Entre la Lealtad y el Amor: La Decisión de Cristina entre Barcik, su Gato, y Oleg, el Hombre que No …

8 de diciembre

Hoy me he sentado frente al espejo, aplicando con cuidado ese pintalabios rojo intenso, Mermelada de Cereza, el que a Pablo le hacía tanta gracia y siempre decía que me sentaba fenomenal. A mi edad los milagros parecen cosa de otros, hasta que un día se cruzan por sorpresa en tu camino. Eso me ocurrió hace apenas tres meses, en la parada de autobús, en pleno barrio de Chamartín. Él me cedió el banco para sentarme, yo le di las gracias, y así, entre palabra y sonrisa tímida, surgió todo.

Lucas, ¿cómo me ves hoy? le he preguntado al gato, que estaba tumbado al sol en el alféizar, atento a los gorriones madrileños que picoteaban el pan de la vecina.

Lucas lleva cinco años conmigo, desde el último día que vi a Enrique en el sanatorio. Lo recogí de la calle, diminuto, famélico y asustado. Recuerdo decírselo al llegar: No tenemos más que el uno al otro, Lucas. Pensé que los dos nos consolaríamos en nuestra soledad, pero aprendimos a vivir juntos. El gato me acompaña en mis tardes de lluvia y en mis despertares grises, ronroneando bajito.

El móvil ha sonado con energía, vibrando sobre la encimera.

¡Elena, cariño, salgo ya para allí! La voz alegre de Pablo, llena de entusiasmo. Hoy lo dejamos todo atado.

Te espero, Pablo le he dicho, riéndome.

Traería las llaves de su piso en la playa de Santander. Qué emoción pensar en compartir desayunos en su terraza, con el Cantábrico de fondo y el aire fresco de la bahía entrando por la ventana. Me imaginaba ya a Lucas husmeando entre las macetas, fascinado por tantas aves marinas.

Escucha, Lucas, nos mudamos, ¿eh? Hay ventanales enormes, verás cuánta vida y luz le conté mientras él se estiraba y me rozaba las piernas, como si supiera de qué iba todo aquello.

Un poco después, ha sonado el timbre. Pablo, guapo y elegante, llevaba una sonrisa que casi me desarma y un ramo de tulipanes rojos. Siempre tan impecable, tan seguro de sí mismo, con ese porte de empresario hecho a sí mismo.

Mi reina castiza dijo al darme un beso suave en la mejilla. ¿Lista para nuestro nuevo capítulo?

Más que lista respondí risueña. Siéntate, que te pongo un café.

En la cocina, Pablo sacó del bolsillo su llavero y, de forma casi solemne, lo colocó entre nosotros.

Aquí están. Nuestra nueva vida.

Lucas, curioso, apareció en el umbral y se acercó a olfatear.

Otra vez el minino dijo Pablo con algo de fastidio. Hay algo que quería hablarte, Elena.

¿De qué se trata? pregunté, sintiendo cómo la cocina se enfriaba de pronto.

Es que, verás, en el piso he hecho obras nuevas. Y los gatos… en fin, dejan pelos. Y huelen. Además, tengo alergia, de verdad.

Me quedé parada, taza en mano.

¿Qué insinúas?

No puedo vivir con Lucas lo soltó sin emoción, casi como si hablara de una lámpara vieja. Tendrás que decidir qué haces con él.

Sus palabras cayeron en la mesa, frías como los ventisqueros de la Sierra de Guadarrama en invierno.

Lucas olisqueaba mis zapatillas y yo notaba su mirada intensa, como si entendiera cada palabra.

Poco después, Pablo se fue, dejando las llaves sobre la mesa. Me quedé allí, con el café a medias y el corazón en un puño.

Lucas, intuitivo, saltó a mi regazo, ronroneando suave y dulcemente. Me quedé acariciando su lomo, pensando. ¿Qué debo hacer, Lucas? ¿Qué harías tú?

Las palabras de Pablo retumbaban en mi cabeza: Decide tú.

Decidir… ¿cómo se decide abandonar a quien ha sido tu familia, tu refugio, tu consuelo? Cuando Enrique murió, fue Lucas quien me salvó de la desesperación. Le di biberón, lo curé, lo vi crecer. En mis peores días tenía su compañía, sus juegos. Siempre estaba ahí, trayéndome alguna pelotita como si supiera cuándo necesitaba distraerme.

