Una única petición Vika se enteró por una vecina de que la abuela se había mudado. Siempre la visi…

Una petición

Cristina se entera de que han trasladado a la abuela por la vecina. Cada año, en el día del santo, Cristina la visitaba, compraba una tarta y una bolsa de ciruelas la abuela adoraba las ciruelas. Al llegar al portal, se detiene para sacar el móvil que suena y la llama la vecina del primero:
¿Cristinita? ¿Eres tú? La abuela ya no vive aquí.
En realidad, no era su abuela, sino la abuela de su exmarido. Se conocieron en la universidad, cuando él vivía todavía con la abuela. Cristina temía mucho ese primer encuentro, porque sabía que era una prueba. No tenía padres, solo la abuela, que lo crió desde los cinco años. Pero la abuela la aceptó enseguida, como si fuera familia propia.

Se casaron en el último curso y la abuela les hizo un regalo inaudito: un piso pequeño. Sí, en las afueras de Madrid, en la quinta planta y sin balcón, pero era suyo. La abuela había ahorrado toda la vida, sin querer molestar a los jóvenes.

Cristina nunca había tenido nada propio. El padrastro vigilaba que no comiera más que sus hijos, que no gastase demasiada agua y siempre la reñía por encender demasiado la luz. A los diecisiete, empezó a trabajar de camarera y alquiló una habitación minúscula, parecida a un trastero. No tenía derecho a residencia por tener padrón en la ciudad. Así que ese piso le parecía un palacio.

Vivió poco en él. Un año después de la boda, al llegar antes de su turno para preparar el desayuno a su marido, encontró en su cama a una rubia de nariz respingona. Ella fumaba viendo el techo mientras del baño sonaba el agua. La rubia ni se inmutó, sólo se cubrió con la manta que la abuela les había regalado en Navidad.

Así terminó ese matrimonio de cinco años. Cristina no hizo escenas, el divorcio fue tranquilo. El piso quedó para su ex, ella nunca lo reclamó, aunque la rubia, que acompañaba a su exmarido en todos los trámites, le gritaba: «¡Hazle firmar renuncia, que igual se queda embarazada de algún chófer y quiere quitarte el piso!».

¿Y a dónde ha ido? pregunta Cristina mientras cuelga el móvil.
Pues a tu piso. Los otros van a tener niño, han cambiado de sitio.

Cristina se inquieta la abuela andaba mal tras una fractura de cadera, y ese piso está en la quinta planta sin ascensor. ¿Cómo va a arreglárselas? Cuando Cristina descubrió a la rubia en su casa, justo habían decidido mudarse con la abuela para cuidar de ella y ahora, la abuela va a vivir sola, en un sitio incómodo, sin nadie conocido. Aquí todo el portal la conoce, siempre hay alguien a quien pedir ayuda.

La noticia del niño la hiere también su ex no quiso tener hijos con ella, decía que primero había que vivir para sí mismos.

Gracias, Carmen.

Cristina camina hacia la parada y espera el autobús, cuarenta minutos agarrada a la barra oxidada y sujetando la tarta.

Volver al piso donde creyó durante un año ser la persona más feliz del mundo le entristece. Camina por la ruta conocida, observando los pequeños cambios una nueva tienda, un solar cerrado… En el patio han puesto un parque infantil, y un niño de unos seis años juega en un charco descalzo.

¡Estoy en la playa! anuncia alegre.

Cristina sonríe y saca una chocolatina del bolsillo.

¡Toma, Robinson!

Por supuesto, la abuela finge estar bien y dice que fue idea suya.

Fernando vendrá a comprarme comida y, si hace falta, me lleva al hospital explica.

¿Cuándo vino la última vez? pregunta Cristina.

Pues ayer mismo.

Cristina sabe que miente, el cubo de basura está lleno y el pan duro como piedra.

Voy al supermercado propone , me he olvidado el queso, y lo necesito.

Eso sí que es mentira.

La abuela trata de disuadirla, pero Cristina insiste. Y cuando se va, deja el paraguas a propósito para volver pronto y hacer otra visita al supermercado. Al principio la abuela se resiste, dice que no hace falta y que Fernando viene, pero cuando Cristina cae enferma en otoño y falta una semana, la abuela la llama para pedirle, con vergüenza, que vaya a verla.

Ir a menudo es complicado, así que Cristina encuentra soluciones: acuerda con el niño del charco, que por cinco euros a la semana le saque la basura cada día. La comida la pide por entrega a domicilio, compra un smartphone a la abuela y le enseña a usar la aplicación. Fernando decía que la abuela no se arreglaría, pero sí lo hizo. Cristina la visita una vez por semana, a veces más, a veces menos. La abuela parece olvidar que Fernando fue el marido de Cristina, presume del nieto, se enternece con los vídeos que Fernando le manda al teléfono nuevo.

