Abuela cariñosa
María de las Mercedes López, mujer vital y decidida, ya con más de sesenta primaveras, me escribió una tarde en su diario:
Helena, llevo mucho esperando y mi paciencia ya ha tocado fondo. ¿¡Vas a dejarme morir tranquila alguna vez!?
Helena, una morena delicada, experta en arte, se quedó perpleja ante semejante pregunta.
Abuela, ¿cuándo y dónde quieres que conozca a alguien? Entre el trabajo, los cursos de inglés, la tesis… Y en el Museo Nacional donde trabajo, el único hombre soltero es Don Arcadio, lo viste el día de la inauguración.
Sí, hija, Don Arcadio… en tierra de nadie, ni cangrejo es, más bien una gamba mustia, suspiró María de las Mercedes.
Al día siguiente, llamó a su amiga Clotilde y averiguó que la nieta de ésta había conocido a su futuro esposo en una discoteca del centro de Madrid. Pero Helena no frecuentaba esos lugares, así que la abuela vio necesario valorar personalmente el ambiente, en busca del candidato ideal para su nieta o explorar otras opciones.
Averiguó que los miércoles las mujeres entraban gratis hasta medianoche, así que sin perder el tiempo, esa misma noche se encaminó a la discoteca, avisándole a Helena que se iba a dar un paseo antes de dormir.
Con maña y verbo, María de las Mercedes dejó sin habla al portero que intentó balbucear algo sobre la edad y se sentó en un taburete junto a la barra. Observó el local como si fuera una reunión de padres en el colegio, justo cuando el director pillaba a unos chavales con cerveza en el patio.
¿Se encuentra bien aquí? ¿Le gusta? se atrevió a preguntarle el camarero, acercándole un vaso alto. Un cóctel sin alcohol, invitación de la casa.
No, hijo. Esto no tiene futuro, manifestó María de las Mercedes. A una chica decente aquí no hay nada que rascar. Por cierto, tampoco os arruináis por añadir un chorrito de brandy. ¿Y ese pelirrojo, qué le pasa en las caderas, o ahora se baila así?
Antes del nuevo año, la abuela visitó un concierto de rock, un espectáculo de fuego, la actuación de trovadores melancólicos, competiciones de ciclismo extremo, un torneo de mus y, ya desesperada, un recital de jóvenes poetas. Los poetas la cansaron tanto que no tenía ganas ni de lanzar el anzuelo por miedo a que picaran.
Helena, te entiendo, le dijo una tarde. En mis tiempos, yo elegí entre tu abuelo y otros diez pretendientes igual de dignos. Incluso Clotilde tuvo donde elegir, aunque siempre suspiró por tu abuelo. Pero los jóvenes de hoy, hija mía, se han quedado tan cortos, ni merecen que uno les mire.
En marzo, tras visitar a Clotilde, María de las Mercedes decidió pasar por el trabajo de Helena. Al acercarse al museo, resbaló y cayó, afortunadamente no en las escaleras. Un militar le ayudó a incorporarse. Apoyándose en aquel buen hombre, se revisó para asegurarse de no tener fracturas ni esguinces, miró al militar y le dijo:
Caballero, ¿es usted comandante? Mi esposo en paz descanse fue jefe de un regimiento de tanques. Dígame, señor, ¿tiene usted una hora libre?
El comandante, pensando que tendría que llevarla hasta su casa y maldiciéndose por ser tan solidario, aceptó resignado.
Estupendo. ¿Ha visitado usted alguna vez el Museo Nacional de Arte? No? Pues debería. Entre ya mismo, y pida que la visita la guíe Helena González. Es una guía maravillosa, no se va a arrepentir.
El militar ni sabía por qué acabó allí. La abuela parecía haberle hechizado…
***
Recientemente, María de las Mercedes le susurró a su bisnieto Miguel, que dormía plácidamente:
Tú, mi sol, mi osito favorito, pronto irás al colegio, tu papá terminará la Academia Militar, y tu mamá al fin defenderá su tesis doctoral. Así podré marcharme con el alma tranquila. Pero ¿vas a crecer solo, pajarito mío? No, te hace falta una hermanita. Y cuando nazca tu hermanita, y luego vaya al colegio… Y después, bueno, ya veremos
Al final, en mi diario, comprendí que la vida nunca te deja descansar cuando amas a tu familia. Todo lo que hacemos, es por el cariño que sentimos y por el deseo de ver felices a quienes queremos.






