EL CORAZÓN VUELVE A LATIR
Catalina tuvo a su hija Vera sin que se supiera exactamente de quién. Digamos que resbaló antes del matrimonio. Sí, es cierto que un joven la cortejaba con ahínco. Aunque nunca llegó a pedirle la mano. Eso sí, era deslumbrante y educado.
Catalina paseaba de la mano de su pretendiente por el barrio, luciendo una sonrisa altiva mientras las abuelitas girasoles sentadas en el portal giraban el cuello para observarlos. Esas pensionistas, como siempre, seguían cada movimiento, igual que los girasoles con el sol.
El chico en cuestión no trabajaba en ninguna parte. Prefería saltar de flor en flor, como una mariposa, y Catalina no hacía más que mimarlo, alimentarlo y hasta hacerle hueco en su cama. Estaba dispuesta a ponerle la alfombra de flores a su paso.
Pero llegó un día glorioso en el que el galán le soltó que se aburría soberanamente con Catalina, que ella no sabía valorarlo como hombre. Y que, ya que lo quería tanto, podría invitarlo algún veranito a la playa, aunque fuera una vez
Catalina se pasó una semana llorando a moco tendido. Después rompió y quemó todas las fotos del amor no correspondido. Se pasó todo un mes sufriendo en soledad, hasta que apareció Víctor.
Un día, una mañana cualquiera, Catalina iba con prisas y los nervios de punta por llegar tarde al trabajo. La parada del autobús estaba a reventar. De pronto, se le paró un taxi al lado. El conductor abrió la puerta y le ofreció llevarla. Sin pensarlo, Catalina saltó dentro del coche.
Durante el trayecto, el taxista arrancó a hablar. Catalina lo analizó al instante: hombre de edad media, pulcro, perfectamente afeitado, ropa planchada, ni una arruga. Además, le conquistó su caballerosidad. Todo él rezumaba el toque de una mano de mujer. Catalina pensó que debía de ser de su madre.
Víctor así se presentó era el polo opuesto a su anterior experiencia. Sin dudarlo, le dejó su teléfono. Quería más. Y fue la única vez que viajó gratis en taxi.
Empezaron a salir. Víctor la colmaba de flores, regalos y ternura.
Una primavera, paseando por El Pardo, Catalina se puso a recoger campanillas. Víctor, contagiado por el entusiasmo de su novia, la imitó. Una vez recogido el botín, Catalina con su ramillete decidió sentarse en el coche.
Víctor colocó cuidadosamente su soberano ramo en el asiento trasero. Catalina pensó: Eso será para su mujer. Pero no se atrevió a preguntar. Y prefirió engañarse dulcemente. Silencio
No tardó en aparecer la esposa de Víctor en casa de Catalina, acompañada de dos criaturas:
Aquí las tienes, maja, ¡críalas tú! ¡Adoran a su padre!
Catalina sólo logró balbucear:
Perdone, no sabía que Víctor estaba casado. No pienso romper su familia. Ni criar pajarillos bajo el nido ajeno.
Esa misma noche dio calabazas al casadito.
El siguiente fue Mamuka, que, para colmo, era georgiano. Su historia con Catalina fue un huracán de pasión. Entró y salió de su vida tan deprisa como un vendaval.
Se conocieron en el cumpleaños de una amiga. Mamuka arrolló a Catalina con su simpatía y sentido del humor. Ella se dejó llevar por la corriente. Él la deslumbró con su generosidad, alegría y la promesa de aventuras constantes. Con Mamuka no había sitio para el aburrimiento.
Estuvieron juntos un año, hasta que Mamuka se hartó de Madrid y regresó a Georgia. Que si el clima, que si su madre enferma
Catalina se sintió abandonada y perdida. Juró que nunca más sufriría. Mejor sola que dando pena.
Justo cuando se resignó a su suerte de mujer solitaria, descubrió que bajo su corazón latía otra vida. ¡Sorpresa! ¿Quién sería el padre? ¿Qué haría ahora? ¿Cómo no perder la cabeza?
Nació una niña, y Catalina la llamó Verónica. Verónica se convirtió en el sentido de su existencia. Tenía los rizos, los ojos negros y la picardía de Mamuka. Aquello la alegraba. Quizá porque amó a aquel hombre como a ningún otro. Mirando a Vera, Catalina recordaba los días despreocupados y felices con Mamuka.
A veces sentía una punzada de envidia hacia sus amigas casadas pero criar a Vera absorbía todo su tiempo. Así que, poco tiempo quedaba para llantos.
El uno de septiembre, Verónica fue al colegio.
En su pupitre se sentó junto a un tal Daniel. Ni bien verlo, Vera torció el gesto. Daniel no tardó en llamarla tonta de los rizos.
Se llevaban fatal. La profesora, harta de las peleas, los separó. Pero Daniel y Vera seguían liándola en el recreo.
Catalina fue al colegio cabreada para saber por qué su hija volvía molida y arañada.
La maestra, para quitársela de encima, le pasó la dirección de Daniel. Resuelvan esto entre progenitores.
Catalina, ni corta ni perezosa, se lanzó al rescate de Vera. Llamó a la puerta.
Le abrió un hombre joven, secándose las manos en un trapo que pendía del cuello.
¿Es usted la madre de Verónica? Pase, por favor. Ahora le sirvo un café. Solo déjeme dar de comer al peque.
Catalina, azorada, entró en el salón. Estaba claro que allí no limpiaba una mano femenina. Ropa por todas partes, polvo flotando, y un tufo a tabaco que tiraba de espaldas.
Vaya tela…, pensó Catalina.