¿Te han traído al bisnieto? pregunta Cristina.

¿Qué va?, es muy pequeño aún.

Para el primer cumpleaños sí lo trajeron la abuela le pidió retirar cien euros de la tarjeta para el regalo. Así Cristina sabía cuándo venían en el cumpleaños de Fernando, el del niño, en Navidad y otra vez en abril, seguramente el de la rubia. Para cada ocasión, la abuela retiraba una cantidad generosa para regalos.

A Cristina también le intenta dar dinero, pero ella no acepta.

Me enfadaré mucho contigo le dice.

Un día la abuela le dice:

Vale. Pero entonces prométeme que concederás sólo una petición. Y no te molestaré más con el dinero.

¿Cuál?

Ya te lo diré.

Cuando aparezca, pues aparezca. Cristina está de acuerdo.

Cuando Pablo llega a su vida, la abuela es la primera en saberlo. Cristina apenas habla con su madre ella bebe junto al padrastro y no hace más que insultarla, llamándola fracasada.

Dejaste escapar a un hombre con piso propio, ¡hay que ser tonta! ¡Así estarás siempre en tus trasteros!

Pablo no tenía piso, pero prometió conseguir uno. Era cinco años menor, Cristina tardó en aceptar sus avances pero finalmente se rindió. Era amable y alegre, y su familia aceptó a Cristina de inmediato. Vivían en una casa en las afueras, y además de Pablo mayor, había cinco hermanos más.

No me atreví con una séptima hija confiesa su madre con una sonrisa triste . Esperaré nieta. ¿Tú quieres hijos, o eres de esas mujeres de carrera?

Sí quiero admite Cristina.

Pues de vosotros espero nieta, Pablo es el más serio, los otros aún son unos pillos.

Se casaron modestamente, sin fiesta, y con los ahorros hicieron un viaje. Cristina sufría por dejar sola a la abuela, pero no podía hacer nada.

Y su preocupación no era en vano. Nadie sabe cómo pasó quizá se sintió mal y tuvo que pedir ayuda, o quiso bajar la basura… La encontraron fría en la escalera.

Cristina sabe que no debe llorar ni sufrir mucho acababa de hacer el test y estaba tan contenta, lista para contarle a la abuela… Pero ¿cómo no llorar ni sufrir? Si no hubiese marchado, nada habría pasado. Ni siquiera llegó al funeral, Fernando jamás le avisó aunque sabía que ella seguía en contacto con la abuela. Sin embargo, no le llamó para reclamar ni discutir.

Pocos días después la mujer de Fernando la llama.

¿Te crees la más lista? ¡Iremos a juicio a demostrar que estaba demente cuando lo escribió!

Cristina no entiende nada. La rubia grita, la insulta y sólo al final Cristina comprende que habla de un piso.

Al día siguiente la llama el notario, la invita a que revise el testamento. Resulta que la abuela le ha dejado una carta.

Cristina lee la carta con lágrimas. La abuela le dedica palabras increíbles, le agradece tanto que Cristina se siente incómoda nunca hizo nada por agradecimiento, sino porque la quería como una abuela propia. No tenía a nadie más a quien querer. «Esta es la petición de la que te hablé: acepta este piso como regalo, no tengo otra forma de agradecerte».

Cristina entiende que habla del piso donde vivía la abuela, pero el notario aclara que es el de dos habitaciones donde vive Fernando y su esposa. El de una habitación es de Fernando, la abuela se lo regaló a él.

Cristina pide tiempo para decidir y lo habla todo con Pablo. No quiere quedarse con el piso, no quiere amenazas ni perder a su hijo por esto. Pero tampoco puede rechazar la petición de la abuela. Lo discuten mucho y llegan a un acuerdo.

Convocan a Fernando y a su mujer al notario, tras consultarlo antes. El notario dice que Cristina no es muy lista, pero no discute. La esposa de Fernando se lanza contra Cristina y casi la golpea si Pablo no está allí. La insulta y la amenaza.

¡Cállate! grita de pronto Fernando . Ella se lo ha ganado, cuidó a la abuela tres años.

Cristina se queda sin palabras, pensaba dar un discurso a Fernando.

Aquí no hay nada que discutir dice él sin mirar a Cristina . Movemos nuestras cosas y dejamos el piso libre.

