¿Pero cómo que estoy sola? respondía ella ¡Anda ya! ¡Si tengo una familia enorme!
Recuerdos de familia
Pilar llevaba ya unos cuantos años viviendo sola en una casita pequeña a las afueras de un pueblo perdido de Castilla. No obstante, cada vez que alguien insinuaba que era una solitaria, a ella le daba la risa floja:
¿Pero cómo voy a estar sola? repetía con sorna ¡Si yo tengo una familia que no me cabe ni en casa!
Las vecinas, todas abuelas con más lengua que paciencia, sonreían y asentían, pero por detrás se hacían gestos entre ellas, como diciendo “mírala, qué original, familia dice, ¡si no tiene ni marido, ni hijos, ni suegra que le dé guerra! Tan sola como una seta”
Pero Pilar, como buena castellana, tenía su concepto propio de familia. A ella las habladurías del pueblo le hacían el efecto de una brisa fresca en agosto: ni la despeinaban. Que si los animales solo para la faena, que si uno o dos por utilidad, venga, un perro por si los cacos, y un gato por las rataseso decían.
Pues bien: Pilar tenía cinco gatos y cuatro perros. Todos, sí, viviendo dentro de casa, como marqueses, y no durmiendo al aire libre, “donde debían estar”, según los expertos de la plaza del pueblo.
Entre ellas cuchicheaban que esto de hablar con Pilar era tiempo perdido: “Con esa ni te molestes, que está contenta en su locura. Como le digas algo, solo se pone a reír.”
Anda ya, con lo bien que estamos todos juntitos en casa. Bastante calle han visto ya en la vida sentenciaba Pilar.
Cinco años atrás, Pilar perdió en un mismo día a su marido y a su hijo. Iban de pesca y un camión, de estos mastodónticos que van a su ritmo, se fue directo al carril contrario y fin del viaje; todo en un instante.
Con el corazón en los talones, Pilar comprendió que no podía seguir en su piso de siempre, entre recuerdos como puñalitos; ni pisar esas mismas calles, ni aguantar la mirada de pena de los vecinos. A los seis meses, vendió el piso y se marchó con su gata Felisa al último rincón de un pueblo castellano, comprando una casita con más jardín que paredes. En verano, hortalizas. En invierno, trabajo en el comedor del instituto.
Los demás miembros de su familia peluda llegaron en diferido: unos se encontraron en la estación de tren, otros, siguiendo ese olfato infalible, venían a mendigar a la puerta del comedor.
Y así, entre adoptados y descartes de la vida, Pilar fue juntando bajo el mismo techo a una familia de almas gemelas, cada una con sus heridas y su pasado de abandono, pero todas reviviendo gracias al cariño de Pilar. El amor, y el chorizo de León, llegaba para todos.
Y comida no faltaba, aunque no era fácil. Pilar, realista, se prometía veces mil que ya basta, que uno más y revienta la despensa. Pero ya sabemos cómo funciona la ley de Murphy cuando se trata de bichejos necesitados.
Aquella primavera, tras unos días de sol que casi sacaban los geranios de las ventanas, volvieron las ventiscas con nieve afilada, dejando a los rezagados por la calle tiritando y maldiciendo el Bierzo.
Pilar se apresuraba para coger el último autobús de las siete y, como de costumbre, con las bolsas pesando más que una misa mayor: comida para ella y su tropa de bigotes y rabos, con la compra justa y algún extra rescatado del comedor.
Esta vez, para resistirse a una nueva adquisición, Pilar iba caminando mirando al suelo, pensando en el recibimiento que le darían sus peludos y calentándose el alma con la idea.
Pero claro, como dice el refrán, “ojos que no ven, corazón que lo guía”. El suyo la hizo pararse en seco, no a diez metros de la parada del bus, y darle la vuelta a la cabeza.
Allí, debajo de un banco, hecha un ovillo, estaba una perra. Miraba fijamente a Pilar, con una mirada extraviada, de esas que duelen; tenía ya una buena capa de nieve cubriéndola.
Y mientras, la gente pasaba, arropados hasta las cejas, sin mirar. El clásico: somos muchos y, a la vez, ninguno.
El corazón a Pilar le dio un vuelco, olvidó promesas y autobuses; bajó las bolsas de golpe y se agachó junto a la perra. Esta ni se movía, pero cuando Pilar le alargó la mano, pestañeó despacio.
