Ay, yo no podría hacerlo jamás. ¡Convertirse en un vegetal así, es inaguantable! ¡Te vuelves loca co…

Ay, yo no podría soportar eso. La gente se convierte en un vegetal, es desesperante estar al cargo de enfermos encamados. ¡Deberían ingresarlos en sitios especiales! Y no me mires así, ¿qué sentido tiene tanta compasión? Mira, a los animales los duermen y nadie dice nada. Pero nosotros, tan humanos que nos creemos… En algún país incluso llevan a los ancianos a la montaña y allí los dejan. Y además… quiso continuar Antonina, pero Lucía la interrumpió de inmediato:

¡Toni, qué vergüenza decir esas cosas! ¡Es nuestra madre! ¿Dejarla en una montaña? ¡Pero te has vuelto loca!

Bueno, para empezar, madre tuya, no mía, que es madre de mi marido, y mira que eso marca una diferencia. Y aunque fuera la mía, también me habría quitado de encima si hubiese llegado a este punto. Lucía, mira, cuidar de niños, vale, son dulces, pero cuando un adulto se vuelve tan dependiente perdona, pero huelen y no hay esperanza. Por cierto, quería preguntarte: ¿Y el piso de tu madre qué? Ahora que te la has llevado a casa, el piso está ahí, vacío. Habrá que venderlo antes de que bajen los precios. Nosotros necesitamos más el dinero: que si Javier tiene que estudiar, que si Pedro quiere casarse. Tú tuviste a tu hija muy tarde, ¿cuándo va a crecer? Sería lo lógico que cedieras el piso a tu hermano y… Antonina no terminó la frase.

¡Lucita! ¡Lucía, hija! se oyó llamar desde la habitación.

Vete, Toni. Se ha despertado mamá dijo Lucía mientras empujaba a su cuñada hacia la puerta.

La cabeza le zumbaba, llevaba tres noches sin dormir, su madre se encontraba fatal. Pero aún así pensó: ¿Y si ha oído la conversación? Qué vergüenza…

Entró en la habitación. Había que abrir la ventana, el olor pesaba, casi ahogaba, pero siempre tenía frío su madre. La envolvía en el mantón. Al oír sus pasos, se volvió y se incorporó en la cama. Se retocó un poco el pelo. Lucía miró sus manosásperas, grandes como palas, pero la muñeca fina, llena de venitas azules. Pasaban los dedos por la sábana. Sus ojos quedaban fijos en un punto, incapaces de ver. A veces decían que podía recuperar un poco la vista en uno de los ojos, pero Lucía ya no lo creía. Hizo lo de siempre: cambiar las sábanas, ayudarla a asearse, darle de comer. Cuando la madre se acurrucó y se durmió, Lucía salió corriendo al centro de salud. Necesitaba consejo, desahogarse. La cabeza era plomo: solo quería huir.

Se desahogó mucho rato. Nada mejoraba, todo era muy duro. El médico, un hombre mayor con perilla, rellenaba papeles sin parar, la sala de espera llena hasta los topes. Levantó la vista hacia Lucía, cansado.

Trabajo no me falta, ya ve. de pronto Lucía dejó de balbucear. Si pudiera recetarle el mismo remedio a todo el mundo, se acabarían los problemas y las colas.

¿Y cuál es ese remedio? ¿Dónde se consigue? preguntó Lucía esperanzada.

La juventud. ¿Por qué esa tristeza? Es así, es ley de vida. Usted está cansada, se queja, lo entiendo. ¿Y su madre? ¿Se quejaba cuando usted era pequeña? ¿Recuerda si enfermaba de niña? ¿Quién le cuidaba, quién se levantaba por las noches? preguntó el médico, quitándose las gafas.

Lucía suspiró. La memoria le devolvió un puñado de estampas: ocho años, con fiebre; su madre la cogía en brazos, aunque pesaba, y le traía té con limón, conseguía arándanos de quién sabe dónde a medianoche Y al amanecer, apenas bajaba la fiebre, Lucía dormía y su madre se iba a trabajar, siempre en dos o tres sitios a la vez, para que a ella nunca le faltara nada.

Un diciembre, al pasar por una tienda, habían visto un vestido plateado en el escaparate: su madre lo miró con asombro, pero después se volvió, la acarició en la mejilla y siguieron adelante, a comprarle un abrigo, unos zapatos. Para sí no se llevó nada. Recordaba también un pastel blanco y rosa, tan pequeño, que en los tiempos de escasez era un lujo de cuento. Ella lo comió casi entero, la madre apenas probó un poco de crema. Lucía la miró avergonzada y su madre la abrazó: No pasa nada, hija, ya vendrán otros pasteles.

Los hijos crecen y olvidan cuánto pusieron en ellos sus padres dijo el médico. ¿Acaso usted no fue débil, pequeña? Cuando su madre necesitó ayuda, ¿no está en la misma situación? Ellos nos cuidaron y ahora toca devolver ese amor. Usted sueña con tener tiempo libre de nuevo, con dormir. ¿Pero de verdad será feliz así? preguntó el médico con un tono serio.

No no, yo Haré lo que recomiende, doctor. Perdón, volveré otro día salió Lucía apresurada.

Las mejillas le ardían. ¿Cómo podía pensar en una vida sin su madre? No podría. Ellamayor ya, con su hija creciendopero solo tenía una madre. Eso lo era todo. Cuando de niña lloraba, se acurrucaba en sus rodillas; si algo iba mal, resistía con la idea de volver a casa, donde su madre la consolaría, la guiaría. Sonó el teléfono. Era Jacinto, su hermano.

