—¡Hola! ¡Ya llegué a mi sitio!
En el compartimento entró una dama imponente, vestida con un elegante abrigo beige. Llevaba en sus manos una pequeña maleta de viaje.
Almudena, distraída, levantó la vista de sus pensamientos sombríos.
—Buenas tardes. ¿Tiene el asiento inferior libre? Siéntese, por favor —le dijo la joven.
En realidad, Almudena no quería conversar con nadie. Ansiaba esconderse, alejarse del mundo entero, pero ¿dónde se podía escapar de un tren que ya iba a ochenta kilómetros por hora?
—Sí, el inferior, gracias. Me llamo Carmen. ¿Cómo se llama usted? —preguntó la dama.
—Yo soy Almudena —contestó la joven, volviendo a clavarse la nariz en el móvil.
Al instante, un perfume floral invadió el compartimento: un lujoso ramillete de peonías, fresias, rosas, lirios de los valles y magnolias.
—“Claudia” —exclamó Almudena, inhalando profundamente—. Ese aroma no se confunde con ninguno otro.
—Exacto, es mi favorito desde hace años —sonrió Carmen—. He intentado cambiarlo muchas veces, pero, Almudena, ¿puedo llamarle así?
Almudena asintió.
—Los demás perfumes que he probado me provocaban dolor de cabeza y el olor me perseguía hasta en los sueños. “Claudia” es mi carta de presentación, mi prenda indispensable. ¿Me entiende, Almudena?
—Más que bien —replicó Almudena, esbozando una sonrisa—. Yo también.
Aunque hace apenas cinco minutos Almudena había sentido aversión por la mujer que había cruzado la puerta de su refugio temporal, ahora la observaba con interés. Carmen se quitó el abrigo y lo colgó con delicadeza. Cada uno de sus movimientos destilaba elegancia, gracia y una fuerza interior que hacía que Almudena no pudiera apartar la vista.
Almudena notó que la postura de Carmen era perfecta, sus dedos largos y finos, adornados con su anillo de oro, delataban a una pianista o a una amante de los instrumentos de cuerda.
—Disculpe la curiosidad, ¿habló alguna vez en una escuela de música? —preguntó Almudena.
—Sí, en mi época era de moda enseñar a los niños música. Me gradué en violín y piano, y después en el conservatorio. Incluso llegué a impartir clases allí, pero eso fue hace mucho, como en otra vida. Hace años que no toco ningún instrumento —dijo Carmen, después de una pausa—. ¿Cómo lo adivinó?
—No sé, simplemente se lo dijeron sus manos —respondió Almudena, sorprendida de su propia locuacidad. Hace poco odiaba a todos, sumida en su pena.
—Tiene razón. Las manos delatan la edad y los gustos de quien las posee —susurró Carmen—. Bueno, dejemos la tristeza. ¿Qué le parece si cenamos juntas? Así nos conocemos mejor y el viaje será más ameno.
—Me parece bien. Voy a llamar a la azafata para pedir bebidas calientes y galletas —dijo Almudena, entusiasmada, la vista brillaba con la idea.
—¡No, no! El café en los trenes siempre es instantáneo. Yo llevo en mi termo mi propio café, preparado con una receta secreta que solo yo conozco. Además, le doy un toque mágico: levanta el ánimo y ahuyenta la melancolía —sonrió Carmen, añadiendo—. Siempre lo acompaño con chocolate negro y avellanas.
—Yo no tengo nada para ofrecerle —replicó Almudena, un poco decepcionada—. Viajo ligera, esta excursión fue totalmente improvisada.
—No se preocupe, nos basta para las dos. Lavaremos nuestras manos y la mantita‑cobertura se encargará de poner la mesa —rió Carmen, y ambas salieron del compartimento.
Carmen le explicó a Almudena que probaría una bebida muy especial, un café con un secreto que calma los corazones apagados. Sacó de su bolso una cantimplora de acero inoxidable con la inscripción “Johnnie Walker”.
Almudena miró la cantimplora con desdén y comentó:
—Yo no bebo alcohol.
—Yo tampoco, pero añadiremos un chorrito de whisky al café para darle un sabor picante y fuerte. Pruébelo, Almudena, le prometo que le gustará —dijo Carmen, sirviendo el café en tazas y agregando dos cucharaditas de whisky a cada una.
—¡Qué rico! —exclamó Almudena después de dos sorbos—. ¿Me comparte la receta?
—Claro. La nota especial la dan las lágrimas que aún no ha derramado. ¿Lo cree?
Silencio. Carmen preguntó:
—¿Almudena, quiere contarme algo o me equivoco?
Almudena, acomodada en el asiento inferior, cruzó la pierna derecha y reflexionó:
—Es extraño, pero siento que debo compartir lo que me está devorando por dentro. Tal vez este café lleva un elixir de la verdad.
Comenzó su relato:
—Trabajaba como administradora en una boutique de perfumes de lujo. Allí conocí a Sergio, el director de la tienda, y me enamoré. ¿Sabe cómo es?
Carmen asintió en silencio.
