¿Otra vez con la escuela de música? La madre lanzó sobre la mesa el folleto que Lucía había traído del colegio. Ni hablar. No lo sueñes siquiera.
Lucía permanecía de pie en la puerta de la cocina, apretando la mochila contra el pecho. Tenía un nudo atorado en la garganta, imposible de tragar, como si esa pena tuviera sabor a pan duro.
Mamá, es que yo quiero
¿Yo quiero, dice? respondió la madre, imitándola con acento burlón. No sabes lo que dices. Vas a estudiar para contable. Es una profesión respetada, segura. Nunca te faltará el dinero, ni un euro.
El padre, sentado al fondo con su café ya frío, no intervenía. Pero Lucía lo sabía bien: su silencio era, como siempre, un sí definitivo.
Papá intentó ella, girándose todavía esperanzada , di algo, por favor. Dijiste que tenía talento.
Él levantó los ojos por un instante, se topó con la mirada de su mujer y volvió a sumergirse en la sopa.
Tu madre tiene razón, Lucía. La música no es una profesión. Eso es, bueno, un pasatiempo.
Las lágrimas se deslizaron, calientes y enfurecidas; Lucía se las limpió con la manga del uniforme, quedando rayada de angustia.
Ya estás llorando otra vez la madre frunció los labios. Mira a Carmen, tu prima. Contable, sí señor. Y mírala: tiene su piso, un marido decente, viven como personas responsables. ¿Acaso tú eres peor? ¿O prefieres pasarte la vida tocando la guitarra en los portales, mendigando propinas?
Carmen. Siempre Carmen. La hija de la tía Antonia, la favorita de su madre, el espejo obligatorio. Carmen aquí, Carmen allá. Carmen ya casada a los veinticinco, pero tú, Lucía, ni el plato sabes fregar sin romperlo.
No quiero ser como Carmen murmuró Lucía. Quiero dedicarme a la música.
Basta el padre empujó el plato y se levantó pesadamente. Está decidido. Vas a entrar en Económicas. Es por tu bien, niña. No te deseamos mal.
Lucía les miró a ambos: la madre con su cara siempre insatisfecha, el padre ya alejándose, creyendo zanjada la conversación. Un muro sin grietas, y ella sin dinero, ni voto. Solo un sueño recién triturado sobre el linóleo, hecho migas junto al cartel de colores.
Asintió. Recogió el folleto arrugado y, tras alisarlo con manos temblorosas, lo echó al cubo de la basura.
…Cinco años de universidad pasaron como un solo suspiro sin matices. Lucía asistió a clases, memorizó balances, se examinó. Ninguna asignatura la atrapó, ningún tema despertó en ella más que niebla. Débitos y créditos, balances de comprobación, números cayendo pesados en su memoria, aplastándola bajo su propio peso de significado vacío.
El día de la graduación, su madre resplandeció con más orgullo del que ella jamás sintió. Sacó fotos a Lucía ante las columnas de la universidad, telefoneó a la tía Antonia, presumiendo a golpe de voz.
¿Y ya tiene trabajo? preguntó la tía desde el otro lado, y la madre sonrió triunfante.
Todo arreglado. Le han cogido en una buena empresa. Ya verás como Lucía consigue lo que se proponga.
Nuestra Lucía. Como si fuera una trenza, una suma, un proyecto familiar.
El primer día de trabajo fue como temía. Un despacho angosto sin ventanas, la pantalla azulada de un ordenador, montañas de papeles, olor a café barato. Sus dos compañeras mujeres que rondaban los cincuenta discutían sobre las ofertas en el supermercado y el divorcio de una vecina.
Ocho horas mirando tablas y cifras borrosas. Cifras que se arrastraban hasta convertirse en puré de números sin sentido. Al final, dolor de cabeza y una sed de llanto imposible de saciar.
La primera nómina llegó el día veintiocho. Lucía miró el saldo en su móvil, hizo cuentas en silencio. Bastaba. Si compartía una habitación en las afueras, si ahorraba en comida, si no gastaba en tonterías: bastaba.
