismo y haciendo yoga, más fibrosa y con canas que parecen parte de su personalidad rebelde, no del paso de los años.

¿Y yo?, pensaba mirando mi reflejo en la ventana oscura. Sigo siendo Laura, la que solo engorda más despacio que las demás. Las palabras de mi entrenadora, antes hirientes, ahora tenían otro sabor. No era que simplemente me hubiera retrasado en ese engordar inevitable; es que este último año, todo había cambiado de verdad. Se me fue el ahogo subiendo escaleras, la pesadez en las rodillas, y me empezó a acompañar una fuerza serena, interna, que nació el día que logré hacer una sentadilla sin morirme del miedo, y luego incluso con una mancuerna pequeña. Pero en el espejo del baño de Atocha, antes de embarcar, no veía esa fuerza: veía las arrugas que ya no desaparecen aunque no sonrías, y esa arruguita bajo la barbilla que solo delata la edad.

Antes de salir de casa, mi marido me abrazó por la cintura ahora podía rodearla otra vez, el tío y me dijo: Con ese cuerpo nuevo ni las arrugas te hacen sombra. Ya verás cuando te vean las chicas, van a flipar. Y eso te juro que era verdad, porque se le encendía en los ojos esa lucecilla que no veía desde que nos casamos.

¿Tú crees que ellas no han cambiado nada?, le pregunté mientras me despeinaba con un beso.

Si crees lo que sale en Internet, le dije yo, medio en broma, pero él soltó una carcajada.

¡Pero si tú eres una diosa! Y lo serías igual incluso sin filtros ni trucos. Ya verás cómo a ellas también les entra la ansiedad, no eres la única.

Pero esa seguridad suya se quedó en el andén, junto al olor a café de la estación. Yo viajaba hacia Burgos, mi ciudad de juventud. Allí fui otra: atrevida, igual de boba, flaca de dormir poco y de los bocatas de chorizo de la cafetería de la facultad. Era Laura, la que se quedaba estudiando hasta las tantas y luego sacaba chispa a los profes con sus respuestas. Y hoy, a mis cuarenta y tres años ¿sería capaz de alcanzarla al menos un poco?

Abrí el móvil no las redes, sino mi app de entrenamiento y entré en mi diario. No subía selfies en bikini, sino gráficas: doce o quince sesiones al mes, más de 300 kilómetros andados, diez centímetros menos de cintura, siete de cadera Datos secos, pero para mí más verdaderos que cualquier foto retocada. Era lo que yo había conseguido de verdad: levantarme del sofá, llorar de agotamiento en aquel primer entrenamiento online y decidir que no me tomaría esa tercera croqueta en la cena. Aprendí a querer el cansancio de después, no el empacho de antes.

El tren frenó y fuera asomaban ya las siluetas conocidas: ese andén donde, veinte años atrás, llegué con mis dos maletas y unos sueños enormes. Me entraron sudores pero apreté el bolso pequeño el bonito, el que se lleva en la mano y bajé. El aire frío, húmedo del río, me dio en la cara y pensé: Huele igual que siempre. Huele al pasado.

Inspiré hondo y saqué pecho, como me habían enseñado en las clases de postura. No venía a competir con nadie, sino a encontrarme: con mis amigas y con aquella Laura de veinte años que aún andará escondida por estas calles. Quién sabe, igual nos encontramos por fin.

El café se llamaba El antiguo embarcadero, aunque la orilla quedaba a quinientos metros de allí. Seguía abierto desde nuestros tiempos, con sus paredes de ladrillo visto pero ahora un poco más moderno, con ese rollo loft que dicen. Todo era familiar. Me quedé mirando la puerta, buscando entre el bullicio.

Y de pronto, allí estaban: junto al ventanal, riendo a carcajadas, las tres. Elena, Olga, Irene. Por un segundo las vi como eran a los veinte: vaqueros, tops con brillos Parpadeé y ya estaban allí con sus años a cuestas, con la misma energía, la misma risotada escandalosa de Elena y el gesto de Olga toqueteando el pendiente.

¡Laurita! ¡No me lo creo! y corren a abrazarme, cada una con su perfume distinto, apretadas y cálidas.

Me sentaron y ya empezaron a disparar preguntas y a pedir un capuchino para mí.

Empezó Elena, contándonos de su trabajo, su divorcio, un nuevo ligue, viajes Todo a mil por hora, como leyendo un informe bien redactado. Sí, su cara era casi perfecta, pero en sus silencios se le atisbaba la red invisible de cansancio, esa que ni la mejor crema tapa.

Hay que mantener el tipo, chicas sentenció, y en esa frase estaba toda su historia.

