Sí, los perros son leales, ¡muchísimo! Pero su lealtad pertenece a quien les ama de verdad, y jamás …

Así es, los perros son increíblemente leales. Pero esa lealtad es solo para quienes les aman; a los traidores no los perdonan jamás

Lola corría desesperada tras el coche, sin querer quedarse sola en aquel sitio desconocido. No quería sentirse abandonada o relegada al olvido.

Corría tras aquel a quien amaba, en quien hasta el último instante había confiado. Jamás podría traicionarlo, porque no sabía cómo hacerlo

Marta, te presento a Lola dijo Rodrigo con una amplia sonrisa, presentando a su perra a una chica joven, de no más de veinte años, que aguardaba en la puerta luciendo unos zapatos de tacón brillante de diez centímetros, lo que la hacía mucho más alta que él. Es buena y muy obediente. Seguro que os lleváis bien. Bueno, no lo creo: estoy seguro.

Lola revoloteaba alegremente alrededor de las piernas de su dueño, aunque miraba a Marta con cierto recelo.

Es natural que los perros desconfíen de los desconocidos. Pero aquí pasaba algo distinto.
Lola percibía, con una claridad rotunda, que aquella chica olía a algo desagradable y repulsivo.

No era exactamente el perfume empalagoso y dulzón que usaba Marta, puro atentado químico según el criterio canino. Los perros son expertos en captar lo que hay detrás de las apariencias. Tienen el don de identificar a las malas personas.

El olfato especial de Lola, perfeccionado al máximo, rara vez fallaba. Cuando se cruzaba por la calle con individuos dudosos, instintivamente intentaba mantener las distancias, tirando por el dueño aunque fuese en contra de su voluntad. Porque quería y cuidaba a Rodrigo como mejor sabía y podía.

¿Pero qué hacer en un piso de dos habitaciones? Rodrigo era cada vez más atento y cariñoso con Marta.

La abrazaba, la besaba

Marta, al percibir la mirada recelosa de Lola, cogió la mano de Rodrigo y le llevó a la cocina. Cerró la puerta y le susurró:

¿Por qué no me dijiste que tenías perro?

No hubo ocasión respondió Rodrigo, también en voz baja. ¿Tienes algún problema con eso?

¡Claro que sí! No me gustan los perros y no quiero vivir con ¿cómo dijiste que se llama?

Lola

Eso, Lola.

¿Y qué hago? ¿La echo a la calle? Llevamos juntos cuatro o cinco años Ya ni me acuerdo. Muchísimo tiempo, vamos.

Marta le lanzó una mirada que no admitía discusión:

Mientras ese perro siga aquí, yo no me mudo contigo. Y olvídate de boda o de planes en común.

No puedo soportar a los perros, ¿entiendes? Así que ya eliges: o yo, o ella.

La lluvia caía como nunca, chocando con furia contra el parabrisas, mientras Rodrigo conducía rápidamente por las calles de Madrid en plena noche. Su rostro era más oscuro que el cielo. Dentro, sentía como si le hubieran vaciado un cubo de basura en el alma: algo horrible y sucio había tenido que hacer, algo que aborrecía.

Sin embargo, amaba a Marta, tenía incluso pensado casarse con ella. O quizá era solo costumbre lo que sentía, pero eso, en ese momento, no importaba.

Lo fundamental era que el padre de Marta, hombre con mucha influencia en el Ayuntamiento, le había prometido solucionar todos sus problemas empresariales. Rodrigo arrastraba su pequeña constructora y la única posibilidad de reflotarla dependía de esa ayuda. Decía que iba a ayudar, así que seguro que cumplía.

Era una oportunidad para salir adelante, levantar cabeza y, por fin, sentirse alguien en la vida. Sería absurdo rechazar semejante jugada.

Al salir de la ciudad, pisó más a fondo el acelerador. La lluvia y el viento arreciaban, golpeando la carrocería y recordándole, como si fueran señales, ¡piénsalo bien!

Lola estaba tumbada en el asiento trasero, mirando las lágrimas de agua que se deslizaban por el cristal. Sabía, de un modo doloroso, que la llegada de la desconocida había cambiado a su dueño, volviéndolo frío como una noche otoñal. Ya no le hablaba ni la acariciaba. Se estaba quedando sola.

