Éramos inseparables cuando nos casamos: lo hacíamos todo juntos, dormíamos abrazados, veíamos la tel…

Éramos muy unidos cuando nos casamos. Lo hacíamos todo juntos. Dormíamos abrazados, veíamos la televisión en la cama, paseábamos los domingos por el Retiro, nos reíamos de cualquier tontería. Nuestra intimidad era frecuente, casi nunca planificada, a menudo espontánea. Yo me sentía querida, deseada, elegida.

Con los años seguimos siendo cercanos, pero de otra manera. Los besos largos desaparecieron y se convirtieron en saludos rápidos, fugaces. Ya no había caricias, solo gestos rutinarios. Empezamos a acostarnos temprano, cansados, y él simplemente se daba la vuelta hacia su lado de la cama. Al principio, yo me acercaba. Rozaba su mano, su espalda, buscaba su palma. Él me decía que estaba agotado, que mañana, que ahora no era el momento. Yo lo comprendía.

Pasó el tiempo y todo siguió igual. Seguíamos cenando juntos, comentando el día, compartiendo la cama, pero no ocurría nada más. Comencé a esperar quieta, anhelando que él diese el primer paso. Pero ese paso nunca llegaba. Al principio me dolía, luego me daba vergüenza insistir. Empecé a pensar que el problema era mío, que quizá exageraba.

Nuestra rutina era muy cercana, pero completamente neutral. Nos despertábamos juntos, tomábamos el café con leche en la cocina, íbamos juntos a las comidas familiares de los domingos. Me contaba sus cosas, yo las mías. Dormíamos espalda contra espalda. Empecé a cambiarme deprisa delante de él, sin buscar ningún gesto coqueto. Dejé de ponerme camisones bonitos. Dejé de ver mi cuerpo como algo que pudiera interesar a alguien.

Intenté hablar de ello más de una vez. Le pregunté si ya no me deseaba. Él decía que no era eso, que simplemente ya no le apetecía, que con los años es normal, que el amor era compañerismo y respeto. Yo asentí, aunque por dentro sentía un vacío extraño, como si faltara algo muy importante que yo no sabía cómo nombrar, sin sentirme culpable.

Con el tiempo, normalicé todo. Me repetía que hay parejas que viven así. Que mientras no hubiera peleas, todo estaba bien. Me acostumbré a que solo me abrazase en público y jamás me buscara a solas. Me acostumbré a no esperar. A no desear. A borrar esa parte de mí para no sentir rechazo.

Fueron pasando los años y seguíamos siendo muy cercanos. Siempre juntos, siempre correctos. Nadie podría haber sospechado que llevábamos más de quince años sin intimidad. Incluso yo ya no recordaba cómo era sentirse mujer junto a alguien. Me había convertido en costumbre, en apoyo, en presencia. No en deseo.

El día que me dijo, sin rodeos, que se iba con otra mujer, no entendí nada. Me confesó que con ella se sentía vivo, deseado, conectado. No chillé. No discutí. Él simplemente lo soltó. Y entonces, entendí que él no había dejado de sentir. Había dejado de sentir conmigo.

Hoy, al mirar atrás, me doy cuenta de que lo más doloroso no fue su marcha. Sino que, poco a poco, me acostumbré a vivir junto a alguien que ya no me miraba como a una mujer y consiguió convencerme de que eso era lo normal…

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

three + seven =

Éramos inseparables cuando nos casamos: lo hacíamos todo juntos, dormíamos abrazados, veíamos la tel…
He encontrado a quien me ayude a tener hijos.