CERTIFICADO DE SABIDURÍA RURAL “Bollito” —¡Kirill, ¿cómo has podido?! ¡Si nos reíamos juntos de es…

Ramón, ¡¿cómo se te ocurre?! ¡Si hasta tú y yo nos reíamos juntos de esa aldeana tan desaliñada! me iba encendiendo cada vez más, incapaz de entender lo que acababa de hacer mi marido.

Perdona, Irene, ha sido una locura, se me fue la cabeza. No sé ni cómo acabé en la cama con Bollito fruncía el ceño Ramón mientras maldecía y se encendía un cigarrillo con manos inquietas.

Aquel verano llegó una familia nueva a nuestro edificio: Tomás, Lucía y su hija pequeña, que rondaba los cinco años, Valeria. Ramón y yo teníamos ya la treintena, nuestro hijo Diego tenía seis, y ellos no pasaban de los veinticinco. Coincidíamos en el mismo piso; fue inevitable empezar a tratarles más estrechamente.

Lucía era la típica chica de pueblo: apañada, entregada a la casa y, sobre todo, entusiasta cocinera. Nunca faltaban bizcochos, magdalenas ni empanadillas, que ocupaban un lugar de honor en su cocina. La verdad, quizá por eso Lucía entraba casi de lado en la cocina

Ramón y yo le pusimos de apodo “Bollito”, por sus formas redondeadas y su obsesión repostera. Toda la cocina de Lucía era un expositor de tarros con conservas caseras. Yo, sinceramente, ni de lejos llegaba a su nivel de ama de casa.

Eso sí, me creía una mujer guapa y siempre bien arreglada, todo lo contrario que Lucía, siempre con su bata descolorida y una simple coleta. Su marido Tomás, flacucho como un junco, y la niña, regordeta y de mofletes sonrosados, estaban siempre alimentados y bien atendidos. Ahí terminaban, a mi entender, las virtudes de Lucía Sin embargo, manteníamos una amistad. Tomás era camionero y pasaba la mayor parte del mes en carretera.

A Lucía, Tomás la “rescató” de alguna aldea perdida por Castilla, en una tienda de ultramarinos, mientras compraba tabaco en una de sus rutas. Ella se le echó encima enseguida, y Tomás, con ese físico tan poco imponente, no tuvo escapatoria.

A los nueve meses Lucía ya regalaba a Tomás una hija. Y Tomás, ni corto ni perezoso, se las llevó a Madrid. Su madre no quiso ni recibirlas, incapaz de aceptar a una mujer de aldea ni a la niña mestiza. Tocó alquilar piso.

Mi Ramón se desesperaba constantemente con el aspecto descuidado de Lucía.

¿Cómo puede una mujer dejarse así? me decía indignado.

No mucho después, la madre de Ramón cayó enferma. Al principio nos turnábamos para cuidarla, pero pronto vimos que necesitábamos una mano extra. Fue Lucía la que se ofreció:

Por amistad os cobro poco nos dijo, visiblemente feliz por poder tener algún ingreso extra. Así puedo comprarle a Tomás un regalito, una barca hinchable de pesca. Pero shh, no le digáis nada, es sorpresa.

Lucía, por favor, no atosigues de comida a mi suegra, apenas tiene apetito le rogué yo a mi Bollito.

Por motivos de trabajo tuve que ausentarme varias semanas y marchar a Barcelona de viaje. Dejé todo previsto: instrucciones para Ramón, mi hijo y Lucía. Me marché bajo control.

Un mes después regresé. Ramón no me miraba a los ojos, Lucía se esfumaba en cuanto aparecía yo.

Mamá, ¿me haces esas patatas tan ricas como las de tía Lucía? ¡Y su filete estaba buenísimo! me soltó mi hijo nada más entrar.

¿Tía Lucía te cocinó en casa? le pregunté, intuyendo algo.

Sí, y llevó a Valeria para jugar. Y papá se fue con ellas informó Diego muy serio.

Empecé a atar cabos. Tomás en ruta y yo en viaje

Por la noche, después de cenar, senté a Ramón a hablar claro.

Ramón, no me mientas. Nuestro hijo ya me contó la historia. No lo niegues dije con una última esperanza de que solo fueran celos infundados.

Irene, te juro que no pasó nada. Bollito simplemente pidió que le arreglara una tubería respondió con frialdad, sin inmutarse.

Relájate, hombre, que solo quería ponerte nervioso. Dudo que fueras capaz de fijarte en Lucía respiré aliviada por dentro.

Pero de repente, Ramón empezó a pasar más tiempo del habitual en casa de su madre, y a tardar eternamente en volver.

Un día fui a ver a mi suegra. Corría todo tranquilo, pero Ramón no estaba. Ni rastro de Lucía. Crucé el pasillo hasta la puerta de Lucía y llamé.

Abrió la puerta Lucía, agotada y con el pelo hecho un desastre. Por detrás divisé a mi marido, tumbado bajo una sábana, relajado.

Como buena castellana, guardé dignidad y regresé a mi casa, muda de asombro. ¿Ramón, que tanto la criticaba y despreciaba, divirtiéndose con mi Bollito?

Para ser sincero, ni sentía celos de verdad. Cuando Ramón llegó poco después, intenté mantener el control.

Vete directo a la ducha, y lávate bien. ¿Te has divertido? Pues ahora se lo cuento a Tomás, ya verás le amenacé, conteniéndome la risa mientras imaginaba a Tomás, todo piel y hueso, enfrentándose a mi grandullón de marido.

Al final, Lucía confesó todo a Tomás. No sé cómo encajó él la traición, pero en menos de una semana recogieron sus bártulos y se marcharon del edificio. Tomás, al despedirse, me soltó con aires de orgullo:

Normal que pasara, ¿cómo resistirse a una mujer como mi Lucía?

Pasaron los meses. Un día, al salir del mercado, me crucé con Bollito.

¡Hola, amiga! ¿Todavía estás enfadada? Pues no deberías En mi pueblo esto es el pan de cada día. Yo no he perdido nada y a tu marido le di alegría. No se puede dejar tanto tiempo a un hombre solo me instruyó Lucía con toda la sabiduría de la meseta.

Bollito llevaba de la mano a una niña, cuyos ojos, para mi sorpresa, me recordaron muchísimo a los de mi Ramón.

Y así aprendí que muchas veces, juzgamos desde nuestra comodidad y nos creemos superiores, sin entender cómo funciona la vida para otros. Al final, todos estamos expuestos a la tentación y nadie tiene la vida tan atada como cree.

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