Como dos gotas de agua
Javier fue el primero en salir de casa para ir al trabajo y llamó a su esposa para recordarle que se abrigara bien junto a su hijo, ya que hacía un frío polar en Madrid esa mañana.
Lucía anduvo liada buscando ropa de abrigo y al final no les quedó tiempo para desayunar. Decidió, pues, llevarse unos bocadillos preparados.
La gata, una persa llamada Chispa, de pelaje rojizo y aire emperador, tampoco soportaba el frío y aquel día bufaba a cualquiera que se atreviera no sólo a pasar delante de ella, sino incluso a acercar la mano para acariciarla. Su carácter era complicado, pero sus dueños la adoraban y le perdonaban todo.
Chispa seguía bufando incluso cuando madre e hijo ya estaban en la entrada, listos para salir.
Fsss… fsss…
Mamá, ¿a quién le bufa Chispa si ya no estamos en el salón?
Se queja de la vida, hija mía… Eso sabe hacerlo muy bien.
Chispa llegó a la familia siendo un simple cachorro de un mes. La ofrecían casi regalada porque no la habían aprobado. Al escuchar lo que podría pasarle a ese gatito, Lucía fue corriendo a recogerla, aun cuando ni se planteaba en aquel entonces tener mascota. Acababa de casarse y la joven pareja ni siquiera tenía piso propio aún. La gatita sólo reconocía a Lucía; a Javier solo le dedicaba bufidos y algún que otro zarpazo con uñas afiladas.
Al cabo de dos años, la pareja se mudó a su propia vivienda y a los pocos meses nació su hijo, Álvaro. Curiosamente, Chispa lo admitió en su círculo: mientras el pequeño creció, la gata jamás lo arañó y hasta permitía que la acariciara.
Todos aceptaron y quisieron a Chispa con su carácter difícil. Así habían pasado ya diez años…
En el camino al trabajo, Lucía recordó de repente que había dejado los bocadillos en la cocina. Como no estaba lejos, decidió volver a por ellos. Cerca del portal, oyó un maullido lastimero que llegaba desde lo alto. Era aún de noche, pero pudo distinguir, a contraluz, la silueta de un gato en una rama. Activó la linterna del móvil para ver mejor, y lo que encontró la dejó de piedra: Chispa la miraba desde la rama.
Esto no puede ser Si han pasado menos de diez minutos y estabas dentro cuando salí.
La gata, viendo que por fin tenía la atención de Lucía, empezó a maullar con más fuerza. El helador aire de enero no invitaba precisamente a quedarse ahí arriba.
Lucía pensó deprisa cómo actuar. El árbol no era muy alto; si encontraba una escalera, tal vez podría bajar a la gata. Recordó que don Fernando, el vecino del ático, estaba de reformas y probablemente tenía una escalera en casa. Subió a buscarle y él, muy dispuesto, bajó enseguida con la escalera.
Ya en la calle, varios curiosos se habían reunido alrededor del árbol, opinando sobre cómo ayudar al felino.
Don Fernando apoyó la escalera al tronco y comenzó a subir. Lucía la sujetaba mirando atenta hacia arriba, preguntándose de nuevo si de verdad sería Chispa. Pero en cuanto don Fernando extendió el brazo y la gata bufó como un demonio, se disiparon todas sus dudas.
Afortunadamente, los guantes de don Fernando le libraron de unas buenas heridas. La gata terminó en los brazos de Lucía, que la envolvió enseguida en su bufanda, agradeció a su vecino y se apresuró a casa para calentar a la congelada Chispa.
Al abrir la puerta y entrar, vio cómo una soñolienta Chispa saltaba de la cama y se acercaba a ella, deteniéndose a mitad de camino.
¿Chispa? ¿Estás aquí?
Lucía miró entonces a la gata que aún tenía con ella. Sí, era una persa rojiza, idéntica a Chispa, aunque, ya en casa, pudo distinguir pequeñas diferencias.
No supo verlas en la oscuridad y el apuro. La gata rescatada la miró con ternura y le lamió suavemente la nariz.
Mientras, Chispa, la de siempre, se plantó a los pies de Lucía, la miró a los ojos con aire reprobatorio y luego se centró en observar detenidamente a la otra gata. Ambas se escrutaban.
Lucía, convencida de esperar alguna reacción, llamó al trabajo para avisar que llegaría más tarde y que prefería esperar a que su hijo volviera del colegio; seguro que juntos encontrarían una solución.
Álvaro, escuchando la historia, quedó fascinado. Lamentaba no haber participado en el rescate y, con lágrimas en los ojos, suplicó a su madre que se quedaran con la nueva amiga. Las dos Chispas meanwhile masticaban pienso en extremos opuestos del salón, vigilándose.
Lucía decidió escribir anuncios sobre la gata encontrada, ya que probablemente alguien la estaría buscando, y más tarde los pegaría por el barrio junto a Javier.
La hora del regreso de Javier se acercaba…
De pronto, la gata aparecida corrió al recibidor justo cuando la llave giraba en la cerradura.
¿Chispa? ¿Has venido a recibirme? se sorprendió Javier.
La gata se restregó por sus piernas, ronroneando escandalosamente.
¡Qué raro! ¿Y si te acaricio?
Papá, ¿a que es guapísima? ¿Podemos adoptarla? saltó Álvaro.
Dejadme quitarme el abrigo y me contáis todo dijo Lucía.
Javier miraba a su esposa, a su hijo y a la gata, sin entender nada. Fue al salón, y lo primero que oyó fue el bufido de su propia gata, que desde el sofá dejaba claro lo poco que le agradaba compartir territorio.
¿Cómo que hay dos? ¿Pero de dónde ha salido?
Lucía relató el rescate de la gata del árbol y cómo la confundió al verla idéntica a Chispa.
Madre mía… seguro que la buscan, ¿eh? comentó Javier.
Ya he puesto anuncios. Esta tarde salimos juntos a colgarlos.
La gata, intuyendo que hablaban sobre ella, saltó a las rodillas de Javier.
No te preocupes, si no aparece nadie, aquí tendrás tu casa. No te dejaremos sola le susurró.
¡Bien! gritó Álvaro, saltando de alegría.
Nadie respondió jamás a los anuncios. Nadie la reclamó. Y así se quedó con ellos.
Con el tiempo, las dos Chispas hicieron las paces, y si mirabas por la ventana de su piso en Madrid, podías ver a dos gatas persas casi idénticas, como dos gotas de agua.
Y así aprendieron todos en casa que, a veces, la vida te regala sorpresas inesperadas, y acogerlas con amor puede traer el doble de felicidad, aunque al principio parezca un desafío.







