—¿Y ahora, cómo sigo sin ti? ¿Qué hago? ¿Para qué seguir viviendo?— Las lágrimas rodaban por sus mej…

¿Y ahora cómo sigo sin ti? ¿Qué hago yo? ¿Para qué quiero seguir viviendo? Las lágrimas me recorrían las mejillas, sentía el alma vacía, una negrura donde antes había corazón.

Desde el instituto, estuve enamorado de Lucía. Pequeña, delicada, una cascada de pecas anaranjadas sobre la nariz. Así la vi aquel primer día, siendo yo de sexto, y supe que me había atrapado sin remedio.

Lucía era tres años menor, la mejor estudiante de su clase, siempre modesta y muy tímida.

Cada año sentía más y más ese cariño por ella. Mis ojos la buscaban en los recreos, cuando saltaba a la comba en el patio con sus amigas, ligera como una mariposa de colores. Y soñaba, ya entonces, que un día acabaríamos casados.

El mismo día que volví de la mili, fui a su casa con un ramo de flores para pedirle la mano.

El padre de Lucía era un hombre estricto, de pocas palabras. Me llevó a hablar a solas y, después de una charla larga, me sonrió y me dio la mano de su hija.

La boda fue una fiesta como las de antes, llena de familia, hasta los más lejanos vinieron. Tres días de alegría. Los ojos de Lucía brillaban de felicidad y yo, Carlos, no podía estar más orgulloso; sentía que tenía a la mejor mujer de todo el pueblo.

En dos años, con ayuda de los padres, pude levantar nuestra propia casa. Lucía irradiaba felicidad; apenas tres meses antes de que naciera nuestra primera hija, nos mudamos a nuestro hogar. Juegos y vida familiar llenaban el aire.

Tuvimos una niña a la que llamamos Inés, en honor a la abuela de Lucía. Nació fuerte y sana, pero el parto fue duro para mi mujer.

Durante un año tras el nacimiento, Lucía permanecía pálida, fatigada. La llevé de médicos y todos decían lo mismo: necesitaba tiempo para recuperarse.

Cuando nuestra hija tenía año y medio, supimos que Lucía estaba de nuevo embarazada. Los médicos le recomendaron que no siguiera adelante, que su cuerpo aún no estaba listo y que podía ser un riesgo para ella y la criatura.

Yo intenté convencerla, como los médicos, pero fue firme.

¡No voy a deshacerme de mi hija! decía Lucía. No es culpa suya querer venir al mundo. Pase lo que pase, es voluntad de Dios.

El último mes fue especialmente duro y Lucía tuvo que quedarse en el hospital. En casa, nuestra pequeña Inés la echaba de menos y yo no encontraba la paz.

Presentía la desgracia, y no me equivocaba. Lucía no aguantó el parto; su corazón se detuvo. Pero llegaron a nacer dos preciosas gemelas.

La desesperación era un pozo sin fondo. En el cementerio, miraba ese montículo de tierra con la mirada perdida, vacío por dentro.

Las imágenes de los días felices con Lucía, su sonrisa, su risa clara… Todo pasaba ante mis ojos. Caí de rodillas y lloré con el alma, como un animal herido.

¿Cómo voy a estar ahora sin ti? ¿Qué hago yo? ¿Para qué todo esto? Las lágrimas chorreaban y la tristeza me atravesaba.

Después del entierro, me entregué al dolor y a la bebida. Para no recordarla, para no oír en mi cabeza su voz y su risa alegre.

Los padres de Lucía se llevaron a las niñas a su casa. Pensaban que yo ya no podría ser un buen padre para ellas, que el dolor me había vencido.

A los cuarenta días, completamente borracho, me quedé dormido en el zaguán de casa. Tuve un sueño. Lucía entraba, vestida de blanco, el pelo suelto y anaranjado brillando con la luz del amanecer.

Se acercó, me acarició la cabeza y me habló dulcemente, como solía hacer:

Carlos, cariño… ¿Pero qué haces? ¿No te da vergüenza? Entrecerrando sus ojos verdes, agitando el dedo en broma.