Entonces Cristina expone su plan. Que no quiere arruinarles la vida, que le basta el piso pequeño en las afueras. Que con el notario han arreglado cómo hacer el papeleo y sólo falta el consentimiento de Fernando.

Por primera vez él la mira. Sus ojos parecen culpables.

Su esposa se calma y empieza a pedir café y galletas porque está cansada, podría haberle avisado antes, no molestar a la gente.

Cristina tiene una niña y la llama Sofía, como la abuela. ¡La madre de Pablo está que no cabe de alegría! Vendrán más nietas, pero Sofía será siempre la preferida…

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Una única petición Vika se enteró por una vecina de que la abuela se había mudado. Siempre la visi…
Cuando llegas a los sesenta comprendes de repente: lo que entonces parecía una catástrofe era en realidad felicidad ENTRE LOS 30 Y LOS 60 Agripina se prepara para celebrar su 60 cumpleaños. La cifra suena amenazante y casi da reparo pronunciarla en voz alta. Antes eso se consideraba ya vejez y principio del declive, y aun según las clasificaciones más modernas y permisivas, es la frontera entre la madurez y la tercera edad. Qué tristeza. La última vez que se sintió así de sensible con la edad fue al cumplir los treinta. Le parecía que la juventud había terminado. Pero ahora, viendo a sus hijos, sólo se ríe de aquellos recuerdos. Agripina se escucha por dentro, se mira al espejo del vestidor: —Pues no estamos tan mal. Da una vuelta, aprueba su reflejo: —Por fuera bien, y me siento como de cuarenta. No me duele nada, toco madera, todo funciona y se mueve. —A quejarnos un poquito más —le guiña al espejo y va a hacer el recado de su marido. Decidieron celebrarlo a lo grande: en un resort de Grecia, con amigos y familia. Al principio, Agripina—o como le llaman cariñosamente, Nina—se resistió. Decía que esa edad es para pensar, no para celebrar. Que si es caro, que si está lejos. Pero estaba en minoría. Su marido Miguel, apodado “Musiquín”, lo organizó todo. Incluso harían un pase de fotos con canciones de Joaquín Sabina; el montaje, a cargo del hermano pequeño. Y las fotos, quién si no, ella. Nina se sentó en la alfombra y volcó el primer cajón. Podría haber muchas más fotos, pero tras dos mudanzas internacionales y mil traslados, apenas quedaban recuerdos de la infancia y juventud: cuando emigró de la URSS con veinti-pocos, no estaba para sentimentalismos. Más tarde encontró algo en casa de sus padres, pero ellos estaban igual. Después, el primer matrimonio y el divorcio: algunas imágenes se las llevó, otras—de niños, amigos—las dejó “para después”, y ese después nunca llegó. Su nuevo marido, Musiquín, no gustaba de fotografiar, a diferencia del anterior—casi un profesional—pero en los primeros años juntos sí que reunieron bastantes imágenes. Con el tiempo, la vida cambió: ya nadie sacaba la cámara. Las fotos quedaron en viejos móviles, discos duros secos o carpetas ilegibles. Los álbumes que se podían hojear, sostener y recordar, desaparecieron. Mientras rebuscaba, encontró una foto de graduación—con aquel vestido que abuelos y padrinos enviaron desde Israel. Otra imagen: prácticas de medicina tras cuarto curso. Y otra, del bar mitzvá de su hijo mayor. ¡Cómo estaba de nervioso entonces! De repente, una foto pegada a otra. Las separó con cuidado. Nonna. Junto a ella, Agripina con el vestido de fiesta azul, en el primer cumpleaños armenio de la hija de Nonna. Nonna apareció a mitad del invierno en su grupo de residentes del hospital Monte Sinaí, en Detroit, tras cambiar de ginecología a medicina interna. Pequeñita, delgada, con un corte de pelo de duendecillo y ojos enormes, parecía casi una adolescente o un duende. Daba ganas de protegerla. Hasta que abría la boca y asombraba con su inteligencia. Emigrante de Ereván, vino con su madre y su marido—su tutor en la residencia, mayor que ella por mucho. No hizo cursos previos, aprobó los exámenes al primer intento y con tal nota que pudo elegir cualquier especialidad. Eligió ginecología: prestigio, comodidad, junto al marido. Pero tras medio año de noches sin dormir, abandonó y se pasó a interna. Se hizo amiga de Agripina en seguida. Cuando la madre de Nonna empezó a cuidar al hijo de Nina, se hicieron prácticamente