Álvaro, lo entiendo todo, pero yo no vine aquí para ser la cocinera de tu madre le susurró con rabia Lucía, metiendo una lata de guisantes en el carrito. De verdad, me dan ganas de dejarlo todo, coger el coche e irme a casa. Me prometisteis una velada familiar tranquila entre los tres, y al final estamos tú y yo preparando comida para un batallón de familiares, mientras tu madre está sentada. ¿Te parece normal?
Álvaro encogió los hombros y desvió la mirada, fingiendo que el ingredientes de los palitos de surimi era lo más interesante del supermercado. Parecía un perro pillado con las patas en la masa.
Luci, baja la voz, que la gente nos está mirando murmuró, intentando cogerle el brazo a su esposa, pero ella lo retiró de golpe. Mi madre no calculó bien sus fuerzas, hombre, a cualquiera le pasa. Venga, compremos todo lo de la lista, volvemos y acabamos esos dichosos platos. Aguanta por mí y por la fiesta, por favor.
No calculó sus fuerzas. Qué manera tan elegante de decirlo.
Lucía rechinó los dientes de rabia. Ella sabía perfectamente que su suegra sí había calculado todo al milímetro.
Todo empezó una semana antes con una llamada. María Antonia Fernández llamó para felicitar a los jóvenes por el Año Nuevo y de repente se puso dulzona e invitó a los dos a su casa.
Ay, mis niños chirrió con una voz tan empalagosa que uno corre el riesgo de coger diabetes solo de escucharla. Venid por Navidad, os echo de menos. Pasemos la tarde juntos, recordemos viejos tiempos, hablemos un poco. Es muy triste estar sola entre estas cuatro paredes.
Lucía enseguida puso la antena. Su instinto le decía que algo no iba bien. Las tranquilas cenas familiares en casa de su suegra siempre acababan igual: con un interrogatorio sobre los nietos.
La primera vez que María Antonia sacó el tema, Lucía y Álvaro ni siquiera estaban casados.
Lucía, ¿no has pensado en tener hijos? le preguntó cuando estuvieron a solas.
Lucía se quedó sin palabras.
Bueno sí, quisiera tener hijos, pero no ahora mismo. Álvaro y yo aún estamos empezando a salir.
Ay, Lucía, lo de casarse es lo de menos afirmó su suegra con un gesto. Pero el tiempo pasa El reloj hace tic-tac, tú no vas rejuveneciendo. Ni yo tampoco No quiero morirme sin ver nietos.
Al principio Lucía sólo se reía nerviosamente; luego se volvió más brusca. Finalmente, acabó evitando a su suegra para conservar la salud mental.
Así que entre María Antonia y Lucía apenas había trato. Lucía habría seguido igual de no ser por Álvaro, que era demasiado blando para decirle que no a su madre.
Luci, porfa, vamos le rogó su marido tras otra llamada, mirándola con ojos de cordero. Está mayor, está sola, te lo pido sólo una vez por mí. Por favor.
Álvaro, yo no te retengo. Ve tú, pero sabes que yo no celebro la Navidad.
Pues tómatelo como una cena normal, no como Navidad insistía él. Mi madre quiere llevarse bien contigo. Somos familia
Lucía se resistió mucho, pero acabó accediendo. Esperaba salir del paso con una sonrisa tenida y una merienda de tarta y café. Qué equivocada estaba
Todo empezó a torcerse desde el día anterior. María Antonia exigió que fueran a las ocho de la mañana para aprovechar el día. Lucía no estaba por la labor: quería dormir sábado. Tras discutir, logró que le dejaran llegar a las diez.
Cuando por fin llegaron, medio dormidos, cruzaron el umbral del piso y nada. Ni olor a carne, ni ruido de cocina. La anfitriona los recibió con bata mugrienta y rulos en el pelo.
Por fin habéis llegado, ya era hora soltó de entrada, sin saludo. ¡Son las once y media! Los invitados están a punto de llegar y aquí no hay nada hecho. ¡Había que levantarse antes! Ahora a ayudarme.
Lucía se quedó congelada, aún con el abrigo puesto.
¿Qué invitados? preguntó confusa.
Pues ¿qué invitados? La Pili y el Manolo han pasado por Madrid, no podía dejarlos fuera. La tía Carmen sube del piso de abajo. Mi sobrina ha dicho que se pasa ¿Cómo iba a decirles que no? Anda, basta de cháchara, todos a la cocina, que no hay tiempo.
Ahí Lucía entendió todo el alcance del desastre. No los habían invitado como invitados, sino como mano de obra gratuita.
La fiesta se transformó en un castigo. María Antonia dejó de ser anfitriona y se convirtió en sargento, repartiendo órdenes y paseándose con un trapo para parecer ocupada. Pero ella ni tocó una olla. Y encima, resulta que ni compró todo lo necesario: faltaban cosas, otras ni las había traído. Le pasó la lista a su hijo y los mandó al supermercado.
Lucía estuvo a punto de huir, pero decidió aguantar por su esposo.
Después, cada uno volvió a su puesto: Lucía a la tabla de cortar, Álvaro a pelar patatas. Nada de ambiente festivo, sólo tareas. Trabajaron sudando cinco horas sin parar.
Sobre las cuatro empezaron a llegar los invitados: peinados, perfumados, alegres. Lucía y Álvaro, en cambio, estaban agotados, empapados y con la ropa manchada. Llegaron a la mesa en el último momento, con la cara roja, temblando de cansancio No tenían ganas ni de celebrar.
Mientras tanto, María Antonia se había puesto un vestido bonito y pintado los labios. Ya se sentaba a la cabecera de la mesa, aceptando cumplidos.
