Un anciano de cabellos níveos, con unos setenta años rondando la espalda, merodeaba entre los recintos del refugio de animales y parecía escudriñar a cada criatura que cruzan su vista. Una trabajadora del albergue, llamada Almudena, lo notó y se acercó.
—¿Necesita algo, señor? —preguntó—. ¿Busca a algún perro?
—¡Oh, no! No, no, no. No se preocupe. Solo estoy mirando. ¿Le importaría? —repuso él, con una voz que temblaba como una vela.
—Por supuesto. ¡Adelante, por el amor de Dios! —exclamó Almudena, sorprendida.
El anciano siguió caminando, observando detenidamente a cada canino como si intentara conocer a cada habitante del refugio. Después de varias vueltas, se detuvo frente a un recinto. En la esquina, contra la pared, estaba una perra que no movía la cola ni lanzaba miradas suplicantes; simplemente estaba sentada, mirando hacia lo indefinido.
—¿Qué tiene esa? —indagó el anciano.
—Ah, esa es Lola. Tiene como seis años. La atropelló un coche hace poco. Su dueña se negó a llevarla, y una vecina la trajo aquí. Le operaron, pero no pudieron salvar el anterior… —relató Almudena—. No lograron salvarle la pata.
—¿Y ahora no podrá correr?
—Claro que sí. Sólo que desde entonces no sale del recinto. No sé, tal vez tenga miedo.
—¿Puedo llevármela? —sollozó el viejo, con la esperanza temblando en la garganta.
Almudena lo miró y pensó: —¿A dónde vas, anciano? Ya estás medio enterrado bajo una sola pierna, y después vas a dejar a la perra a la calle.
—Vamos a pensarlo y mañana le daremos una respuesta. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. Volveré mañana. Hasta luego.
La portería se cerró con un golpe seco y el anciano avanzó con paso lento. A la mañana siguiente, el refugio todavía estaba cerrado, pero él ya esperaba bajo la verja.
—¡Ah, es usted de nuevo! Buen día. Hemos consultado con la directora y no podemos entregarle esa perra. Está enferma y necesita cuidados.
El anciano se entristeció tanto que parecía haber derramado una lágrima. Almudena lo vio y, por un instante, creyó haber presenciado una lluvia del alma. Él giró y se marchó.
Al mediodía, los empleados se pusieron a limpiar los recintos. En el mismo recinto, allí estaba el anciano, hablando con la perra. Almudena volvió a recordarle que no podían entregársela.
Durante un mes, cada visita al albergue coincidía con la presencia de aquel viejo. Siempre se dirigía al mismo recinto y, una y otra vez, murmuraba algo a Lola. Con el tiempo, el personal se habituó a su figura y dejaba pasar su presencia como un soplo de viento. Pero un día la directora, harta, exclamó:
—¡Luis, entrégale a él la perra! Seguro que sale de allí. Quizá se calme.
Una empleada abrió la puerta del recinto. El anciano entró, se sentó junto a Lola y, en un abrir y cerrar de ojos, ambos se escabulleron del interior. La sorpresa quedó plasmada en los rostros de las mujeres. Desde entonces, Víctor Alejandro, así se llamaba el anciano, y Lola recorrían los jardines del refugio, deteniéndose a recuperar el aliento antes de seguir paseando. Así nació una extraña amistad.
Víctor Alejandro acudía cada día; Lola solo reconocía su presencia. Paseaban, reían en silencio y, a veces, se sentaban bajo algún árbol a contemplar el horizonte con una melancolía que parecía un susurro de otro tiempo. Al regresar al albergue, se despedían largamente, mirándose fijamente a los ojos.
Pasaron unos meses y la directora le propuso a Víctor llevarse a Lola para siempre, pero él se negó. Almudena quedó perpleja: ¿por qué rechazaba lo que tanto deseaba? Víctor nunca respondió; cada vez que la pregunta surgía, volvía la vista, ocultando sus lágrimas bajo una máscara de silencio. Almudena, decidida, una tarde lo siguió.
El anciano, cojeando, se encaminó hacia los límites de la ciudad. Almudena lo siguió durante una hora. Finalmente, llegó a un edificio de fachada gris y desapareció tras una puerta. Almudena se acercó, se sentó en el umbral y vio un letrero: “PNI – Centro de Rehabilitación Neurológica”, conocido popularmente como casa de reposo. El golpe de la realidad la noche la dejó helada. Entró, buscó a la directora del centro y le preguntó por Víctor Alejandro. Le contaron que llevaba más de diez años allí, que sufrió un accidente de tráfico, que no pudieron salvarle la pierna y que su hija lo trajo y nunca más se supo de ella. Salió del edificio con el corazón hecho trizas; era una mujer de carácter férreo que había perdido a su esposo y a su hijo, y había fundado el refugio de doscientos perros para seguir viviendo. Lloró por los perros que la gente abandonaba, pero también por un hombre que, como ella, había quedado atrapado en la sombra de su propio pasado.
El camino de regreso fue un desfile de lágrimas. Al llegar a casa, tomó la única decisión que le parecía correcta.
Pasó el tiempo y, hoy, despertó con una sensación de paz. Fue a la cocina, encendió la tetera y salió al balcón.
—¡Papá! Allí, con Lola, ten más cuidado al saltar por los cristales, ¿vale? El té ya no es para jóvenes. Lola tiene ya quince años, y tú, papá, hoy cumples ochenta.
—¡Ey, hija! No somos más de dieciocho…