Rodrigo aparcó en el arcén, encendió un cigarrillo y su humo llenó el coche.

Con la capucha calada, salió. Lola aguardaba, inquieta.

Entonces se abrió la puerta de atrás: Rodrigo la agarró del collar y la hizo bajar. Lola gimió.

Se oyeron dos portazos, roncos y secos. Primero las puertas traseras, después las delanteras. El coche arrancó bruscamente, se giró y se marchó hacia la capital, mientras la lluvia seguía azotando.

Lola quedó quieta en medio de la carretera, sin entender nada todavía. La lluvia caía a plomo sobre su pelaje, empapándola entera.

De pronto reaccionó y echó a correr tras el coche, incapaz de aceptar la soledad ni el abandono de aquel lugar. Corría tras quien le había dado todo, en quien confiaba hasta el final, a quien nunca podría traicionar.

Pero ni aunque hubiese sido un galgo sería capaz de seguir el ritmo a esos ciento veinte kilómetros por hora. Su lomo, cubierto de agua, le pesaba aún más.

Las luces rojas desaparecieron en la distancia, pero Lola no paraba de correr.

A veces, cuando no eres capaz de parar tú mismo, interviene el destino. No porque sea cruel; simplemente, no tiene sentido perseguir el pasado.

Sonó un frenazo brutal y un golpe seco. El conductor de un coche cercano se bajó rápidamente, llevándose las manos a la cabeza.

En el asfalto mojado yacía la perra. Con toda la cautela, el hombre Antonio se acercó y, al mirarla a los ojos, vio esperanza, aunque cada vez menos, mezclada con tristeza y resignación.

Menos mal que está viva pensó Antonio.

Abrió el coche, puso su chaqueta sobre el asiento, tomó a la perra en brazos y la acomodó con sumo cuidado.

Era tarde, así que solo le quedaba llevarla a la única clínica veterinaria abierta las veinticuatro horas en Alcalá de Henares, donde vivía. De camino, veía de reojo cómo Lola seguía moviendo las patas traseras, como si aún tratara de escapar o perseguir.

El veterinario la atendió sin cobrar el primer reconocimiento. Antonio, nervioso, intentó explicarse como pudo.

Para el doctor quedó claro: esa perra la habían abandonado. No era ni el primer caso ni, por desgracia, el último.

Por fortuna, no sufrió grandes lesiones. Solo algunos golpes. El médico prescribió una pomada especial y recomendó aplicar frío para la inflamación durante un par de días.

Antonio llevó a Lola a su piso. Dejó la chaqueta en el suelo y la cubrió, disculpándose con ternura:

Esto es solo temporal.

Al décimo día, la perra empezó a mejorar. Caminaba, aunque cojeaba ligeramente, pero eso remitió con el tiempo.

¿Te han dejado tirada, verdad? le susurró Antonio, sentado a su lado en la cama.

Nunca antes había tenido perro, ni amigos que los tuvieran. De hecho, realmente ya no tenía amigos. Antes sí, pero las decepciones una traición sentimental, una ruina empresarial, un turbio asuntillo judicial le habían hecho cortar con todo y mudarse a la Comunidad de Madrid para empezar desde cero.

Así que todo lo relacionado con Lola debía consultarlo el veterinario, quien le dio su tarjeta y le animó a llamarle cuando hiciera falta.

Con los consejos del médico, Antonio pudo bañar tranquilamente a la perra y retirar toda la suciedad. Se temía una batalla, pero Lola se dejó hacer sin el menor gesto de enfado.

Cuando tuvo dudas sobre la alimentación, también le consultó. Y la llevó dos veces a revisión para cerciorarse de que no arrastraba un trauma.

Le preocupaba mucho el estado anímico de Lola: comía apenas, pasaba los días tumbada y parecía no hacerle ni caso.

Es normal le tranquilizó el veterinario. Sáquela a pasear y no le pida nada. Con el tiempo, se acostumbrará e incluso puede que os hagáis muy buenos amigos.

Así fue. Las heridas, incluso las del alma, sanaron. Mes y medio después de aquel fatídico encuentro nocturno, Antonio y Lola ya formaban un tándem entrañable.

