¿Por qué has vuelto? – La madre sostenía la puerta apenas entreabierta. – ¿Cómo voy a mirar ahora a …

¿Por qué has venido? La madre sostiene la puerta apenas entreabierta. ¿Cómo voy a mirar a la gente a la cara ahora? Ya no eres hija mía. Apenas habían dejado de murmurar, tu padre y yo no hemos podido poner un pie en la tienda en medio año. ¿Para qué has venido, eh?

¿Quién es, Aurora?

La mayor, tu hija.

¿Carmen?

El padre abre la puerta de madera con tanta fuerza que tintinean las bisagras.

Él la observa de arriba abajo. Carmen se siente inquieta.

Vete donde quieras, no quiero verte. ¡Y encima así, con barriga!

Carmen calla, mira esperanzada desde debajo de su flequillo oscuro. Cree que sus padres se apiadarán y la dejarán entrar. No tiene a nadie más a quien acudir. Está embarazada y la han despedido del trabajo. No puede pagar la habitación que alquilaba a una mujer. Sin dinero, sin hogar. Nadie quiere entender su situación. Está asustada.

Carmen baja del porche, se detiene, abrazando su vientre.

No conseguirás ablandarme murmura la madre, dándose la vuelta.

El padre cierra la puerta de la casa.

Carmen reprime el llanto, encogiéndose sobre sí misma. El bebé en el vientre se agita, notando su nerviosismo. Así regresa a su casa, a los suyos…

La escarcha cruje bajo sus botas, como si la compadeciera. Carmen cierra la verja y mira hacia la ventana de la cocina, donde hay luz. Las cortinas siguen corridas.

La tiendecita del pueblo está caldeada. Carmen entra y echa un vistazo. Todo sigue igual. A la derecha el mostrador y la dependienta, tía Encarna; a la izquierda, dos vitrinas y un armario azul bajo llave.

Un pan, por favor Carmen cuenta sus monedas.

¡Mírala quién ha vuelto!

Carmen no levanta la cabeza y repite:

El pan, por favor.

Toma. Aunque no sé si debería, sinceramente. Pero bueno, yo sólo vendo

La dependienta le da el pan y se prepara para decir algo más, pero en ese momento entra una joven pareja.

Carmen había salido del pueblo a toda prisa, con unos papeles y una pequeña bolsa, la misma con la que ahora regresa.

Intenta guardar el pan, pero la barra es grande, fresca y parece saltar de la bolsa, pidiendo a gritos que se la coman en el momento.

La dependienta empieza a cotillear con la pareja sobre la última clienta, haciendo señas hacia Carmen, pero ella ya no lo oye, pretendiendo escapar a la calle cuanto antes.

Comienza a nevar. El viento amaina. Carmen arranca un pedazo de pan y cierra los ojos, aliviada de tener, al menos, una preocupación menos.

Va detrás de la tienda y se apoya en la pared. Así se queda, arrancando trozos de la barra fresca con los ojos cerrados. El pan huele a hogar, a recuerdos, a felicidad…

¿Carmen? resuena una voz delante de ella.

Abre los ojos y se queda de piedra.

Hola… baja el pan reconociendo a la abuela Rosario, la abuela de Miguel.

¿Y tú qué haces aquí escondida?

La mirada de la mujer, con su abrigo de piel y su pañuelo de lana, resbala hacia su vientre.

No tengo a dónde ir, mis padres me han echado.

¿Y ahí asiente hacia otro lado, tampoco cuajaste?

Carmen encoge los hombros.

Anda, ven no pregunta nada más la mujer.

Rosario camina a su ritmo, apoyándose en su bastón.

Carmen espera un poco, suspira y la sigue. Siente cansancio, mucho cansancio.

Reconoce la casa en el extremo del pueblo. De pequeña, solo había pasado corriendo junto a Miguel para ir al secreto de los dos entre los trigales. Una vez él se detuvo en la verja y gritó:

¡Abuela, te veo por la mañana!

Hola saludó Carmen entonces, para no sonar descortés.

Abuela Rosario apenas había visto a Carmen un par de veces, pero la recordaba. Y como no hacerlo, después de todo. Ahora Carmen desearía poder regresar al pasado, quitarse el peso de la vergüenza, sentir de nuevo el sabor de aquella juventud y felicidad…

Por qué se fijó en ella su compañero Álvaro en tercero de la ESO, nunca lo supo. Él siempre se encogía de hombros: ni guapa, ni alborotada, ni la mejor en clase.

Pero aceptó su cortejo. ¿Y cómo negarse? Se siente bien gustar a alguien. Álvaro le llevaba la mochila, la acompañaba a casa. Así empezó todo: de la amistad al cariño verdadero, creían ambos. Incluso comenzaron a hablar de boda.

Los padres sonreían y aprobaban.

Cuando Álvaro vuelva de la mili, hablamos.

Mientras, ya iban guardando conservas y preparando cosas.

El encuentro con Miguel fue casual, una especie de rayo en día despejado.

