La noticia de la muerte de mi madre me llegó años atrás a través de un mensaje en Facebook. Mi hermano, quien convivía con ella en aquella época en Valladolid, ni siquiera se preocupó por avisarme. Tan pronto como supe la noticia, apenas tuve tiempo de tomar un tren desde Madrid para llegar al entierro. Fui directamente al cementerio y allí noté, por la expresión de mi hermano y de su mujer, Inés, que mi presencia les sorprendía y les caía como un jarro de agua fría.
El sepelio fue humilde, apenas unas palabras y poco más, propio de un pueblo de Castilla. Terminado el acto, mi hermano me invitó a la vieja casa familiar para el luto. Al cruzar el umbral, todos los recuerdos se agolparon en mi mente. Miré por la ventana hacía el patio, donde la antigua banca aún permanecía, justo donde siempre estuvo. Recordé cómo, de niño, mi madre me llevaba al colegio y después pasaba por mí. No volvíamos a casa enseguida; a veces, nos sentábamos allí a saborear un helado bajo el sol primaveral. Sentí cómo resbalaba una lágrima por mi mejilla.
Mi ensimismamiento se vio interrumpido por mi hermano.
¿Cuándo vuelves a tu Madrid, Ernesto? preguntó.
¿Y por qué no me llamaste para contarme lo de mamá? ¿Cómo se te ocurre actuar así? repliqué, sin poder contener la rabia.
En ese momento, intervino Inés, su esposa.
Mira, te lo digo claro me soltó: el piso no lo vas a heredar. Vuelve a Madrid, que allí te va de lujo.
Me quedé helado. Me levanté y me fui. No comprendía ese trato, si no les había hecho nada Y, al fin y al cabo, la vivienda también era mía. Busqué refugio en un hotel cercano. Al día siguiente, regresé a la casa con la esperanza de recoger algún recuerdo de mamá, algo pequeño que guardar para siempre. Pero, para mi sorpresa, no pude abrir la puerta: habían cambiado las cerraduras. Estuve llamando al timbre varios minutos, hasta que, finalmente, Inés abrió:
¿Qué más quieres ahora? No pienso dejarte entrar. Que sepas que aquí nos ocupamos nosotros de tu madre, mientras tú vivías tranquilo en Madrid me dijo con frialdad.
Sin alzar la voz, le recordé que siempre envié dinero para los medicamentos y que pagué de mi bolsillo a la enfermera y a la ayuda doméstica cuando mamá lo necesitó. Comprendí entonces lo que probablemente había pasado: mi hermano quería seguir recibiendo el dinero y, por eso, me ocultó la muerte de nuestra madre. Por supuesto, las cuestiones de la herencia también pesaban.
Le dije a Inés que recurriría a la justicia. Noté un destello de miedo en sus ojos, aunque intentó fingir entereza.
Ya veremos quién sale de esta casa. Mañana iré a ver a un abogado. Dile a Fernando que jamás le perdonaré que intentara ocultarme la muerte de mamá.