Tal vez su vínculo no era todavía irrompible, pero la perra le tenía confianza y parecía recuperarse. Eso sí, ya no se llamaba Lola, sino Berta.

Nuevo nombre, nueva vida. El animal no tardó en adaptarse; la fonética era parecida, o quizá el otro nombre le traía malos recuerdos.

Diariamente salían, sin importar la lluvia ni el frío, y ambos se sentían bien en compañía.

Solo durante las tormentas los ojos de Berta parecían llenarse de nostalgia y humedad, pero no por la lluvia, sino por lo vivido. Olvidar es difícil; un perro no es una persona, pero no son ajenos a nuestras emociones. Quien lo niegue, es que nunca vivió con uno.

Un mediodía, en El Retiro, mientras Antonio compraba un café para combatir el frío de noviembre, Berta se lanzó tras una gata traviesa y escapó.

Al darse vuelta y no verla, Antonio dejó el café y echó a correr, un poco a ciegas, pero guiado por el instinto.

Berta perseguía a la gata, que había subido a un árbol y le ladraba con fuerza. Un todoterreno negro aparcó cerca y del vehículo bajó Rodrigo.

Caminó hacia la tienda donde iba, pero de pronto sus ojos se clavaron en la perra.

¡Lola!

Ella no reaccionó al principio, pero al oír otra vez el nombre familiar y captar el tono reconocible, miró a Rodrigo fijamente.

¡Lola, ven aquí! Rodrigo se agachó, sonriendo, y la llamó.

Berta dudaba. Tal vez quería correr hacia él, tal vez algo la frenaba. ¿En qué pensaba? Nadie lo sabe pero pensaba, eso seguro.

¿La había traicionado al dejarla sola? ¿O era posible que todo hubiese sido un error y que Rodrigo la hubiese buscado todo el tiempo?

Su rabo empezó a vibrar, no se sabía si de alegría o por la tensión.

Al ver la indecisión, Rodrigo saltó la verja y se acercó:

¡Lola! ¡Lola bonita! ¡Qué alegría verte! Ven, anda

La abrazó y acarició, y ella tampoco se resistió, aunque tampoco se mostró feliz: no saltaba, ni meneaba el rabo.

Algo la había cambiado; una barrera invisible se interponía ahora entre los dos.

Antonio, que llegaba corriendo, vio a un hombre que tiraba de Berta hacia el coche.

¿Qué hace? ¡Es mi perra! exclamó, agarrando a Rodrigo por el hombro y girándolo.

¿Qué hace? ¡Que es mía! repitió sin amedrentarse. ¡Liza, ven aquí!

Intentó ir con Antonio, pero Rodrigo la sujetaba.

¿Liza? Es Lola, y es mía. La crié de cachorro, y luego

¿Y luego qué? preguntó Antonio, intuyendo de qué iba la cosa.

No es asunto tuyo, es mi perra y me la llevo, ¿entendido?

Pues no, no lo entiendo. La perra es mía y se queda conmigo. No insista, que me conoce usted muy poco.

¿Cómo?

Los ojos de Rodrigo enrojecieron de ira; levantó la mano como para golpearle, pero Berta, que hasta el momento había permanecido impasible, le gruñó ferozmente y, escapando, se encaró con el antiguo dueño, enseñando los dientes.

Rodrigo se quedó paralizado.

No por miedo, sino porque nunca la había visto actuar así. Nunca antes le había encarado, ni le había enseñado los dientes, ni se había mostrado dispuesta a defenderse.

Bajó la mano y dio dos pasos atrás.

No, Berta, tranquila. Vámonos susurró Antonio.

Ella se acercó a él, se frotó contra su pierna y agachó la cabeza para que le pusiera la correa.

Se marcharon por el paseo lleno de hojas de otoño, sin volver la vista. Rodrigo los miraba alejarse, apretando los puños de impotencia.

Al final, lo suyo con Marta acabó mal. No hubo boda ni ayuda con el negocio del suegro: tuvo que vender la empresa y saldar deudas. No era capaz de perdonarse por aquella noche, aunque ya tampoco podía rehacer nada.

Así son los perros: fieles hasta el final, pero solo con quien les corresponde. A los traidores, ni perdón ni olvido

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