Mi madre estuvo muriéndose durante mucho tiempo, de forma lenta, pesada y, para qué engañarnos, nada digna Pero los ojos cuanto más se acercaba lo inevitable, más oscuros los tenía. En el mismísimo filo eran de un negro aterciopelado, llenos de una sabiduría inabarcable y lo veían todo ¿O quizá simplemente era que su piel se volvía cada vez más pálida?
Fue a finales del verano cuando la traje del pueblo y, como ya era tarde, me quedé a pasar la noche con ella. En pleno viaje nocturno al baño, se cayó y, como supimos después, se fracturó el cuello del fémur. Para las personas mayores eso suena casi a sentencia de muerte.
Lo demás pasó deprisa: ambulancia urgencias traumatológicas operación y diez días en el hospital.
De camino al hospital, me vino a la cabeza aquel sentimiento de cuando pasé la noche en casa de mi cuidadora, doña Ana Fernández, la señora que me cuidaba en la guardería cuando de pequeño enterramos a mi padre, que se estampó con su vieja Vespa contra un camión por la carretera de Toledo. Mi madre tenía veintiocho, yo tres, y ella no quería destrozarme la infancia con la noticia, así que, durante el entierro, me llevó lejos y me contó que papá había tenido que irse de viaje por trabajo Jamás se casó de nuevo, por miedo a que otro hombre no quisiera hacer de padre para mí.
Cuando la dieron de alta tuve que dejar mi trabajo y dedicarme a cuidarla: no podíamos permitirnos contratar a nadie, porque en ese momento le estábamos comprando un piso de 45 metros cuadrados al hijo menor.
Me mudé a su mini palacio cuarenta metros y una decoración que en el IKEA habrían desahuciado, donde le cambiaba el pañal de cuatro a seis veces diarias, la lavaba, la alimentaba. Ella ni una queja. Lo aguantaba todo. Sólo se le escapaba algún ¡ay! como una niña cuando la giraba raro, y luego musitaba: No pasa nada, hijo, está bien está bien
No sabía yo que era tan asquerosito. Por las noches, mientras intentaba dormir en el sofá junto a su cama, soltaba lágrimas en silencio, desesperado. Me gustaría decir que lloraba por ella; sí, pero en parte eran por mí mismo, para qué negarlo.
No podía esperar ayuda de nadie: mis dos hijos liados todo el día con el trabajo y sus familias, y mi esposa Mi esposa fue clara: A ver, es tu madre, pero para mí es solo una mujer extraña
En ese momento, no sé por qué, recordé la primera vez que llevé a mi Laura a casa para presentársela a mamá. Mamá fue simpatiquísima toda la noche. Pero, al volver y verla de reojo, se encogió de hombros y dijo: No sé, algo no me cuadra pero tú mismo, hijo; te casas tú, no yo.
Eso sí, la relación entre ellas fue siempre estupenda.
Ahora, como hace muchísimos años, mamá y yo volvíamos a estar solos, y antes de dormir, aún con la luz apagada, charlábamos largo rato. Me contaba cosas de la abuela y el abuelo, de cómo los alemanes llegaron al pueblo, ella escondida con su hermana mayor detrás de una tapia, observando a aquellos extranjeros, tan bien alimentados y sonrientes, que no paraban de hacer sonar la armónica y reír por cualquier cosa.
Hablábamos de mi padre, al que casi ni recordaba. Aunque igual ni eso Tengo una sombra en la memoria: un hombre grandote, con barba pinchando y ese asqueroso olor a Ducados, que me tomaba en brazos, me llenaba de besos al volver del trabajo, mientras repetía una y otra vez: ¡Eres mi hijo, mi niño, mi hijo!
Después mamá empezó a empeorar. Nuestras conversaciones nocturnas se hicieron raras y luego desaparecieron. Creía que la estaba alimentando fatal, y por eso pedía comida de restaurante, bien empaquetada y calentita. Si le preguntaba si le gustaba, ella movía la cabeza, insípida, y decía: Hijo, te has hecho un cocinero de primera. Pero comer, lo que se dice comer, apenas.
La última noche que pasó en casa, se acordó de cuando aparecieron por primera vez los bolígrafos en nuestra ciudad. Yo estaba en tercero de EGB y solo había oído hablar de ellos. Pero el padre de Clara González, su amiga, le trajo uno a su hija, y era tan maravillosa aquella pluma que acabó en mi bolsillo. Aquella noche llegué a casa y se la enseñé a mamá, lleno de emoción. Cuando ella supo de dónde la había sacado, menuda me cayó. Mano dura y correa. Luego me llevó, a mí y al boli, a casa de los González para devolver la joyita a su dueña.
Apenas conservaba ese recuerdo, pero mamá empezó a pedirme perdón por haberme pegado y a justificarse porque, claro, tenía miedo de que me convirtiera en un chorizo.
Yo la acariciaba en la mejilla, sintiéndome terriblemente avergonzado ante ella, aunque al final no fui ningún ladrón.
A la madrugada, cuando la ambulancia vino de nuevo porque ya se encontraba muy mal, despertó un momento de su letargo, me agarró la mano y suspiró: Hijo mío, ¿cómo te vas a arreglar sin mí tan joven todavía tan tonto?
Mamá no llegó a cumplir los ochenta y nueve años por apenas mes y medio. Al día siguiente de su muerte, yo cumplí sesenta y cuatroAún con la mano entre las mías, creí notar que le temblaban los labios, como si quisiera decirme algo más. Pero solo fue aire. El resto fue silencio.
Después, durante el funeral, entre pésames de compromiso y un frío invernal anticipado, sentí que una enorme puerta interna había cedido. Una corriente dulce de recuerdos: ella persiguiéndome por el parque, nuestro primer viaje en tren, el sabor del estofado de los domingos Todo tan vívido que por momentos soy yo el niño, y ella mi mundo entero.
Esa noche, de vuelta en su piso vacío, me senté en la butaca donde solía darla de cenar. Ahí, con el último sol filtrándose por la cortina, descubrí su cajita de hojalata. La abrí, como quien busca la voz de una madre en la penumbra, y dentro estaban las cartas que nunca me envió, fotos amarillentas, un boleto de tren para dos. Y, en un sobre arrugado, una notita: *Para cuando tengas miedo Acuérdate, hijo: la vida al final es solo querer, y dejarse querer*.
No sé si fue consuelo o herida. Pero entonces lo comprendí, por fin: que somos la suma de todas esas noches velando, todos esos ay callados, esas manos que cuidan aun cuando tiemblan de cansancio. Y que seguir adelante sería simplemente repetir lo que ella hizo: sostener la vida ajena con torpeza, pero con amor.
Me puse de pie y, en la penumbra dorada, sentí que aquellos ojos oscuros no se fueron del todo. Porque aún ahora, cuando cierro los míos, puedo verla, mirándome con esa paciencia de siempre, diciéndomecomo solo saben hacerlo las madres de verdadque, pase lo que pase, nunca estaría solo.