Era pleno julio en La Mancha. Carmen volvía agotada de Ciudad Real, donde había ido a informarse sobre la universidad. Álvaro no la acompañó, estaba con su padre trabajando. Del apeadero al pueblo hay sólo un par de kilómetros.

Empieza a caminar bajo el sol, la mochila pesanado. Por detrás se estaba formando una nube.

El trueno suena justo encima de ella y se cubre la cabeza.

La nube avanza rápida, partiendo el campo en dos.

Ve venir la cortina de lluvia. No hay ni un refugio cerca. Nadie alrededor. Ya las gotas grandes repiquetean cerca en el terraplén. Carmen saca una bolsa de plástico, mete las sandalias y tira de la bolsa sobre la cabeza.

La lluvia la alcanza. Siente una mano fuerte en el brazo.

Se gira. Un coche parado, un chico joven abriendo la puerta.

¡Te llevo tocando el claxon un rato! ¿No me has visto? el chico grita entre el aguacero. ¡Cómo cae! ¿Te has asustado?

Carmen tiembla.

Él se quita la camiseta, la tira atrás y coge una sudadera seca del asiento.

Toma, no temas. También soy de aquí, de Villanueva. ¿No me recuerdas? Soy hijo del herrero, Miguel le echa la sudadera y se sienta cerca, haciendo que Carmen se sonroje.

Dentro entrarás en calor. Tengo una cazadora pero está sucia… ¿Vienes del autobús?

Sí…

Yo vengo de Ciudad Real, a recoger unos repuestos para la granja. ¿Por qué tiemblas? Le roza el hombro, esta vez con más ternura.

¿Cómo te llamas?

Carmen.

Carmen, entonces…

¿Por qué no arrancamos el coche?

Porque la nube ha ido hacia el pueblo. Si vamos ahora, nos comeremos toda la lluvia. En un rato pasa.

Carmen asiente. Tienen razón. Se le escapa una sonrisa.

Conversan. Resulta que Miguel trabaja con su padre en la granja; su madre falleció cuando era niño. No estudió más, la vida es la vida y hay que ayudar.

En la puerta de Carmen, Miguel le lanza una sonrisa de despedida.

Y ella se la devuelve.

Hablan como si se conocieran de siempre y acabasen de reencontrarse.

Nunca había sentido esa calidez con Álvaro. Ni cuando la abrazaba o la besaba.

Esa noche, Carmen no para de sonreír.

Su madre nota su humor diferente pero no logra entender. Nadie lo sabe, pero Carmen espera el cruce de cualquier coche en la calle: ¿será él?

Desea verlo, volver a sentir ese impulso una y otra vez.

Pero Álvaro aparece y, en cambio, Carmen ya no puede ni mirarlo. Reúne fuerzas y le dice que es mejor dejarlo.

¿Qué? se sorprende él.

Vas a irte a la mili, yo a estudiar fuera. Seamos amigos. Si el destino quiere, nos unirá.

No, no. ¿Y quién me espera?

¿Para qué quieres que lo hagan?

¡Pero si te quiero desde tercero! ¿Y ahora esto?

Carmen no dice más y vuelve a casa. Álvaro nunca la había mirado con tanta furia. Le da miedo.

Al día siguiente aparecen los padres de Álvaro. Se monta una discusión tremenda. La madre de él grita y culpa a todos. Carmen prefiere irse al huerto, luego acaba caminando hasta el bosque.

Pasea largo rato hasta dar con el camino del pueblo.

¡Carmen! La saluda Miguel. ¿Te acerco?

No, en casa hay una bronca Yo no aguanto más.

¿Por qué la bronca?

He dejado a Álvaro. Y solo pienso en ti desde aquel día.

Y yo en ti, desde entonces. No fui a verte porque me dijeron que te casabas con Álvaro.

Eso ya no ocurrirá.

Miguel se inclina y la besa, suave, cuidadoso. La abraza.

Quedan así un rato, seguros de que todo irá bien. Carmen vuelve a casa solo de noche, en cuanto su madre ha apagado la luz.

¿Cómo has podido? ¡Tres años y lo dejas! ¿Qué vas a hacer ahora?

Estoy enamorada de otro, de verdad.

¿Qué? aparece el padre. Vas a quedarte en casa hasta los exámenes. Olvídate de salir.

Intentan retenerla, pero no lo logran.

Ella y Miguel se ven a escondidas. Quedan donde nadie los ve.

Pero un día alguien los descubre y corre el rumor en el pueblo. Al poco, Álvaro y Miguel discuten junto al río. Les ve casi todo el pueblo. Se pelean. Dos vecinas se preocupan, el resto mira desde la loma.

Miguel baja sólo. Da unos pasos para no caer, pero tropieza y cae al río.

El padre de Miguel corre, se quita los zapatos y se lanza detrás.

¡Carmen, ve rápido al río! Tu Álvaro y Miguel se han peleado, y Miguel ha caído. Dicen que…

Carmen arroja la regadera y corre con su amiga Raquel hacia la multitud junto al río.

Ya han llamado a la ambulancia se escucha.