El padre apareció trayendo una bandeja con dos tazas de café humeante.
(Ese aroma quedó grabado para siempre en la memoria de Catalina.)
¿A qué debo la visita de tan encantadora dama? dijo.
Soy la madre de Verónica comenzó Catalina.
¡Ah! Ya lo pillo. Mi Daniel está colado por su hija respondió él con una sonrisa.
¿Y por eso mi pobre Vera vuelve a casa arañada? le replicó Catalina, lanzando el dardo.
Perdone, ¿cómo dice? preguntó, genuinamente sorprendido.
Por favor, hable con su hijo. Gracias por el café dijo Catalina, alzándose.
No se preocupe, tomaré cartas en el asunto prometió él.
El pequeño trasto se asomó silencioso de la cocina.
Catalina volvió a casa. Esa noche no pegó ojo. No podía dejar de pensar en aquel padre soltero tan de andar por casa, tan… de anuncio. ¡Y ese café inolvidable! Ningún admirador le había servido un café tan aromático. Siempre era cava, vino, gin-tonic pero nadie le ofrecía café. Empezó a imaginar cómo pondría orden en aquella casa, cómo ventilaba, ponía plantas… y hasta le entraron ganas de darle un abrazo al pequeño trasto.
Por la mañana, de buen humor, pidió a Verónica que no se peleara más con Daniel. Que fuera educada.
Pasaron semanas
En la reunión de padres volvieron a encontrarse. Allí comprendió por fin que Daniel no tenía madre. Si no, ¿por qué iba siempre el padre?
Aquello fue el impulso definitivo para Catalina.
El padre de Daniel se ofreció a acompañarlas de vuelta a casa. Era diciembre y anochecía temprano. Catalina aceptó sin pensárselo:
¡Sí!
Me llamo Alejandro dijo él.
Encantada, yo soy Catalina respondió ella sonriendo.
Por lo visto, Alejandro no disimuló su interés. Incluso propuso pasar juntos la Nochevieja. Catalina, con siete años de soledad en la mochila y sin esperanzas de encontrar príncipes azules, creyó que no tenía nada que perder ¿Cuántas veces se puede escarmentar en la vida?
Más tarde, Alejandro le contó: estaba divorciado, su ex se casó con su mejor amigo sin pensárselo dos veces, pero el hijo, ese sí, se quedó con él.
Ni él imaginaba cuánto necesitaría el cariño de una mujer ni cómo Daniel echaba de menos a una madre. Y acabó confesando: desde la primera visita, Alejandro no dejó de pensar en Catalina.
Era la mujer, y madre ideal, que buscaba.
Catalina y Vera se mudaron con Alejandro. Pero antes, los adultos preguntaron a los niños. Vera y Daniel, resignados, asintieron.
La vida cambió. Alejandro estaba tan feliz que movía montañas. Compraron un piso amplio, Catalina se encargaba de la casa y los niños.
Vera y Daniel crecieron en amor. Catalina los mimaba a los dos como si fueran suyos. Alejandro adoraba a Vera. Trató siempre a sus chicas con el mayor cariño.
Llegó el tiempo y los niños crecieron. Daniel y Vera se casaron.
Alejandro y Catalina, tras el susto inicial, bendijeron el enlace. Los novios decidieron pasar la luna de miel en París. Catalina le propuso a Alejandro escaparse juntos a la playa.
Él no quería.
Caty, mejor cómprate unas cosillas con este dinero, anda.
¡Ale! Por una vez podremos estar solos y respirar libertad ¡Aprovechemos! insistió Catalina.
Alejandro acabó cediendo.
Disfrutaron una semana en Benidorm sin preocupaciones. Fue puro y sencillo, como una canción sin final. Alejandro superó todos sus propios récords: flores, cumplidos, declaraciones apasionadas
El día de la partida fueron juntos a la playa para despedirse del mar. Era temprano y estaban solos.
Alejandro besó a Catalina suavemente y, con un dejo de tristeza, le susurró:
Caty, te quiero muchísimo muchísimo.
Dijo que iba a darse un baño. Y Catalina nunca más volvió a verlo.
Él se ahogó. Los socorristas no pudieron hallarlo; el mar estaba en calma total.
Catalina regresó a Madrid sola. La vida le dio un vuelco brutal. ¿Por qué le pasó esto a Alejandro? Nadaba como un delfín. ¿Por qué tenía que quedarse viuda a los cincuenta y cinco? ¿Por qué, en aquella playa, no le dijo que le quería con locura también? Porque sí, fue una despedida y ella no lo entendió. Demasiados porqués flotando en el aire.
Catalina se cerró en sí misma. Odió el mar. Todo perdió el color. Y, como no había tumba, ni siquiera podía llevarle flores. El alma se le partió en mil cachitos. Ni ganas de respirar le quedaban. ¡Dicen que el tiempo cura! ¡Mentira, no cura! Solo adormece el dolor, que vuelve y vuelve cuando menos te lo esperas. El recuerdo nunca desaparece: reabre la herida, una y otra vez.
Catalina pasaba los días de la mano de sus nietos, Carla y Marcos, de tres años. Las tardes en el parque, los paseos entre hojas caídas, y la parada ritual en una cafetería donde compraba helado a los niños y ella una taza de aquel mismo café. Ese aroma todavía la transportaba a la felicidad. Sentía que Alejandro seguía allí, velando por ella y su familia.
Con los años, habiendo tragado lágrimas y aceptado la tristeza, Catalina daba gracias al destino por haberla cruzado con Alejandro. Por esos veinticinco años de felicidad.
La vida se acaba. El amor, nunca.