—Él me hacía pequeños gestos: me regalaba chocolates, frutas, y a veces me llevaba en su coche. Cada tarde al terminar mi jornada, sentía una ausencia que me torturaba. Cuando hablaba con él, nadie podía ser más feliz que yo. Aprendí a reconocer su paso entre los demás, su perfume, su voz, su energía. Cerraba los ojos e imaginaba que preparábamos el desayuno juntos o paseábamos por el Retiro. Creía que él también sentía algo por mí, pero resultó ser solo una ilusión.
Ayer lo vi besando a la cajera. El suelo se me fue de debajo. Compré un billete de tren sin asientos reservados y me subí a este vagón.
—¿Lo amaba? —preguntó Carmen.
—Muchísimo —Almudena intentó contener el llanto que ya asomaba.
—No voy a minimizar su dolor. Créame, su desilusión será pequeña comparada con la de una revolución mundial. Pero le deseo que sea la mayor lección de su vida.
Almudena dibujó en su mente una diminuta arena frente a un cataclismo que arrasaba con todo. Carmen, apoyando la taza en la mesa vibrante, continuó:
—Usted mismo provocó su propia desilusión. ¿Le prometió matrimonio? ¿Le confesó su amor?
—Nada de eso —encogió de hombros Almudena.
—Ha recibido una enseñanza valiosa. A veces amamos sin ser correspondidos, y esos sentimientos pueden quedar sin respuesta. No debe aferrarse a ellos, como si intentara remendar un vestido infantil que ya no le sirve, cosiendo parches que siempre se rompen y dejan al descubierto la piel. Mejor desechar esas emociones como se descarta una prenda que, aunque querida, ya no encaja. No es fácil, pero es necesario; de otro modo pasaremos la vida con ropa vieja y raída, sin poder probar el traje elegante que realmente nos queda.
Almudena meditó sobre esas palabras.
—Vamos a dormir, querida. El amanecer siempre aclara. Tal vez ahora no entienda, pero pronto su mente armara el puzzle y la vida colocará cada pieza en su sitio —dijo Carmen, guardando la cantimplora en su bolso y retirando los restos de la comida.
Almudena se acomodó en la cama y cayó en un sueño profundo. Carmen cerró los de sus ojos, pero el sueño se le escapaba.
De los rincones más recónditos de su memoria surgieron recuerdos de una joven de veintitrés años, una talentosa violinista, llena de proyectos. Estaba perdidamente enamorada de su acompañante, con quien llevaba dos años de gira por toda España. Salas llenas, público aplaudiendo, éxito a la vista. Un día, en una cafetería, bebía té verde con fresas y su amado, llamado Saúl, la miraba esperanzado, deseando proponerle matrimonio.
Saúl tomó sus manos y, tembloroso, confesó:
—Carmen, debía habértelo dicho antes, pero he decidido trabajar con otra violinista, Snežana. Con ella he descubierto lo que es el verdadero amor. Nuestro futuro es con ella. Adiós.
Carmen recordó el crujido de la silla de Saúl, el ruido de sus pasos, el latido frenético de su corazón. Apretó la taza con tal fuerza que se hizo añicos, derramando sangre sobre la servilleta, el mantel y un éclair. No vio el dolor; solo sostenía la asa de la taza con la mano temblorosa hasta que los paramédicos, después de mucho esfuerzo, lograron liberar su mano.
Vio a los camareros agitándose, a alguien llamar a la ambulancia. Después, su memoria se tornó en blanco.
Más tarde, en otro compartimento, una mujer le habló, aunque la frase se le escapó. Sólo ahora su subconsciente recuperó la imagen. No recordaba el nombre de la mujer, pero sí sus palabras:
—Querida, olvida los malos momentos y sigue adelante. Imagina que te arrancan un diente que te dolía; tras unos días la herida sana. El origen del dolor ya no está en tu vida. Cierra esa puerta y vive. Tal vez ahora no comprenda todo lo que le dije, pero llegará el momento en que lo entenderá. El amor y la felicidad volverán a usted.
Y, algún día, usted viajará en un vagón, no sola, y consolará a una joven alma triste, como la mujer que hoy le habla.
Carmen miró el reloj: las tres de la madrugada. La luz de los faroles iluminó su mano derecha; los tendones se habían fusionado de forma anular, impidiéndole volver a tocar el violín o el piano. El camino al escenario se había cerrado, pero ella sobrevivió: cambió de carrera, terminó la universidad, se trasladó a otra ciudad y trabajó en una notaría. Allí encontró al amor de su vida, aunque su corazón a veces dolía como una herida que nunca cierra por completo.
Al amanecer, Almudena abrió los ojos. El compartimento estaba vacío. ¿Había sido un sueño?
Sobre la mesita reposaba un chocolate con nueces y una nota: “Algún día volverás a viajar en tren. En el compartimento habrá una mujer. No olvides llevar chocolate y recordar lo que te he dicho”.
Fuera, el paisaje español se deslizaba: árboles, campos y casas bajo el sol naciente.
Quizá la compañera de viaje de Almudena solo fuera un fantasma, pero al fin y al cabo, cualquier cosa puede aparecer bajo el ruido de los rieles.
Al final, la vida enseña que el dolor, por intenso que sea, es pasajero; lo importante es aprender a soltar lo que ya no nos pertenece y abrir el corazón a nuevas oportunidades.