Ya poco se puede hacer. El tal Álvaro tendrá un lío

Cuando llega Carmen, el coche ya se aleja. El padre se lo lleva al hospital.

Siente que las piernas no le responden. Se sienta en la hierba y se queda sin fuerzas.

¡Eso, disfruta de tu gran amor! Uno muerto y al mío me lo van a encarcelar llora la madre de Álvaro, en pie junto a Carmen.

No es lo único que acierta Carmen.

Vuelve a casa a trompicones y se tira en la cama.

¡¿Qué has hecho, niña?! ¡¿Cómo has podido?! entra la madre hecha una furia.

Se marcha de la casa.

Carmen, sin pensarlo dos veces, coge la bolsa, documentos, un poco de dinero, y se va por el huerto. En una hora está en el autobús a Madrid

Carmen y la abuela Rosario llegan a su casita del final del pueblo cuando empieza anochecer. Así que, además, nieva.

Empiezan a molestarme las piernas, siempre antes de lluvia murmura la señora Rosario sentándose en el banco del recibidor, quitándose las botas.

Le ayudo dice Carmen, encorvándose.

No, hija. No vaya a acostumbrarme a la pereza y me quede postrada. Tengo que moverme. ¿Para cuándo está el niño?

En febrero, me han dicho.

Entonces falta poco ¿Miguel, verdad? pregunta la señora fijándose en sus ojos.

Carmen no aparta la vista.

Sí.

¿Seguro?

No tengo dudas.

Bien. Ahora te hago la cama; mañana veremos qué se puede hacer.

La casa es pequeña, dos cuartos. El aroma de pan y dulces es familiar. Recuerda cuando Miguel, a escondidas, le traía empanadillas recién hechas por la abuela.

Esa noche le cuesta dormir, hasta que el gato de Rosario salta a la cama y se acurruca junto a la barriga. Carmen intenta moverlo, pero no se va. Cierra los ojos y se queda dormida.

Se despierta con el olor de levadura.

¿Las empanadillas con mermelada o con acelgas?

De mermelada, por favor responde Carmen.

Miguel nunca me dijo tu nombre… Sólo abuela, abuela. Yo soy Rosario, Carmen. Abuela Rosario.

¡Ah! Creo que me ha llegado la hora, me quedan unas semanas.

No, hija. Antes se te adelanta. Las niñas nunca esperan.

¿Por qué una niña?

Mi corazón lo sabe

Tal como predijo la abuela, a la semana Carmen da a luz. Por la mañana van al hospital; al mediodía nace una niña.

Gracias, Carmen la abuela sonríe con la bebé en brazos.

¿Por qué, señora Rosario?

Porque es nieta de Miguel. Le sostuve hace tantos años y ese dedito corto en el pie izquierdo lo reconocería entre millones. Él será feliz.

¿Quién? ¿Miguel?

Claro. Le llevaremos la niña mañana.

¿Está vivo? ¿¡Miguel está vivo!? rompe a llorar Carmen.

La abuela la abraza, emocionada.

¿No lo sabías? Hija mía, claro que está vivo, débil pero vivo.

Debo verle, abuela Rosario, no puedo estar aquí sabiendo que está cerca. ¿Está en el pueblo?

En casa. No te muevas demasiado, hija; ahora la niña necesita tranquilidad. Si no, no tendrás leche. Descansa. Ahora sabes que está vivo, ya no se va a ir a ningún sitio ríe la abuela.

Carmen no puede dejar de llorar.

Pronto Carmen vuelve al pueblo con su hija. La abuela sale y regresa con el padre de Miguel.

Mira, Catina Migueles. ¿A que suena bien?

El padre de Miguel ignora a Carmen, contempla a la niña y su expresión se ablanda.

¿Apuntada al nombre de Miguel? pregunta.

Por supuesto. Fíjate en el pie dice la abuela, desplegando el arrullo para mostrar el meñique corto de la niña.

Gracias, Carmen, por la nieta. Aún no he avisado a Miguel. ¿Vamos?

Vamos. Estoy lista.

Por cierto, tus padres preguntaron por ti. Quieren saber cuándo pueden venir dice la abuela.

Otro día, no ahora.

A la entrada Carmen duda varias veces antes de cruzar.

El padre de Miguel entra primero, se descalza, toma a la nieta y asiente hacia la habitación.

Carmen avanza despacio, le tiemblan las piernas. Lo ve. Está tumbado junto a la ventana, observando el móvil.

Miguel le tiende la mano.

Miguel le sonríe, sorprendido, y ella lo abraza y rompe a llorar.

Venga, papá, recibe a tu hija.

¿Cómo? ¿Mi hija?

La tuya responde el padre, orgulloso. Catina Migueles, ¿te gusta el nombre?

La abuela y el padre con la niña se van a la cocina. Carmen se sienta cerca de Miguel y respira por fin en paz.

No sabía que estabas vivo, Miguel. Nadie me contó nada. Pero ahora ya no me iré de aquí nunca

No te vayas. Soy feliz. Están aquí mi amor y mi hija

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Ninguna buena historia estaría completa sin un poco de amor