¡Sí, los perros son muy leales! Pero solo lo son con quienes les aman; a los traidores, jamás los pe…

Claro, los perros son leales ¡pero son leales a quien les quiere y a los traidores no les perdonan!

Luzía corría tras el coche, sin querer quedarse sola en aquel sitio desconocido. No quería ser abandonada ni olvidada.

Corría tras quien había amado, en quien había confiado hasta el final. Por esa persona por la que nunca podría traicionar. Porque traicionar no era lo suyo

Clara, te presento a Luzía Vicente sonrió ampliamente a la joven de unos veinte años que esperaba en la puerta, calzando unos tacones relucientes de diez centímetros, que la hacían un palmo más alta que él.

Es muy buena y obediente, estoy seguro de que os llevaréis de maravilla. Bueno, más que seguro, convencido.

Luzía giraba feliz alrededor de las piernas del dueño, aunque miraba a Clara con desconfianza.

Es natural que los perros sean recelosos con los desconocidos. Pero aquí había algo más. Luzía percibía claramente que aquella chica desprendía un olor desagradable y repulsivo.

Eso no tenía que ver con el perfume empalagoso que llevaba, que seguro infringía alguna convención internacional. Los perros tienen esa habilidad mágica de detectar a la gente de mal corazón.

Luzía no solo tenía esa habilidad, la tenía desarrollada al máximo. Sus instintos nunca fallaban.

Cuando se cruzaba a gente así por la calle, Luzía intentaba mantener la máxima distancia y alejar también a Vicente, aunque tuviera que tirar fuerte de la correa. Y todo por amor, porque quería a su dueño y se preocupaba por su felicidad tanto como podía.

Pero ¿cómo evitarla en un piso de dos habitaciones? Encima, Vicente trataba a Clara con una delicadeza y un cariño que ni en las pelis románticas.

Abrazos, besos…

Clara, al notar la desconfianza feroz de Luzía, llevó a Vicente de la mano a la cocina, cerró la puerta y le susurró, bajando la voz como en un programa de cotilleos:

¿Por qué no me contaste que tenías perro?

No se dio la ocasión respondió Vicente, susurrando también. ¿Tienes algún problema?

¡Pues claro! No me gustan los perros, y ni hablar de compartir piso con esa… ¿cómo la llamaste?

Luzía

Eso.

¿Y dónde la meto? ¿La dejo tirada en la calle? ¡Llevamos juntos cuatro o cinco años! Ya ni me acuerdo, pero vamos, ¡un montón!

Vicente Clara le miró con cara de póker. Si ese perro sigue en casa, yo no me mudo contigo, ni boda ni gaitas. No soporto a los perros, lo siento. Así que elige: ¿ella o yo?

La lluvia caía a cántaros. Los limpiaparabrisas luchaban contra el aguacero con el mismo ánimo que Vicente, que conducía a toda velocidad por una Madrid nocturna, con cara más negra que una tormenta.

Y con esa sensación como si por dentro le hubieran echado un cubo de agua sucia. Como si le hubiesen obligado a hacer algo repugnante Algo que, francamente, no quería hacer.

Pero él quería a Clara y tenía en mente casarse con ella. O quizá no la quería tanto. Ahora daba igual.

Lo importante es que el padre de Clara le había prometido resolver todos los líos de su micropyme, y el hombre era todo un peso pesado, de palabra. Le dijo que le ayudaría, y cuando Julio Martínez, abogado de los de corbata fina, dice que te echa un cable, lo hace.

Aquello era el tren de la bruja para salvar el negocio y, con suerte, expandir su pequeña empresa de reformas. ¿Cómo negarse a semejante oportunidad?

Al salir de Madrid pisó a fondo. La lluvia aumentó, acompañada por un viento con mala leche.

Las gotas golpeaban el parabrisas, el techo, el capó y el maletero como intentando frenarle. ¡Recapacita! parecían gritar, estrellándose contra el metal.

Luzía iba tumbada en el asiento trasero, mirando cómo perlaban las gotas. Su instinto no le había fallado. Desde la llegada de la desconocida, su humano se había vuelto frío, más frío que la lluvia de otoño. No le hablaba ni le acariciaba. Se estaba volviendo un extraño.