Pensé en mi amiga Carmen. Cogí el móvil para llamarla, pero lo dejé a un lado. Carmen seguro que me diría: Elena, si te hace feliz ese hombre… A Lucas siempre se le puede buscar otro hogar. ¿Pero se puede? ¿De verdad?

Me asomé a la ventana. La Gran Vía relucía bajo la primera nevada del año. Tan cerca de la Navidad, justo cuando más deseaba no sentirme sola.

Voy a preguntar en la clínica veterinaria me dije. Quizá encuentren a alguien que lo cuide bien.

Pero hasta al decirlo sentí una punzada de rebeldía, de dolor incontenible.

Al día siguiente subí a ver a la señora Rosario, la vecina del segundo, siempre rodeada de gatos callejeros.

Rosario, ¿no sabes de alguien que quiera adoptar un gato bueno y listo?

¿Lucas? se sorprendió ¿Te pasa algo? Si es como tu hijo…

Me mudo, y en ese piso no dejan mascotas…

Ella me miró seria, con esos ojos de madre de mil batallas:

Mira, Elena, no hay nada en la vida más importante que un amigo fiel. No me pidas que le encuentre familia, porque sería traicionarle. Y eso… eso es algo que no te mereces ni tú ni él.

La palabra traición me mordió. Salí corriendo de su casa, apurada. Lucas me esperaba en la puerta, como siempre. Frotó su cabeza contra mi pierna, y al mirarlo supe que lo sentía todo, que entendía.

Perdóname, pequeño le susurré. Perdóname.

Esa noche llamó Pablo.

¿Qué hay del gato?

Aún nada. Estoy buscando a alguien.

Elena, sé práctica. ¿Quieres ser feliz o no? Necesito una mujer que se tome la vida en serio, que no anteponga un animal al amor real.

Dame un poco más de tiempo.

No tenemos tanto, Elena. Quiero que este año empecemos el año juntos en casa.

Colgué y me quedé en silencio. Lucas, a mi lado, me miraba de reojo.

Quizá tenga razón murmuré. Eres solo un animal… y él, un hombre… un futuro. ¿Quién me va a querer como él?

Pero ni yo misma creía esas palabras, sabían a mentira.

Al tercer día llamó Carmen.

Elena, estás rara. ¿Qué pasa?

Se lo conté todo. Y ella, a bocajarro:

¿Así, tal cual? O él o el gato. ¿Eso te ha dicho?

Bueno, sí.

Sabes lo que viene después, ¿no? Empezará con los vaqueros, luego te dirá que no le gusta que vayas al Retiro con tu amiga Lucía… Elena, si alguien te exige elegir así, no es la persona.

Pero puedo quedarme sola. S-O-L-A…

¿Ahora tienes a Lucas, no? ¿Entonces sola de qué?

No contesté, me quedé perdida en sus palabras.

Esa tarde, sentada con Lucas en brazos, le pregunté en voz baja:

Si te regalo, ¿me querrás igual? ¿Seré feliz sabiendo que he traicionado tu confianza?

Lucas levantó la mirada, confiado, lleno de cariño.

Por Dios, ¿dónde tengo la cabeza?

Sonó el teléfono. Pablo.

Elena, mañana es sábado. Voy a por ti. Espero que todo esté resuelto.

Miré a Lucas. Dormía hecho un ovillo, en paz.

Necesito pensarlo un poco más.

¿Pensar qué? ¿Vas a dejar tu vida por un gato? ¿En serio?

¿No podrías acostumbrarte? De verdad, Lucas es muy limpio…

Que no, Elena, sufro alergias, lo sabes. Piensa bien en lo que quieres. Mañana, última vez.

La conversación quedó flotando en el aire, seca y cortante. Solo el ronroneo de Lucas llenó la casa.

Última vez. Qué poético le dije a Lucas, como si pudiera reírme de la situación.

Pero tenía miedo, miedo verdadero. No a la soledad, sino a la idea de hacerle daño a quien jamás me lo haría a mí.

Pasé la noche en vela. Soñé que caminaba por un pasillo infinito, al fondo Pablo a un lado, Lucas al otro, y tenía que elegir.

