Un sueño hecho realidad.
Recuerdo como si fuera ayer cuando todo empezó
Santiago sonrió al niño:
Hola, te he traído un pequeño ángel el hombre clavó una mirada preocupada en el rostro del pequeño. ¿Aceptarás mi regalo?
Don Santiago Hernández, una señora pide verle la voz de la asistente, Teresa, sonaba tensa al teléfono.
¿Qué desea? respondió Santiago con el fastidio de quien, tras un amargo divorcio, ya no espera nada bueno de las mujeres.
Su hijo está enfermo y la lista de espera para la operación es larguísima
¡Entiendo! la interrumpió Santiago. No somos una fundación de caridad, que acuda a una.
Colgó y se dejó caer en la butaca. Solo había pasado un año desde ese divorcio desagradable, donde su esposa pretendía arrebatarle casi todo, habiendo pasado la vida sin trabajar un solo día.
Demasiado tarde se dio cuenta de con quién se había casado
Santiago era un reputado neurocirujano pediátrico. En la clínica de Madrid donde trabajaba, era el único capaz de operar casos complicados.
El respeto de sus colegas estaba asegurado, pero el escandaloso divorcio había minado su fe en la familia.
Ahora su única familia eran dos perros a los que adoraba.
Sobre su escritorio, Santiago tenía dos fotos. En una, la hermosa dorada Aurora, una retriever, parecía sonreírle burlona.
En la otra, el serio y atento Bruno; lo encontró hace tres años, cachorro y abandonado frente a la clínica tras una operación agotadora.
Su mujer protestó días, pero Bruno se quedó a vivir con Santiago
Aquella tarde de julio, Santiago salió a pasear con sus perros por el Retiro. Al llegar cerca del estanque, los soltó para que jugaran.
Aurora y Bruno, amistosos y sociables, corrieron tras la pelota de goma que les lanzó.
A Santiago le llenaba de paz compartir esos momentos con sus perros. Se sentó en un banco, junto al agua. Su móvil vibró: Teresa le avisaba de que mañana no estaría; su hija se había puesto enferma.
Guardó el teléfono y buscó con la mirada a sus perros; los vio sentados junto a un niño, que acariciaba el lomo de Aurora y la cabeza de Bruno, contándoles algo.
Una sonrisa ancha iluminó el rostro de Santiago. Sus perros siempre hacían amigos con facilidad.
Hola, ¿no te dan miedo los perros grandes? preguntó, bajándose a la hierba junto a Bruno.
¡Buenos días! respondió el pequeño mirándole. Mi abuela dice que los perros son ángeles que nos cuidan.
Es cierto dijo Santiago, examinando el rostro pálido del niño, con ojeras profundas. Ella se llama Aurora, y él es Bruno.
Son buenos perros el niño sonrió, acariciándolos. ¡Tiene suerte, tiene dos ángeles!
¿Te gustaría tener un perro? inquirió Santiago, notando las marcas de pinchazos en los brazos del pequeño.
Mamá y la abuela no me dejan murmuró con tristeza.
¿Y tu padre? A Santiago le sorprendieron sus ojos, tan sabios para su edad.
No tengo padre contestó mirándolo de frente. Mi abuela dice que era un canalla
¿Te has escapado de tu madre? dedujo Santiago, mirando a su alrededor. Se va a preocupar
Tengo un bulto en la cabeza; pronto estaré allí señaló al cielo con su dedo delgado. Mamá llora cada noche porque tiene miedo de perderme, pero yo no tengo ángel
¿Y los médicos? Santiago tragó saliva. ¿No hay tratamiento?
Aquí hay un médico que podría ayudar, pero no tenemos euros suficientes dijo abrazando a Aurora. Abuela dice que ese médico es tan malo como mi padre, porque nos ha negado la ayuda.
Tu abuela debe de ser una mujer sabia respondió Santiago con ironía, agradeciendo no conocer en persona a tan temida señora. ¿Cómo te llamas?
Mateo dijo el pequeño. ¡Gracias!
¿Por qué? preguntó confundido Santiago.
Por los ángeles buenos contestó abrazando a Bruno.
¡Mateo! ¿Dónde estás? se oía el grito angustiado de una mujer
Es mi madre Mateo se levantó y corrió hacia la voz.
Santiago lo siguió con la mirada pensativa. Aurora y Bruno gimieron.
El móvil del niño quedó olvidado sobre la hierba
*****
A la mañana siguiente, Santiago notó que Aurora no vino a despertarlo junto a Bruno, como siempre.
La retriever yacía en el sofá y, al verle, gimió quedamente
Durante el paseo, iba lenta y no quiso jugar. Santiago, inquieto, la llevó al veterinario esa misma tarde.
Tras pruebas y muestras, al día siguiente recibió un diagnóstico aterrador:
Lo siento mucho, pero no podemos hacer más por Aurora le entregaron una caja de inyecciones para el dolor. Solo podemos aliviarle el sufrimiento.
¿No hay ningún veterinario que pueda operar el tumor? insistió Santiago con una esperanza tal que la veterinaria apartó la mirada.
Hay una clínica en Barcelona, pero las operaciones están programadas con meses de espera. Aurora necesita ayuda ya le pasó un papel con un teléfono. Ya llamamos, nos dijeron que no.
Mañana mismo vuelo decidió Santiago. Dejo a Aurora ingresada aquí, bajo cuidados.