Al fin Vicente paró al borde de la carretera y encendió un cigarro. El humo lo fue llenando todo.

Se puso la capucha, bajó del coche. Luzía esperaba inquieta.

Siguió el guion: abrió de golpe la portezuela trasera, soltó una ráfaga de humo al mundo y agarró a la perra por el collar, sacándola al asfalto. Luzía gimió.

Un par de portazos estruendosos, y el coche, con Vicente a bordo, arrancó y se perdió en la noche, bajo la lluvia incesante.

Luzía quedó sola, plantada en medio de la carretera, mirando sin entender. La lluvia calaba su pelo hasta no dejar un pelo seco.

De pronto, echó a correr tras el coche. No quería, no podía quedarse sola y desamparada. Corría tras quien había amado. La traición no iba en su naturaleza.

Pero, claro, ¿cómo alcanzaría un coche a cien por hora? Para eso hay que ser un guepardo, y ella aunque galga fina, solo era una perra.

Encima, el pelo empapado era como lastrar una mochila de piedras. Los pilotos rojos desaparecieron en la oscuridad, pero Luzía seguía, incapaz de parar.

Y es que, cuando la vida te dice que pares y tú sigues, a veces el destino toma cartas en el asunto y te frena en seco. No por crueldad, sino porque correr detrás de tu pasado no sirve de nada.

Se oyó un frenazo, un golpe sordo. El conductor salió de su coche, llevándose las manos a la cabeza.

En el asfalto mojado yacía la perra. Se acercó despacio y miró sus ojos.

Ojos que aún confiaban, aunque ya empezaban a llenarse de tristeza y resignación.

¡Menos mal, sigue viva! pensó Alejandro.

Abrió el coche, tiró su chaqueta en el asiento y, con sumo cuidado, cogió a Luzía en brazos para tumbarla sobre la improvisada camita.

Ya pasada la medianoche, solo quedaba la opción de la clínica veterinaria 24h en la ciudad. Eso hizo. De vez en cuando miraba a la perra, que, aun tumbada, movía las patas traseras como si siguiera corriendo en sueños.

El veterinario la atendió sin pedir ni un euro por la consulta. Al preguntarle qué había pasado, Alejandro balbuceó una explicación a medias.

El vet, curtido en mil batallas, lo tuvo claro: le habían dado puerta. Una triste costumbre en la ciudad, por desgracia.

Por suerte, Luzía no tenía heridas graves, solo magulladuras y el orgullo tocado. El doctor recetó una pomada y recomendó compresas frías para bajar la hinchazón.

Alejandro llevó a la perra a su piso, tiró su chaqueta en el suelo y la tapó con ella.

Esto es provisional le dijo, como disculpándose.

Al décimo día, Luzía empezó a mejorar: caminaba, sí, con cojeo, pero al menos caminaba. El tiempo lo cura todo, o eso dicen.

¿Te tiraron a la calle? le preguntó Alejandro, sentado junto a la perra en la cama.

Nunca había tenido perro. Ni amigos con perro. En realidad, ni amigos a secas. Unos le traicionaron, otros le arruinaron el negocio, y aún otro le metió en un lío grande con la policía.

Todo pasó, pero decidió romper con el pasado y mudarse de ciudad.

Por eso, cada cuestión canina la resolvía llamando al veterinario, que hasta le dio su tarjeta para lo que necesite.

Gracias a los consejos del doctor, Alejandro pudo bañar a Luzía, quitando toda la porquería.

Pensó que la perra iba a montar la mundial, pero Luzía ni se inmutó, resignada al agua.

Después, consultó sobre alimentación y la llevó un par de veces a revisión para asegurarse de que no tenía secuelas.

El comportamiento de Luzía le preocupaba: comía poco, yacía todo el día y apenas le hacía caso.

Es normal le tranquilizó el veterinario.

Don Alfonso le recomendó sacarla mucho a pasear, para que se recuperara antes.

Sal a la calle con ella, sin esperar nada. Con el tiempo os haréis compañeros. Quizá, hasta amigos.

Y así fue. Las heridas, también las del alma, cerraron y, tras mes y medio desde aquel encuentro en la carretera, Alejandro y Luzía se hicieron amigos.