Olga nos habló de cómo va su floristería: crisis, proveedores, pedidos surrealistas Apariencia cara, decidida. Sus curvas parecían parte de su imagen poderosa, pero yo, atenta a los gestos, la vi apartar el postre un poco más lejos y leerle en los ojos el susto cuando tocamos el tema de la salud.

El médico me riñe por la tensión tendría que perder un poco, pero no me da la vida suspira.

Luego tocó Irene: de la vegetariana fanática de yoga a madre de tres. Hace un año, el benjamín vino al mundo. Resplandecía felicidad, sí, pero su cuerpo, después de tres embarazos, contaba otra historia: blando, abierto. Y no pude evitar, con cierta culpa, pensar Ay parece más gordita de lo que yo fui antes de ponerme las pilas. Pero enseguida me regañé: Laura, acaba de tener un bebé. ¡Bastante hace!

Y de golpe, todas me miran a mí.

Y tú, ¿qué? ¡No subes nada a Instagram! ¡Estás increíble! ¿Qué truco tienes?

Me dio la risa, jugueteando con la taza. Se me había ido el nervio y ahora respiraba tranquila.

Bueno, lo último que he conseguido, si es que se puede llamar logro, ha sido pelearme con los kilos.

Se hizo un silencio, y empezó el concierto de protestas:

¿Qué kilos? ¡Si siempre has estado estupenda!

No digas tonterías, Laura

No se lo creían; me veían la cara definida, los hombros al aire, la espalda recta No cuadraba para nada con la imagen que tendrían de mí. Mi silencio y mis pocas fotos me habían jugado a favor: habían mantenido el efecto sorpresa.

De verdad dije, sacando el móvil. Ni me gusta ver estas fotos.

Enseñé una de las últimas de antes: en ella, una mujer hinchada y ojerosa sentada en el sofá, con camiseta grande y sin forma. Podía tener cincuenta años perfectamente. Las miré una a una, pasando del móvil a mi cara, y no sabían ni qué pensar.

¿Pero esa eres tú? susurró Irene.

De hace menos de un año

Se desató la locura.

¿Pero cómo? ¿Dieta? ¿Cirugía? ¿Gimnasio? ¡Confiesa!

Me reí y bebí un poco de agua para apaciguar el aluvión.

Que no hay ningún secreto admití, con voz firme. Solo empecé a controlar lo que comía, nada de hambre. Probé ir al gimnasio, incluso me busqué entrenadora, pero se me iba media vida en el ir y venir, así que lo dejé. Y el peso seguía subiendo. Hasta que una amiga, Natalia, me recomendó una plataforma online

Les conté todo: cómo ahora entreno desde casa, cuándo quiero, con quien me apetece, y cómo hay de todo: un día espalda sana porque he estado horas en el ordenador, otro día cardio con música, y al siguiente yoga suave. Hay programas básicos donde nadie grita ni juzga, y que da igual tu punto de partida: vas a tu ritmo y nadie te presiona. Al principio lo odié, pero poco a poco empecé a disfrutar de sentirme fuerte y capaz.

¿Sabéis lo que me dijo la primera entrenadora del gym? Les lancé una pausa dramática. Que lo máximo a lo que podía aspirar, a mi edad, era a engordar despacito. En su momento casi lloro de rabia.

Ellas colgadas de mis palabras.

Pues mira, decidí que eso de engordar despacito era un rollo, mucho mejor apuntarme a perder peso despacio ¡pero sin pausa! Y aquí estoy. Merece la pena, chicas.

Acabé y, te juro, sentí de golpe todo: orgullo, alivio y alegría. Lo había conseguido. No era una víctima de la vida, sino alguien que había cambiado su historia.

Ni dos segundos tardaron en saltar:

¡Pásanos el link, pero ya!

¿Y hay algo para el lumbago? ¡No aguanto el curro sentada!

¿Y el plan ese para siempre lo siguen ofertando?

¡Laura, me das la vida! Yo ya pensaba que solo me quedaba la cirugía.

Riendo, saqué el móvil, mandé el enlace en el grupo de WhatsApp que en ese momento creó Olga: Nuestro reto fitness. ¡Arrancamos el lunes!

Justo entonces llegó la cuenta. Irene, todavía mirándome alucinada, negó con la cabeza:

¿Tendrás cara? ¡Y yo pensando que era todo genética!

Me miré en el cristal: la sonrisa, los ojos vivos, la silueta segura. No, no era genética. Era curro mío, solo mío. Y viendo a mis amigas discutir por qué rutina probar, sentí que esa noche allí no se acababa mi camino, sino que era solo una nueva parada preciosa Y quién sabe, igual también el comienzo de algo muy grande para nosotras.

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