¡Ay, menos mal que respiras, bonita! Venga, espabila, que te vienes conmigo a casa susurró Pilar.
La perra no protestaba, dejándose sacar de abajo del banco como quien ya se ha rendido al mundo.
Después, ni Pilar sabe cómo llegó a la estación: dos bolsas, la perra a cuestas, y todo a pulso.
Ya dentro, encontró un rincón y, sin perder ni un minuto, empezó a frotarle las patas, dándole calor y hablándole bajito.
Vamos, guapa, vuelve al planeta Tierra, que nos queda viaje todavía. Vas a ser la quinta perra en casa, ¡ya era hora de redondear el número!
Sacó una croqueta de la bolsa y se la ofreció. Al principio la perra, a la que ya le encajaba el nombre de Lola, no quería saber nada de este mundo, pero al calorcito y con el olor, acabó aceptando la invitación y los bigotes se movieron al compás.
Una hora después, Pilar y Lola hacían autoestop en la carretera: el bus hacía rato que se había ido. Con el cinturón como arnés improvisado, Lola pegada como una sombra.
Tuvieron suerte: en diez minutos, paró un coche.
¡Ay, muchísimas gracias! No se preocupe, la perra se sienta conmigo y no va a manchar nada arrancó Pilar su discurso de justificación.
Mujer, no se apure, que no es para tanto respondió el conductor Que suba con usted, que para eso soy yo el que llevo el coche. Y además, la perra es de talla XL…
Pero Lola solo encontraba consuelo pegada a Pilar, temblando todavía, y milagrosamente cabía en su regazo.
Si es que… así damos más calorcito las dos explicó Pilar, esbozando una sonrisa.
El hombre, sin mediar palabra, vio el cinturón-fular improvisado y subió la calefacción. El trayecto fue en silencio, solo roto por el traqueteo de los copos chocando contra la luna, y esa calma de quien sabe que ha hecho bien el día.
El conductor miraba de reojo a Pilar: el pelo despeinado, la cara cansada pero con una paz que casi asustaba. Supo, solo por el gesto, que la perra era nueva en la familia; sospechó el tipo de mujer que recibe hasta a los ángeles caídos.
Llegaron, él estacionó junto a la casa y bajó ofreciendo ayudar con las bolsas, mientras apartaba la nieve a empujones. La cancela, oxidada y rebelde, se cayó con estrépito tras un último achuchón.
No le dé importancia soltó Pilar encogiéndose de hombros Llevo años prometiéndome arreglarla.
De dentro de la casa salía un ruido de fondo de mil ladridos y maullidos. Pilar abrió y de pronto una ola peluda salió a recibirla.
¿Qué, ya me echabais de menos? Venga, que no me pierdo, traigo refuerzos anunció Pilar mientras presentaba orgullosa a la nueva inquilina.
La recién llegada Lola asomaba la cabeza entre las piernas de su salvadora, mientras el resto le daban la bienvenida y se iban directos a husmear las bolsas en manos del hombre.
Pero bueno, ¿a qué esperamos en la calle? reaccionó Pilar Pase, entre si no le asusta el zoológico. ¿Le apetece un té?
El hombre dejó las bolsas dentro, pero reculó en la puerta:
Es tarde, me voy a casa. Usted a cenar con su familia, que la estaban esperando…
Al día siguiente, ya llegando el mediodía, se oyeron martillazos en el patio. Pilar, curiosa, se puso la chaqueta y salió. Allí estaba el conductor del día anterior, manos a la obra, cambiando bisagras y con las herramientas esparcidas por el suelo.
Al verla, sonrió de oreja a oreja:
¡Buenos días! Ayer dejé la cancela en las últimas, así que vengo a cumplir con el destrozo. Por cierto, me llamo Javier, ¿y usted?
Pilar…
La tribu peluda fue a husmear al flamante invitado, que les acariciaba la cabeza uno a uno, agachado a su altura.
Pilar, no pase frío, métase en casa. Y prepare el té, que no le haré ascos. Además, traigo tarta y unos regalitos para esa gran familia suya.
No vaya a ser que se pierda alguna escena, sígala en la plaza, opine y deje su guiño. Que en Castilla, los corazones grandes siempre dan para uno más.