Quizá no inseparables aún, pero la perra le confiaba su vida y hasta comía mejor. Eso sí, ahora ya no era Luzía, ahora era Jimena.

Nueva vida, nuevo nombre. Se acostumbró rápido. Quizá porque sonaba parecido al anterior. O simplemente porque la vieja etapa ya sobraba.

Cada día, lloviera o hiciera sol, salían juntos por la ciudad, y estaban bien.

Solo en días de lluvia los ojos de Jimena se volvían tristes. No por el agua, sino por los recuerdos.

Olvidar no es fácil. Los perros no son humanos, pero entienden de emociones. Quien diga lo contrario, es que nunca ha vivido con uno.

Un día, paseando por El Retiro, Jimena se lanzó a perseguir gatos, como es tradición canina. Alejandro, mientras, pedía un café, porque noviembre era frío y hacía falta entrar en calor.

Cuando se giró, la perra ya no estaba.

Dejó el café y salió corriendo sin rumbo, buscando a Jimena.

La perra, en cambio, ladraba con todas sus fuerzas, plantada al pie de un árbol donde la gata había trepado, a ver si así la convencía para la revancha.

En eso, paró un todoterreno enorme y de él salió Vicente.

Iba hacia una tienda cuando zas se quedó clavado mirando.

¡Luzía!

La perra tardó en reaccionar, pero al oír su viejo nombre repetido y esa voz, se volvió y le miró.

¡Luzía, ven! el antiguo dueño se agachó con los brazos abiertos, sonriente.

Le daban ganas de correr hacia él, pero algo le impedía hacerlo. ¿Quién sabe lo que piensa un perro en ese momento?

Me traicionó. ¿O quizá me equivoqué y me estuvo buscando todo este tiempo?

Su cola empezó a moverse, pero no sabía si de alegría, nervios o simple confusión.

Viendo su indecisión, Vicente saltó la valla y se acercó, tendiéndole la mano.

¡Luzía! ¡Mi chica! ¡Qué alegría verte! ¡Ven conmigo, venga!

La acariciaba y la abrazaba, pero ella no parecía especialmente emocionada; no saltaba, no movía el rabo de felicidad.

Algo le frenaba. No era como antes.

En ese momento Alejandro, al ver a un tipo arrastrando a Jimena por el collar hacia un coche, apareció corriendo:

¡Eh! ¿Qué haces? ¡Esa es mi perra!

Se ponchó a Vicente del hombro para darle la vuelta y soltarle:

¿Qué crees que haces? ¡Esa perra es mía!

¿En serio?

¿De qué vas? ¡Jimena, ven aquí!

La perra intentó ir hacia Alejandro, pero Vicente tiraba fuerte del collar.

¡Qué Jimena ni qué niño muerto! ¡Es Luzía, mi perra de toda la vida!

¿Y después?

¡Déjalo ya! ¡Me la llevo!

No lo creo. Mi perra se queda conmigo. No me discutas. Y ni me busques las cosquillas.

¿Qué?

Vicente se puso rojo y amenazó con pegarle, pero Jimena, tranquila hasta el momento, de repente gruñó, enseñó los colmillos y se zafó, poniéndose delante de Vicente con gesto amenazante.

Vicente se quedó de piedra. Nunca le había gruñido, nunca le había mirado así. Ahora veía un animal dispuesto a defender a su nuevo humano a muerte.

Bajó la mano y dio dos pasos atrás.

Tranquila, Jimena. Vamos le dijo Alejandro suavemente.

La perra se acercó, le rozó la mano con el hocico y agachó la cabeza para que le pusiera la correa.

Caminaron por la alfombra de hojas del parque, sin volver la vista atrás ni una sola vez. Vicente los vio irse, con los puños cerrados de rabia impotente.

La historia con Clara no acabó bien, tampoco hubo boda ni ayuda empresarial. Vicente terminó vendiendo la empresa para pagar sus deudas y nunca se perdonó lo que había hecho aquella noche.

Pero no podía volver atrás.

Sí, los perros son leales. Pero solo a quien de verdad les quiere. A los traidores, ni agua.

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