Mi mujer siempre fue más tímida que un gato asomando la patita. En las reuniones con nuestros amigos, apenas decía palabra y ni se le ocurría ser la primera en hablar. Si abría la boca, era porque le preguntaban algo directamente, y aún así respondía bajito y con una sonrisilla discreta. Jamás nos montó un numerito ni se puso celosa. Me cuidaba como si fuera el rey de la casa, aceptando mis regalos con una gratitud que ni en los anuncios de lotería.
En fin, que lo nuestro parecía sacado de una película romántica. Secretos, ni uno; los problemas, a medias; y cada noche, al volver del trabajo, me esperaba un cocido humeante, la casa como los chorros del oro y mi mujer, sonriente, enfrente. Vamos, ¿qué más podía pedir uno?
Pues ya se sabe cómo es la vida… El caso es que, a pesar de todo, me entró el gusanillo y busqué aventura. La verdad pura y dura: el tema íntimo con mi mujer era un desierto de Almería, más seco que el humor de un abuelo. Esto no me hacía mucha gracia, así que me lié la manta a la cabeza y busqué una amante.
Y, claro, todos los secretos acaban saliendo en el vecindario. Mi mujer se enteró de todo y, sin armar escándalos, decidió dejarme.
Yo, tan listo, me fui a vivir con la amante. Y, como se dice por aquí, más vale tarde que nunca: resulta que ahí me di cuenta de la castaña que había hecho. El piso era un caos constante, la cena solo aparecía si yo la cocinaba, y las conversaciones eran tan apasionantes como leer las instrucciones del microondas.
Al final, decidí volver a buscar a mi mujer, pero, ay, amigo, ya era tarde. Había encontrado a otro hombre, uno con más luces que yo, sin duda.
Jamás me lo perdonaré. Perdí a una mujer perfecta por hacerme el listo… y me tocó aprenderlo con dolor y un buen agujero en el bolsillo que no llenan los euros.