familia. Terminando la residencia, pensaron en la especialización: —¿Y si me lanzo a reumatología? —dudaba Agripina. —¿Para qué? —suspiraba Nonna— Dos años más estudiando y esperando pacientes. De médico de familia entras de lleno, ves pasar a todo el mundo. ¡Tú mandas! —¡Qué sabia eres! —le decía Agripina. Al final Nina fue a medicina interna y Nonna, reumatología. En Los Ángeles. Nonna tenía la familia soñada: madre, marido, hermano, todos la adoraban. Solo le faltaba un hijo. Probaron invitro, esperanzas, lágrimas. Hasta que—¡funcionó! La niña nació justo antes de terminar la residencia. Nonna decidió quedarse en Los Ángeles, entre la diáspora armenia. La despedida fue muy llorada. Siguieron un tiempo llamándose; la madre de Nonna siempre preguntaba por “mi niño”—el hijo de Nina. Con el tiempo, el contacto se enfrió. Y de pronto: invitación al primer cumpleaños armenio, el “Aghra Harik”. Nonna avisó: la celebración sería por todo lo alto. Vestido de cinco mil dólares, peluquero francés, sólo los peinados a cien pavos—¡y eso, a finales de los noventa! Nina entró en pánico, pero su peluquera, Julia, le calmó: —Tienes buen cabello, cualquier apañao puede. Cepillo, secador y laca. En rebajas encontró un vestido azul de hombro despejado, traje para el marido, maleta de cuadros (siempre le gustaron llamativas, más fácil de identificar) y un tubo de autobronceador. Tomar el sol, imposible: su piel blanca azulada de Míchigan, quizás combinara con el vestido, pero en California, ni pensarlo. Llegaron un viernes tarde. Sábado: ruta por Los Ángeles. Nina se calzó las zapatillas, el marido una camiseta que decía “Madrid—podría ser peor” y salieron a descubrir ciudad. El plan era ambicioso: parque Griffith, foto con el letrero de HOLLYWOOD, el Paseo de la Fama, Santa Mónica, el muelle. En la práctica: Griffith cerrado por rodaje, el Paseo lleno de andamios, mucha gente, atascos. Comieron algo sano, caro y sin mucho sabor. El marido refunfuñó pero hizo fotos. Luego, oceáno, yogui en posición de grulla, maíz dulce, skaters y olor a crema solar. Y paseo por Sunset Boulevard; cada cartel, una escenografía. —Aquí cenó Joaquín Sabina—dijo Nina mirando la guía. —Igual no era Sabina, pero sí alguien que se le parecía —bromeó el marido. En Rodeo Drive, probó gafas de dos mil euros, se rocío colonia “de autor” y salió tan orgullosa, dejando una estela de aroma. Como “Pretty Woman”, casi. Domingo. Un desayuno deprisa (merecía más atención), y Nina preparándose para la fiesta. El autobronceador, aplicado según instrucciones, se secó raro: resultado, rayas—como una cebra. Pero naranja. No dejó que el marido ayudara: estaba juguetón tras el champán de la mañana y quién sabe cómo acabaría eso. Las peluquerías, todas cerradas. Solo un salón abierto en Chinatown. La estilista, sin papa de inglés, a rulos y laca sin compasión. Nina, preocupada, se animó a mirarse: cara naranja, pelo en bloque, como los permanentes ochenteros de la URSS. Apartó la vista: no repitió el error. El maquillaje, lo hizo el marido—pintor de afición— —Te pintas poco. ¡Hay que atreverse! Y manos a la obra: se alejaba, miraba, volvía. Resultado: párpados azul-violeta, mejillas marrón, labios granate. Nina alucinando. El marido—encantado. En la calle intentó parar un taxi: ni caso. —Creo que me toman por… tú sabes. Prueba tú, que tienes pinta de guardaespaldas. Él se rió y lo consiguió enseguida. La fiesta fue en la nueva casa de Nonna en Glendale—el epicentro armenio en EE. UU. Todo brillaba: mesas, niños, música, abuelas y camareros. Y en medio, Nonna, deslumbrante, como siempre… y con herpes. —Es el estrés —se lamentó la futura inmunóloga— Lo he dado todo… —Estás guapísima igual—afirmó Nina. Era verdad. Ahora ve la foto: vestido azul, piel naranja, peinado ochentero, herpes en la amiga—y rostros jóvenes y guapos. Entonces parecía una catástrofe. Hoy, lo volvería a vivir: el herpes, el autobronceador, el peinado imposible… Si al menos pudiera, de nuevo, vivirlo todo con la vida por delante, su amiga al lado y esa ilusión de que todo está aún por venir. Porque, sinceramente… entre los treinta y los sesenta —ahí estuvo la fiesta. Lo que venga, ya veremos. Cepillo tengo. Y con el bronceado ya no hay problema.