Aquella tarde, silenciosa, guardó sus cosas en la vieja maleta. La madre la encontró cerrando la cremallera.
¿Pero qué haces?
Me voy.
Durante unos segundos, la madre la miró sin entender. Luego, su cara se encendió como un semáforo acumulando siglos de rabia.
¿Adónde vas? ¿Te has vuelto loca?
No Lucía elevó la maleta . He decidido irme.
¿Y el piso? ¿Y el SEAT que íbamos a mirar? la madre se sujetó al marco de la puerta, como si el mundo tambaleara. ¡Todo estaba planeado! ¡Ibas a ahorrar para dar la entrada de un piso, luego casarte decentemente…!
Era vuestro plan Lucía rodeó a su madre. Esta vida es solo mía, no vuestra.
El padre decidió aparecer también.
Lucía, no seas imprudente. ¿Dónde vas a ir?
A donde haga falta.
Lucía abrió la puerta principal. La atravesó y, como en un sueño, la corriente cerró tras ella la puerta de golpe.
La maleta azotaba sus piernas al bajar las escaleras. Desde algún lugar, ladraba un perro; en el quinto, una radio sonaba alta, distorsionada. Una tarde cualquiera en un edificio cualquiera de Madrid.
Lucía cruzó el portal, respiró hondo el aire tibio y se encaminó a la parada de autobús. En el bolsillo, su sueldo. En la maleta, lo necesario. Por delante, la vida entera: desconocida, libre, suya…
…Los primeros meses, el móvil no dejaba de sonar. Mensajes interminables de su madre, alternando amenazas y súplicas. Llamadas de su padre, justo cuando Lucía llegaba del trabajo a su minúsculo cuarto alquilado, perdido entre bloques de ladrillo visto.
Lucía, vuelve a casa pedía su voz áspera, de madrugada. Ya está bien. Somos tu familia.
Ella escuchaba, negando con la cabeza aunque él no la viera.
No, papá. No vuelvo.
Entonces ni hija eres cortó la madre, arrebatando el teléfono. ¿Oíste? No vuelvas, aquí no tienes a nadie.
La conexión se cortó. Lucía dejó el móvil en el alféizar y se quedó mirando las luces lejanas, titilando en el barrio ajeno. Sin lágrimas, ni tristeza. Solo un vacío extraño, instalado bajo las costillas, que el tiempo fue llenando poco a poco.
…Diez años pasaron volando. Lucía cambió de habitación y de trabajo varias veces, sobrevivió a noches en vela entre partituras y programas de edición. Aprendió de madrugada, con la ciudad en silencio. Aceptó encargos a precio de saldo: música para anuncios, cortos de estudiantes, lo que fuera. Poco a poco, fue abriéndose camino.
Ahora su nombre aparecía en los créditos de tres largometrajes y dos series que se emitían en cadenas nacionales. En su piso de techos altos, una habitación entera era estudio. Y desde hacía tres meses, una alianza relucía en su dedo anular.
Andrés entró en el estudio mientras Lucía mezclaba otra pista, y dejó junto al teclado una taza de café humeante.
Llaman al portero murmuró, besando su coronilla . No esperamos a nadie, ¿verdad? Se habrán equivocado.
Pero volvieron a llamar. Y otra vez. Con insistencia, como si supieran que dentro había vida.
Lucía se quitó los auriculares y fue al interfono. La pantalla mostró a dos figuras mayores una mujer de abrigo anticuado y un hombre de chaqueta gastada. Los reconoció al instante, aunque los años los hubieran desdibujado. Su madre encorvada, canosa; su padre, hinchado y torpe.
Pulsó el botón.
¿Qué queréis?
Lucía la madre se acercó a la cámara . Hija, somos nosotros. Ábrenos, por favor.
Lucía no se movió. Andrés la miraba, acercándose y posando una mano en su hombro.
¿Son tus padres? susurró.
Sí.
Lucía habló otra vez al interfono.
¿Cómo habéis dado con mi dirección?