Compró un billete para la mañana siguiente. Tomó vacaciones, ya que no tenía operaciones urgentes pendientes.
Llamó dos veces a Barcelona: ambas le negaron la cita; el especialista estaba desbordado. No podía perder a Aurora
Pero el viaje resultó inútil; solo podía dejarse en lista de espera, y ya avisarían cuando tocara su turno.
Ni súplicas ni generosos donativos lograron convencerlos. Santiago volvió abatido a Madrid.
Y nada más salir del aeropuerto se fue a la clínica:
No resistió, su corazón falló le susurró la veterinaria mientras le llevaba junto a Aurora.
Mi niña ¿por qué? Santiago apretó contra sí el cuerpo sin vida de la perra, que nunca más le miraría como antes, con esos ojos leales de amor
*****
¡Aurora! Despertó gritando.
En la cama, Aurora y Bruno le observaban preocupados, inquietos por su pesadilla.
Aurora se acercó y le lamió la cara; entre sus caricias, Santiago apoyó la frente en su dorada cabeza.
La impotencia que había sentido en el sueño era tan real como sus recuerdos.
Volvió a ver a Mateo y su dedo señalando el cielo
¿Qué sentiría la madre del chico, sabiendo que la solución era inalcanzable?
¡Qué afortunado eres tienes dos ángeles contigo! le vino a la mente la frase del niño.
Santiago cogió el móvil decidido
*****
Santiago acurrucaba entre sus brazos un cachorrillo de retriever dorado, que temblaba, acobardado, en sus manos.
No temas, pequeño le susurró. Tienes una gran misión: ser el ángel de un niño especial.
Bruno y Aurora olisqueaban los arbustos. Santiago eligió el parque del oeste para el encuentro, lejos de la solemnidad del hospital. Había revisado la historia de Mateo: la operación no podía esperar.
¡Señor de los ángeles! exclamó una voz frágil que le sobresaltó por detrás. ¡Qué alegría verle!
Santiago se arrodilló ante Mateo:
Hola, te traigo un pequeño ángel lo miró con ternura. ¿Lo aceptarás?
Pero mamá mirando a la joven mujer de mirada cansada a su espalda. ¿Puedo, mamá?
Buenos días, Don Santiago dijo Alba con voz queda. Ya sabe que mi hijo no puede estar con animales
El cachorro vivirá conmigo hasta la operación aclaró Santiago rápido. Le pido disculpas por no recibirle en la clínica aquel día.
Tiene mucho trabajo Alba apartó la mirada, sabiendo que por fin tenía ante sí a quien podía salvar a su hijo.
Mañana acudan a la clínica; no podemos esperar más por la operación Santiago entregó el cachorro a Mateo, viendo brillar sus ojos emocionados. Mientras estés ingresado, piensa un bonito nombre.
¿Aún no tiene nombre? preguntó Mateo sorprendido. Todo ángel necesita un nombre
Gracias los ojos de Alba se llenaron de lágrimas de felicidad.
No prive a su hijo de convivir con animales; son los mejores médicos sonrió Santiago observando a Aurora empeñada en besar la cara del pequeño
*****
Dos años después
Santiago y Alba contemplaban a Mateo, ya un alegre alumno de primero, con un enorme ramo de margaritas blancas.
Era difícil reconocer en él al niño enfermo al que Santiago encontró en aquel parque.
La operación fue un éxito y se recuperó enseguida; Zeus, el ya crecido cachorro, esperó a Mateo a la salida del hospital y desde entonces fueron inseparables
Me preocupa que Aurora, Bruno y Zeus no aguanten mucho más dentro del coche susurró Santiago al oído de su esposa.
Enseguida termina la ceremonia contestó igual de bajo Alba.
El director se enreda demasiado hablando de las necesidades del colegio refunfuñó Santiago. Mateo es muy inquieto, no sabe estarse quieto
Alba sonrió. Había encontrado en Santiago un verdadero padre para su hijo, devolviéndole la fe en los ángeles. Como en un sueño hecho realidad, su deseo se había cumplido.
Su hijo estaba sano y viviría rodeado del amor de los ángeles toda una vida feliz.
En la vida de cada persona, siempre debe haber un ÁngelUn suave ladrido rompió el silencio justo cuando el director terminó de hablar. Zeus, impaciente, hacía malabares junto a la ventanilla. Mateo soltó el ramo y corrió hacia el coche; Aurora y Bruno movieron el rabo, Zeus saltaba de alegría.
¡Han venido mis ángeles! gritó, abrazando a sus perros con la fuerza de la infancia recuperada.
Santiago y Alba se tomaron de la mano, avanzando hacia Mateo bajo el sol tibio de la mañana. El colegio entero miraba la escena y alguien empezó a aplaudir, contagiando a los demás.
Mateo alzó la vista hacia su madre y Santiago.
¿Sabéis qué deseo ahora? preguntó.
¿Cuál, campeón? dijo Santiago, sonriendo.
Que todos los niños tengan un ángel susurró el niño, entrezanjando a Zeus y Aurora. Y que nadie, nunca, tenga miedo de soñar.
Alba acarició su cabello, con lágrimas en los ojos. Santiago supo, en ese instante, que aquel niño le había regalado el milagro de creer otra vez.
Y los perros, fieles ángeles terrenales, custodiaron su felicidad mientras la brisa arrancaba al aire el eco de sus risas.
Porque había sueños tan llenos de amor, que bastaban para cambiar toda una vida.






