Hace cinco años, mi vecina doña Renata enterró a su esposo, un veterano de guerra, y se quedó comple…

Hace ya cinco años que mi vecina enterró a su marido, un veterano de guerra, y se quedó sola.
Te cuento, fue hace cinco años. Mi vecina, doña Jacinta, acababa de perder a su marido, don Ramón, que había sido un combatiente en su juventud. Ambos nunca tuvieron hijos, así que cuando Ramón se fue, Jacinta se quedó completamente sola. No paraba de pensar en su querido Ramón.
Ellos se casaron justo antes de la Guerra Civil, y luego él marchó al frente mientras Jacinta le esperaba con una paciencia impresionante. Ramón volvió, sí, pero había perdido la mano izquierda en combate. Le quería con locura y siempre decía que haría lo que hiciera falta por protegerla de cualquier mal. Pero la muerte llegó antes de lo que esperaban, y doña Jacinta se encontró sola en el piso.
El primer aniversario de la muerte de don Ramón, apareció por casa un gato negro enorme. Fue en mitad de la noche, con una tormenta que caía que asustaba, el viento zarandeando los postigos. Y aún así, doña Jacinta oyó cómo maullaba un gato junto a la puerta. Salió, y allí estaba: negro como el azabache, tiritando. Le dio tanta pena que le hizo pasar y le puso un plato de leche.
Pero el gato, nada, que no probó la leche. Caminó por toda la casa como si estuviera inspeccionándola, y luego se subió al colchón de doña Jacinta, se acurrucó cerca de su almohada y se quedó dormido del tirón, ronroneando.
Doña Jacinta no fue capaz de echarle. Y claro, esa noche se durmieron juntos. A la mañana siguiente miró bien al gato: estaba limpio, bien alimentado, vamos, que no parecía para nada un gato callejero. Y tenía algo en la mirada, unos ojazos verdes grandísimos y una seguridad que imponía. Pero lo que más le llamó la atención a Jacinta fue que le faltaban unos deditos en la pata delantera izquierda, como mordidos o arrancados.
¡Igual que mi Ramón! empezó a llorar, pensando en la mano que perdió su marido.
Mientras tanto, el gato se subió suavemente a sus rodillas y empezó a ronronear más fuerte. Jacinta pensó en ponerle nombre. Dijo en voz baja, acariciándole: Venga, ¿te parece si te llamo Pancho? Pero el gato la miró tan intensamente que se le heló la sangre.
SUS OJOS ERAN HUMANOS. NO COMO OJOS HUMANOS, ¡ERA COMO SI REALMENTE LO FUERAN!
Vale, vale Veo que no te gusta Pancho. ¿Y si te llamo Gregorio? ¡Es bonito! Pero el gato bufó, saltó de sus piernas y empezó a clavarle las uñas al sofá, como diciéndole que ni hablar.
Al final, Jacinta se rindió y dijo: Bueno, pues no te llamo de ninguna manera. Eres simplemente El Gato. Pero deja el sofá, por favor. El gato, refunfuñando, se fue dignamente a la habitación.
Así empezaron a vivir juntos: doña Jacinta y El Gato. Yo, que siempre iba a verla, me quedaba con la boca abierta con las historias que me contaba sobre ese gato.
Primero, que El Gato la curaba. Después de morir su marido, doña Jacinta sufrió una angina de pecho y su corazón le daba la lata a menudo. Pero cuando se acostaba, El Gato se le acomodaba en el pecho, ronroneaba y a los minutos, el dolor desaparecía como si nunca hubiera estado.
Un día pasó algo rarísimo. Jacinta estaba tumbada en la cama, el gato dormía a su lado. Llamaron a la puerta. Ella fue a abrir, y el gato la siguió. Era Julián, el borracho del barrio, que empezó a pedirle euros para vino y a soltarle groserías. Intentó negarse, pero Julián se fue enfadando y acabó faltando al respeto a la memoria de don Ramón.
En ese momento, El Gato gruñó y se abalanzó sobre él. Julián intentó apartarlo, pero el gato volvió a la carga, arañándole y casi saltándole al cuello. Julián, al final, se fue maldiciendo. El Gato miró a Jacinta con sus ojos humanos, levantó la cola y se fue, como quien dice: misión cumplida.