Tus hijas apenas te ven, te echan de menos. Las necesitas tú tanto como ellas a ti. Si alguna vez me amaste, no las abandones, quiérelas como me quisiste a mí.

Desperté de golpe, y era como si la cabeza no me pesara. Por la ventana entraba el sol, calentando mi mejilla.

En cuanto amaneció, fui a casa de los padres de Lucía, limpio, afeitado, con la ropa planchada y decidido. Besé la mano de mi suegra, abracé fuerte a mi suegro, tomé a las niñas y las llevé a casa.

Así empezamos una nueva vida los cuatro. Intenté ser padre y madre. Aprendí a cocinar, a lavar, a zurcir.

Hasta a peinar trenzas, mejor que muchas madres. En el colegio siempre elogiaban a mis hijas; eran estudiosas, educadas, buenas niñas.

Si alguien las molestaba, yo salía disparado a defenderlas como un halcón.

Las vecinas me preguntaban a menudo:

¿Por qué no te casas otra vez, Carlos? Si eres joven, apuesto, y salud no te falta. Ya ves cuántas te miran…

Yo siempre respondía, medio en broma:

Hace tiempo que ya estoy casado.

¡Si tengo tres prometidas en casa! ¿Y voy a traerles una más? ¡Con cuatro ya sería demasiado!

Con bromas y desvelos, con trabajo y fatiga, crié a mis tres bellezas.

Cuando ya estaban en los cursos superiores, una vecina insistía mucho en visitarme. Que si traía setas secas, que si aceitunas o bacalao en sal, de cualquier manera intentaba acercarse.

Pero vi que era inútil; tampoco quería herir a nadie. Así que la invité una vez a casa y le pregunté:

¿A cuál de mis hijas quieres más?

Y me contestó:

A tus hijas, nada. Se irán al acabar los estudios. ¿Vas a estar tú siempre solo? ¡Si a quien quiero es a ti!

Entonces la miré y le dije:

Toma mi foto le di un retrato. Quiereme todo lo que quieras pero en casa.

Se marchó, y con ella el asunto.

Mis hijas crecieron, entraron en la universidad, pero nunca se olvidaban de su padre. Los fines de semana siempre venían juntas, me ayudaban con todo.

Después, cuando les llegó el momento, casé a mis hijas como mi suegro me había hablado en su día a mí: serios, queriendo siempre su felicidad.

Ya eran adultas y tenían sus familias, hijos y líos, pero ninguna dejó nunca de venir a verme.

Cuando tocaba fiesta o domingo, venían con toda la familia al pueblo. Me querían mis hijas, mis nietos, incluso mi primer bisnieto.

El día de mi ochenta y un cumpleaños, tuve un sueño.

Yo, joven, fuerte, con el pelo negro y ancho de hombros, y Lucía venía corriendo hacia mí, descalza, con el vestido blanco y el sol resplandeciendo en su pelo.

Abrí los brazos de par en par, el corazón a punto de salírseme de tanta alegría. Nos abrazamos, Lucía alzó los ojos relucientes y me dijo en voz baja:

Carlos, qué bien lo has hecho. Has dado felicidad a nuestras hijas. Te veía cada día, rezaba por ti. Me tomó la mano con ternura. Ven, que ahora estaremos juntos para siempre.

Nos fuimos de la mano, sobre la hierba fresca y verde.

Toda la familia vino a despedirme. Mis hijas lloraron; fue duro decir adiós, pero todas sabían que, por fin, estaba con el amor de mi vida.

Esta es la historia real de un buen hombre. Un padre con mayúsculas. La contaba mi abuela en el pueblo. Así es la vida: hay quien, en vez de pensar en sí mismo, elige el camino del sacrificio y la entrega por sus hijas. ¡Que la tierra le sea leve!

¿Y sabéis qué aprendí yo? Que el amor verdadero vive en los gestos, en la entrega diaria y silenciosa. La vida es una sola, y cuando das todo por los que amas, ese amor nunca muere.

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