Por conocidos se apresuró la madre . Carmen lo vio en internet, en el anuncio de tu boda salía el barrio y luego
Entiendo.
Lucía cortó y miró largamente la imagen: sus padres, inquietos, alternando el peso de un pie a otro después de diez años de silencio. Diez años en los que no llamaron, ni escribieron, ni siquiera averiguaron si seguía viva. Ahora, allí, miraban de reojo a la cámara del portero.
Bajo enseguida dijo a Andrés. Espérame aquí.
En el rellano del primer piso, Lucía se detuvo ante la puerta, respirando hondo antes de abrir. Pero no dejó pasar a sus padres. Siguió en el umbral, férrea como una verja.
Lucía exclamó la madre, abriendo los brazos . ¡Qué guapa estás! Estamos muy contentos por ti: ¡la boda fue preciosa, vimos las fotos, tu marido elegante, se ve buena gente…!
¿A qué habéis venido?
La madre tartamudeó, se miró con el marido. Él tosió, escondió las manos en los bolsillos.
Somos tus padres, Lucía arrancó él . Lo de antes son cosas del pasado. Ahora te va bien, podrías echarnos un cable.
¿Echaros un cable?
Sí, se encogió de hombros . Hace años que hace falta reforma, el baño está fatal. Y no nos vendría mal unos días en la playa, desconectar. Ahora que tienes dinero, y buen marido…
La madre le tiró del brazo, susurrando algo apurada, pero él la apartó.
Vamos, que menos cuenta. Al fin y al cabo, eres nuestra hija, tienes que ayudarnos.
Lucía apoyó la espalda en el marco y cruzó los brazos. La sonrisa que surgió de sus labios nunca fue tan fría.
Tienes que, ¿eh? repitió con lentitud. Qué curioso. Diez años diciéndome que no tenía padres. Que olvidara este portal. Y ahora, cuando me va bien, os acordáis que tenéis hija.
Solo deseábamos que recapacitaras soltó la madre rápidamente. Queríamos lo mejor para ti…
Lo mejor. Lucía asintió. Pues todo esto lo he conseguido porque no olvidé mi sueño. Porque no me resigné a ser contable, como vosotras. No sacrifiqué mi vida por débitos en un despacho oscuro. Fui por otro camino, y mira.
Con un gesto abarcó el vestíbulo luminoso a sus espaldas.
¿Y qué queréis ahora? ¿Dinero para el baño? ¿Para el veraneo? ¿En serio? ¿Venís a pedir después de diez años callados?
Lucía, ya vale, bufó el padre . Déjate de historias.
No son historias. Son hechos. Me tachasteis de vuestras vidas cuando me negué a cumplir vuestro guion. Y ahora, porque triunfé, queréis volver. Qué cómoda la memoria.
La madre sorbió la nariz. Tenía la mirada brillante de pena.
Siempre te hemos querido, Lucía. Te criamos con cariño…
¿Queréis lo mejor? Lucía interrumpió, y la madre calló. Pues olvidaos de mí. Marchaos por donde habéis venido. Vivid como si no hubiese hija, igual que hace diez años.
Retrocedió y empezó a cerrar la puerta. El padre amagó un paso, pero el hielo de su hija lo detuvo.
Lucía
Adiós.
La puerta se cerró suavemente.
Subió a su planta, entró en el piso. Andrés la esperaba en el recibidor, buscándole la mirada.
¿Todo bien?
Sí exhaló, dejando que él la abrazara. Ahora sí.
Él la rodeó con los brazos, acariciándole la espalda, sin preguntar nada. Y Lucía notó que sí, era mejor que Carmen. Ahora tenía todo: piso, pareja, una carrera propia para presumir. Pero eso, en el fondo, no era lo importante.
Tardó diez años. Se cayó, se levantó, trabajó hasta dejarse la vista y el alma. Y, por fin, era feliz. Feliz de verdad, hasta estremecerse, hasta el brillo en el pecho. Más allá de cualquier comparación.