¿Qué quieres? ¿Toni ya te lo ha contado? ¿Que queréis el piso? Quedaos con todo. A mamá la quieres sólo para lo que interesa, siempre preocupándose por ti, preguntando cómo está Jacintín. ¿Y tú? Cuando pasaste tres meses enfermo, ¿quién te cuidó? ¿Por qué callas? ¡Mamá! Ella nos sacó adelante sola a los dos le colgó de golpe.

Andaba por charcos sin darse cuenta, lágrimas en la cara. Llegó a una tienda, entró; en el escaparate, un vestido igual al de su infancia. Corrió a por él.

Solo nos queda esa talla, no le va a entrar susurró la dependienta.

Lo sé, envuélvamelo. No es para mí. Es para mi madre. Que siempre fue delgadita. A mí no me entra, ya lo veo dijo Lucía, sonándose la nariz.

La dependienta la miraba boquiabierta. Aquel vestido era tan bonito Compró de paso un pastel, igual al del pasado: rosa y blanco. Su madre ya no lo vería, y ¿qué? Se lo describiría, le hablaría de lo bonito que era.

Subió las escaleras de tres en tres. Abrió la puerta. Oía a su hija cantar. Entró en la habitación: la pequeña Teresa estaba allí, acariciando el pelo de la abuela y entonando una nana. La madre sonreía.

Llegó Lucía. Ve a descansar, hija, te agoto, tesoro. Ya no sé cómo agradecerte tanto, dijo su madre, alargando la mano, girando la cabeza, intentando saber dónde estaba Lucía.

Tenía un nudo en la garganta. Le costaba respirar. Todos tenemos que pasar pruebas, pero no todos las superan con dignidad, y ella, Lucía, había estado a punto de acobardarse.

¡Mamá! se abrazó a sus manos. Mientras estén vivos los padres, seguimos siendo hijos. Cuando faltan, somos huérfanos, sin importar la edad: 10, 20, 40, 60 años Todos necesitamos a una madre.

Mamá, te he comprado el vestido de la tienda, el plateado. Y un pastel. Ahora te vistes y merendamos juntas. Ya verás qué guapa vas a estar decía Lucía, peinándola.

La madre tocaba el vestido, sonreía tímida. Lucía la vistió, le arregló el pelo. Teresa trajo perfume y pintalabios, puso la tetera. Compartieron recuerdos, bebieron té. Y Lucía no podía dejar de pensar en lo guapa que se veía su madre, tan serena, tan bondadosa. Ya casi no quedan rostros así, se van con esa generación. Por muy mal que esté, ni se queja ni se lamenta. Tocaron la puerta. Era Jacinto, el hermano, con flores y una piña.

¿Y esa piña, Jacinto? preguntó Lucía, divertida.

Una vez mamá quiso probarla y no teníamos dinero. Traeré piñas cada día si hace falta. Perdona, Lucía. No hagas caso a Toni, que es una bruja, déjala. Que viva mamá muchos años, no quiero el piso ni nada. Cuando esté mejor, que vuelva contigo, y seguiremos viniendo a comer empanadas, como siempre contestó Jacinto.

Entró en la habitación, maravillado por el vestido de su madre. Ella reía, algo avergonzada, como si no estuviera enferma.

Desde entonces todo cambió para Lucía. Imaginó con dolor qué sería de su mundo sin su madre y celebró cada día con ella. Luchó con todas sus fuerzas por su vida.

Siempre temí llegar y no encontrarla. Se volvió como una niña; yo la bañaba, le hacía trenzas y le susurraba: ¡Sólo vive, mamá! Da igual cómo, pero a mi ladodecía a los suyos.

Lucía expulsó la tristeza; sonreía más, le contaba anécdotas a su madre, le prometía que pronto caminaría de nuevo y llenaba cada jornada de detalles especiales. Con Teresa inflaban globos, colgaban guirnaldas, cantaban karaoke¡a su madre le encantaba cantar y tenía una voz preciosa!

¿Llevas algo amarillo? preguntó un día su madre.

Lucía soltó el trapo: sí, llevaba un vestido amarillo de flores diminutas.

¿Ves algo? ¡Dios mío, qué alegría! Mamá se lanzó a abrazarla.

Poco a poco, su madre empezó a caminar, primero pegada a la pared. No hubo mayor felicidad. Claro, ni se le ocurrió mandarla al piso. Mejor juntas. Mejor cerca. Por si acaso.

Seremos tres chicas en casa: tú, yo y Teresa. ¡Tenemos mucho que aprender! Me querías enseñar a hacer pan y las formas aún están guardadas. Siempre se me queman las empanadas. Jacinto prometió venir decía Lucía, besando a su madre.

El hermano vino. Él, tan alto y fuerte, como un oso. Su madre le llamaba mi osito. La sacó en brazos al jardín y la sentó en el banco, él a su lado. Lucía admiraba lo bonita que estaba, tan arreglada, en su abrigo nuevo y su gorro, como una muñeca.

Por primera vez sintió paz. Un paso, luego otro. Todo mejora si hay amor y lucha. Sólo que viva su madre, sólo su voz cada día En las madres está el agua, el sol y la luz sin la cual nada crece.

¿Y qué pedir entonces? Que los corazones de las madres no dejen nunca de latir. Más cuidados, más sorpresas; un ramo de flores en un día gris, ese vestido que tal vez no se ponga nunca, pero que toda mujer agradece, a cualquier edad. Un frasco de perfume y, sobre todo, las palabras que hay que decir en vida:

Te quiero, mamá. Quédate siempre, mamá. Eres lo mejor que tengo en la vida.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

four × 2 =

Ay, yo no podría hacerlo jamás. ¡Convertirse en un vegetal así, es inaguantable! ¡Te vuelves loca co…
Era un millonario solitario y ella, su empleada invisible: una noche la sorprendió celebrando sola su cumpleaños y una sencilla pregunta lo cambió todo.