Por la mañana, como siempre, Lucas estaba conmigo, frotándose en la almohada.

Buenos días, mi chico susurré.

Preparé café, repuse agua a Lucas, sus croquetas. Todo igual, pero con las manos temblorosas.

¿Qué hago, Lucas? ¿Dejo atrás mi vida? ¿Estoy tan rota como dice él?

No creía en esa historia. Esas no eran mis palabras, eran ajenas.

A las once volvió a llamar Carmen.

Bueno, ¿has decidido?

No lo sé, Carmen. El corazón dice una cosa, la razón otra.

¿Y el corazón qué dice?

Miré a Lucas, que se lavaba despacio en la ventana.

Que no puedo abandonarle.

Pues ya está, Elena, ya está. Un hombre incapaz de querer lo que tú amas… eso no es amor.

Colgué y me senté en el sillón. Lucas enseguida se acomodó en mis piernas.

¿Sabes? Carmen tiene razón. No estoy sola, estoy contigo. Y eso me basta, de verdad.

Lucas respondió con su mejor ronroneo.

Quizás Pablo no sea para mí. Lo será uno que ame a los dos.

A las dos sonó el timbre. Pablo, bolso en mano, serio, ni buenos días.

¿Ya tienes todo preparado?

Pasa, Pablo. Tenemos que hablar.

¿El gato? ¿Ya no está?

En ese momento Lucas apareció serio desde la cocina.

Te dije que este tema era clave, Elena.

Y yo ya lo he decidido dije con un hilo de voz.

¿Cómo?

No puedo dejar a Lucas.

Pablo se detuvo, casi incrédulo.

¿Y yo, qué?

Le miré a los ojos y, por fin, vi al verdadero Pablo: alguien acostumbrado a ordenar, a que todo gire en torno a él.

Te aprecio, Pablo. Pero Lucas nunca me ha puesto condiciones.

¿Comparas a un hombre con un gato? gritó.

No. Te digo que él me quiere sin exigir nada.

Elena, ¿entiendes lo que pierdes? Yo te ofrezco una vida hecha, cómoda, y tú por un gato.

No es un gato cualquiera. Es mi Lucas.

Pablo bufó, perdió la compostura.

¿Eso es lo que eliges?

Me miró, furioso, insultó bajo su aliento y se marchó dando un portazo.

Me quedé allí, con Lucas en brazos sabiendo que, sin querer, había elegido lo correcto.

Sentada, en la cocina, sentí esa paz cuando al fin tomas la decisión que te define.

Hicimos bien, Lucas, lo hicimos bien le dije, aliviada.

Marzo

El sol asoma en Chamberí, las violetas que cuido en la ventana florecen tras el invierno. En la casa reina la calma, y Lucas reina también. Volvieron los conciertos de piano: ahora doy clases a dos alumnos, la risueña Marisol y a Guillermo, travieso y tímido. La música devuelve la vida, y nuestra casa es de nuevo refugio de historias alegres.

Doña Elena, ¿qué minino más listo es ese? me preguntó Marisol un día.

Es Lucas, mi mayor amigo.

¿Puedo acariciarlo?

Claro. Si él quiere, claro…

Lucas se dejó querer, incluso ronroneó al instante.

Días después, conocí en el portal al señor Antonio, el vecino del ático. Viudo, profesor retirado. Charlamos largo rato.

Qué gato más bonito tiene, Elena.

¿Le gustan los animales?

Mucho, tuve una pastor alemán, Laika, que murió hace años. Echo de menos esa compañía…

Las charlas se extendieron. Antonio es sabio, tierno, paciente.

¿Y Lucas acepta visitas?

Es buen juez de carácter, don Antonio. A quienes no quieren a los gatos, tampoco les quiere él.

Antonio rió:

Espero pasar la prueba.

La pasó, claro.

Ahora, mirando a Lucas tomar el sol, pienso en lo mucho que ha cambiado mi vida. Ni mejor ni peor, pero mía.

Me serví mi té mientras Lucas se acomodaba en mi regazo.

Gracias, Lucas le murmuré. Gracias por recordarme que el amor, el verdadero, no exige renuncias.

Él ronroneó, cálido y sereno.

Ya nunca temo la soledad. Porque he aprendido que con quien te ama sin condiciones, nunca estás realmente sola.

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Don y Perlita