María, qué artista eres, cuánto has preparado decía una mujer desconocida tomando el plato de ensaladilla ruso cortado por la nuera.
Todo por vosotros, los invitados, todo para que estéis bien respondía María Antonia con sonrisa modesta.
Por si fuera poco, volvió a sacar el tema de los hijos: levantó su copa y lanzó un discurso sobre el tic-tac. Si no fuera porque Álvaro apretó la rodilla de su esposa, Lucía habría volcado la fuente de vinagreta.
No vuelvo aquí le dijo a Álvaro cuando salían por la noche. Que vaya él solo a ayudar a su madre, yo no soy criada de nadie.
Álvaro ni siquiera discutió. Sólo asintió en silencio.
Pasaron tres meses. A Lucía ya no le dolía la espalda, pero el resquemor aún seguía. Cuando en marzo Álvaro volvió a decir que su madre los había invitado, ella tensó la mandíbula.
Nos invita por el Día de la Mujer. Esta vez asegura que sólo seremos los tres. Bueno, quizá la tía Loli pase un minuto, pero sólo a saludar dijo, y viendo el gesto de Lucía, añadió rápido. Si tú no quieres ir, no pasa nada. Solo te lo comento.
Álvaro esperaba gritos, reproches y un escándalo. Pero Lucía simplemente se quedó mirando la ventana, y después
Vale. Dile a tu madre que vamos.
Luci, ¿en serio? Dijiste que
Lo recuerdo. Pero si le digo que no, va a estar llamando y dándome la lata como la vez anterior. Quiero que esta vez no vuelva a invitarme, que no llore ni me presione. Hazme caso Si no quieres acabar, otra vez, sudando en la cocina, déjalo en mis manos.
Álvaro evitó preguntar y se mantuvo al margen
El Día de la Mujer, para sorpresa de María Antonia, no empezó ni con despertador ni con prisas. Lucía y Álvaro seguían tumbados en la cama, viendo una serie tonta y comiendo helado. Ni maquillarse, ni buscar camisa.
A mediodía, la suegra inquieta empezó a llamar.
María Antonia, no se lo va a creer ¡Acabamos de abrir los ojos! fingió Lucía con voz arrepentida. Ayer nos quedamos con amigos hasta tarde, no hemos oído la alarma.
Pero Lucía, ¿cómo me haces esto? Llevo esperándoos todo el día refunfuñó María. Daos prisa que el cordero se enfría.
Ya estamos saliendo. En una hora, como mucho llegamos prometió Lucía y colgó, volviendo al sofá.
Álvaro, nervioso, prefirió guardar silencio. Mejor seguir en la cama que volver al calor de la cocina de su madre.
A la una volvió a sonar el teléfono. Lucía esperó antes de contestar.
Ya casi salimos, María Antonia. Ahora pedimos taxi y en un suspiro estamos canturreó, sin levantarse.
Otra hora después, cambió la excusa.
Ha habido un choque en la Gran Vía, la carretera está cortada informó Lucía, bajando el volumen a la tele. Hay una cola tremenda. Pero pronto se solucionará.
Cerca de las cuatro, María Antonia no pudo más.
¿Dónde estáis? gritó, ya sin dulzura. ¡Tanto tiempo! ¡Habríais llegado antes andando!
Lucía oyó gente de fondo y risas. Entrecerró los ojos.
María Antonia, ¿no está sola? preguntó directamente.
Sola, no sola ¿Qué más da? Han venido algunos familiares a felicitarme. No los iba a echar. ¿Vais a venir o no? Estoy agotada de estar sola.
Todo claro. La suegra quería otra vez mano de obra, pero tuvo que cocinar sola. Cayó en su propia trampa.
Pues sabe qué No vamos a ir dijo Lucía calmada.
¿Cómo? ¿Qué?
Me he mareado por el camino, vamos a volver a casa.
Al principio hubo silencio, después María Antonia explotó.
¡Cómo te atreves, ingrata! ¡Llevo desde la mañana cocinando, ¡para quién he hecho todo esto?! ¡Para quién! ¡Te lo haces a propósito! ¡Y si ahora tengo un ataque, qué! ¡Álvaro, pásame el teléfono!
Álvaro oyó todo, sin moverse. Sólo bajó la mirada. Lucía pulsó el botón rojo y apagó el móvil.
Lo dicho le dijo a su esposo. Había otra vez un ejército de invitados. Nos esperaban de esclavos. Que tu madre se apañe sola, ya que ha invitado a toda la tribu.
Por la noche fueron a casa de los padres de Lucía.
La diferencia se notaba nada más entrar. También había movimiento, pero el ambiente era otro. Nadie esperaba a nadie con cara larga, ni trataba a la familia como sirvientes. La madre de Lucía peleaba con una ensaladera enorme, el padre cortaba bocadillos.
¡Ya ha llegado la juventud! se alegró él al verla con Álvaro. Álvaro, trae unas sillas del dormitorio, anda, que aquí no cabe.
Álvaro fue por las sillas. Lucía se puso junto a su madre, ayudando a poner la mesa.
Sí ayudaban, pero no obligados. Allí era natural, cada uno aportaba lo que podía para que todo fuera agradable para todos.
Ya sentados, Lucía contempló a su madre sonriendo y a Álvaro charlando animado con su suegro, sintiendo que, poco a poco, la tensión desaparecía. La justicia por fin se hacía realidad. Por duro que hubiera sido, con su suegra el puente estaba roto, pero eso era mejor que seguir siendo la sirvienta en la fiesta de otro.






