La mejor mujer que me crió no fue mi madre. Fue mi madrastra.
Mis padres se separaron cuando yo tenía siete años. La separación no fue silenciosa. Hubo gritos, portazos y un día muy pesado en el que mi madre recogió sus cosas. Se fue a vivir a otra ciudad con un hombre que ya conocía. Me quedé con mi padre porque, como decían todos, era lo más sensato: él tenía un trabajo fijo y casa propia en Valladolid.
Mi madre me juró que vendría a menudo. Ese juramento empezó a desmoronarse ya en el primer año.
Cuando cumplí ocho, mi padre trajo a casa a la mujer que luego sería mi madrastra. Al principio no se presentó como pareja. Decía que era solo una amiga. Empezó a quedarse algunos fines de semana. Yo vivía allí y no la quería. Me encerraba en mi cuarto, me negaba a hablarle y decía a mi padre que no quería a esa mujer en la casa. Él me repetía que tenía que acostumbrarme.
Nunca me habló mal. Nunca me obligó a llamarla mamá. Simplemente empezó a encargarse de las cosas.
Me levantaba a las 5:30 para ir al colegio ella me preparaba el desayuno, me peinaba, mientras mi padre ya se había ido al trabajo. Revisaba que hiciera los deberes, me firmaba las libretas. Mi padre salía temprano y volvía tarde, así que todo el día era ella quien estaba conmigo.
Mi madre llamaba a veces, pero no era constante. Podían pasar semanas sin noticias suyas. Otras veces llamaba, prometía que vendría el mes siguiente, y después nunca aparecía. Para mi cumpleaños mandaba regalos con retraso o decía que me los daría cuando nos viéramos. Cuando venía, se quedaba un par de días salíamos a comer algo, me compraba ropa y se iba. Nunca se quedaba en casa.
Mi madrastra era la que iba a las reuniones del colegio. Recuerdo que en quinto de primaria tuve un problema con una profesora y fue ella quien fue a hablar con el director. Cuando pillé una bronquitis horrible y estuve una semana sin ir al colegio, fue ella quien pasó las noches en vela a mi lado. Me llevaba al médico, compraba las medicinas y se aseguraba de que las tomara.
Cuando entré en la adolescencia, empezaron los choques. Ella me ponía horarios, no me dejaba salir hasta tarde, le importaba con quién salía. Yo le gritaba que no era mi madre y no podía decirme qué hacer. Discutíamos fuerte. Una vez, de pura rabia, dormí en casa de una amiga.
Al día siguiente, vino a por mí, me llevó a casa sin escenas, sin reproches.
Mi madre sabía algunas cosas y se enfadaba. Me decía que no tenía que obedecer a esa mujer. Pero justo en los momentos que la necesitaba, ella no estaba. Recuerdo que una vez tuve un problema serio en clase y la llamé llorando. Me respondió que estaba ocupada y que hablara con mi padre. Aquella noche, la persona que se sentó a mi lado para escucharme fue mi madrastra.
Cuando terminé el bachillerato, ella me ayudó a elegir carrera, a rellenar los papeles y preparar todo. Mi madre no vino a mi graduación porque no podía viajar. Mi madrastra estaba sentada en primera fila junto a mi padre.
Hoy soy adulta. He construido mi vida. Y al mirar atrás, me doy cuenta de que la persona que estuvo en los días normales, los días complicados, los días aburridos fue ella. No sólo para la foto. No solo para el regalo. Sino para esas cosas invisibles que nadie ve.
No digo que mi madre no me quisiera. Digo que no estuvo.
Y la que sí estuvo sin tener que hacerlo, sin compartir mi sangre fue mi madrastra.
Parece que no todas las madrastras son malas…