Un día, Jacinta tenía que ir al Ayuntamiento a pedir leña para el invierno y me pidió que la acompañara. Teníamos que coger el autobús hasta Segovia. Acepté. Al día siguiente pasé temprano por su casa, y me la encontré sentada en la cama, vestida aún en bata, con cara de no haber pegado ojo.
¿Qué te pasa, Jacinta? Vente, que igual pillamos sitio en la furgoneta, le dije.
Mi niña, no me voy a ir. Lo siento. ¿Pero por qué? Es que No sé cómo decírtelo, no te rías El Gato me ha prohibido salir hoy.
Me reí, la verdad. Pero ella insistió. Mira, anoche estaba todo listo y me fui a dormir. Y soñé que El Gato me hablaba, como tú ahora. Me miraba y me decía:
café
abrigo
pantalón
No salgas mañana, Jacinta. Quédate en casa.
Y lo fuerte es que me llamó Jacinta, igual que solo mi Ramón me llamaba. Y la voz ¡Era exactamente la suya! Después, el gato me cantó una copla, la preferida de Ramón:
Por las sierras de Castilla,
donde el oro se buscaba
¿Recuerdas, mi pequeña Jacinta, cómo te la cantaba rumbo a la batalla?
Saqué fuerzas y pregunté: ¿Ramón, eres tú?
Y me respondió:
Claro, mujer. Sé que lo estás pasando mal tú sola así que he vuelto. Dile a Paloma, que no vaya a la operación. No lo contaría…
Y entonces me desperté.
Yo me quedé a cuadros, buscando el aire. Al final, le dije que lo mismo estaba mala y que debíamos llamar al médico, que igual le había subido la tensión.
Pero ella no, que se encontraba de maravilla, incluso mejor que nunca, porque había hablado con su Ramón en sueños.
Le tomé la tensión y, sorprendentemente, estaba perfecta.
Desde entonces, Jacinta empezó a llamar al gato Ramón, y al decir ese nombre, el gato venía corriendo.
Y oye, todo lo que soñó Jacinta (¡o el gato!) se cumplió: el autobús que debíamos coger a Segovia resbaló por culpa del hielo, hubo un accidente tremendo. No murió nadie, pero quedaron muchos heridos. ¿Casualidad? Quizá. Días después, trajeron la leña a casa de Jacinta.
Después, me pidió que avisara a Paloma, la sobrina de Ramón, para que no se operase. Paloma no hizo caso y no logró sobrevivir a la operación.
¿Otra casualidad? Ya no lo sé.
Y así siguieron viviendo juntos Jacinta y su gato Ramón. Él seguía cuidándola, y no le faltó al lado hasta el final de sus días.
Jacinta vivió hasta los 94 años y falleció el año pasado, tranquila, sin dolor y dormida en la cama de toda la vida. Lo último que hizo fue preocuparse por su Ramón, y me hizo prometerle que cuidaría del gato si ella faltaba.
Recuerdo el lamento del gato cuando se marchó Jacinta. Ya era mayor, el pelo negro se le había vuelto casi blanco de canoso.
Los tres días que el cuerpo de Jacinta estuvo en casa, el gato no se apartó del ataúd ni un momento. Te juro que vi lágrimas en sus ojos. Intentábamos apartarlo y, por mucho que lo echases, siempre volvía a sentarse al lado del féretro, llorando.
Ramón acompañó a Jacinta hasta el cementerio. Cuando la enterraron, se quedó allí, sobre la tumba. Intenté llevármelo a casa varias veces, pero se escapaba y volvía al cementerio.
Ese invierno fue duro, pero el gato aguantó. Murió con la primavera. Un día fui a visitar la tumba y allí lo encontré: enrollado junto a la cruz de Jacinta, como cuidando su descanso.
No sé si Ramón el gato era un felino cualquiera, o si realmente el espíritu de don Ramón se había colado en su cuerpo. Hoy en día se habla mucho de reencarnaciones, de que uno puede volver en forma de gato o lo que sea.
No sabría decirte, pero me gusta pensar que el alma de don Ramón regresó en su gato para cumplir su promesa de cuidar siempre a su Jacinta. Y así se quedaron juntos hasta el final, como él prometió…

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Hace cinco años, mi vecina doña Renata enterró a su esposo, un veterano de guerra, y se quedó comple…
Todo ha terminado entre nosotros, N astia. Yo deseo una verdadera familia, hijos. Tú no puedes darme eso. He esperado y tenido paciencia durante mucho tiempo.