A veces la madurez te golpea sin previo aviso.
TODOS LOS NIÑOS SON EGOÍSTAS
El tarro de pisto se estrelló contra el suelo, rompiéndose con un estruendo seco y definitivo. Todo sucedió en un instante: Trasto tiró súbitamente de la correa al ver a un gato, ladrando de pura excitación, y la bolsa resbaló de la mano de Inés.
El cristal se desparramó por el aparcamiento, y las manchas aceitosas del pisto mancharon la chaqueta nueva.
Mecachis… murmuró Inés, cortándose el pulgar al intentar recoger los fragmentos.
La sangre brotó enseguida, cálida y pegajosa. El dedo latía con fuerza. Se lo apretó en el puño, pero la sangre igualmente se escapaba entre los dedos.
Cargada como una mula, Inés sostenía en un brazo un saco enorme de ropa para lavar y una bolsa, en el otro la correa de Trasto y otra bolsa con envases vacíos de sopa, junto a ese maldito tarro de pisto comprado en una tienda española del barrio.
El pisto lo había comprado para alegrar a su padre. Probó una cucharada, hizo una mueca y la devolvió.
No sabe bien. Para nada como el de la abuela.
La bolsa crujía bajo sus pies. El frío subía desde el asfalto, y el olor dulce y pesado del pisto se le metía en la nariz.
No tenía cómo limpiar el pisto. Tampoco la sangre.
El perro parecía dispuesto a hacer una travesura en ese perfecto césped ajeno.
«Egoísta, ya», pensó ella.
Se encontraba de pie junto al coche, ensangrentada, manchada, con un dolor punzante en el dedo, la chaqueta arruinada y el perro gimoteando a sus pies.
Y sintió, desde el fondo de sí misma, que algo avanzaba despacio, pero imparable.
Y luego llegaron las lágrimas.
Salieron a borbotones, sin pedir permiso. Imposible detenerlas.
Acababa de salir de casa de su padre.
Hoy estaba especialmente seco en ese estado difícil de explicar que no depende solo de cómo se siente. Ni siquiera admitía cuando algo le iba mal.
«Desde pequeños nos enseñaron: quejarse es de mala educación», solía decir.
Noventa años, casi ciego, con el corazón débil, exneurólogo y doctor, aferrándose con fuerza a su autonomía. Vivía solo. Todo en la casa en su sitio. Incluso usaba el ordenador, pero llamar a un número internacional ya no podía.
Por eso habían llamado juntos a su hermana pequeña, tía Rosa, a Chile.
¿Cómo estás? preguntaba una y otra vez Inés.
Bah, tira, mujer respondía Rosa, esquivando la respuesta. Cuéntame más de tus hijos.
La tía también seguía la regla de «no te quejes».
Tiene dolor de espalda suspiró el padre, tras colgar. Ni caminar ni dormir bien puede. Pero existen tratamientos, ¡yo podría ayudar! Soy especialista.
Papá, ya la están tratando Inés defendió, como siempre, a sus primos, sintiendo que la mandíbula se le apretaba. Están pendientes de ella.
¿Qué podía hacer él a tanta distancia?
Ni mirar análisis, ni recetar. Y los sistemas sanitarios son diferentes.
Eso no se lo dijo.
Son unos insensibles y unos egoístas cortó él.
Salieron a pasear.
El padre se aferró al andador, e Inés le tomó el brazo por costumbre. Él apartó la mano y al instante volvió a apoyarse, tropezando con una rama.
Tus hijos igual añadió. Deberían venir más.
A Inés se le cerró la garganta, de esa forma ya conocida.
Pero viven al otro lado del mundo
No siguió. Era inútil.
Intentó cambiar de tema.
Al padre le apasionaba la ciencia ficción. Horas con audiolibros, que le salvaban de la soledad y el silencio. Después le gustaba debatir sobre tramas, autores, civilizaciones alienígenas, futuros descubrimientos.
¿Has escuchado el último de César Mallorquí? preguntó ella, prudentemente.
El padre se detuvo, apretando el andador.
Pienso todo el rato en mi último libro confesó. Miguel, mi asistente, lo arruinó. Y yo, bobo, le di carta blanca. Había que reescribirlo. Traducirlo. Publicarlo…
Es fantástico se apresuró Inés. Un manual genial sobre hidrocefalia.
Sabía dónde iba la conversación.
No lo entiendes él se exaltaba. Por las noches me vienen unas ideas ¡Descubrimientos! Pero ya no tengo fuerzas. Hasta preferiría tener demencia: no pensaría en nada y estaría feliz.
Pero no demencia le siguió la broma. Me costaría cuidarte. ¿Con quién hablaría de los misterios del universo?
Él la observó atentamente.
Lo ves. Tú también. Todos los hijos sois egoístas. Tú incluida.
Así se despidieron.
¿Está usted bien? preguntó una señora mayor, española, envuelta en abrigo de visón, paseando un caniche.
Inés se limpió la cara con la mano ensangrentada.
Sí, sí respondió en castellano, obligándose a sonreír.
La señora asintió, sin marcharse, mirando con recelo y atención.
De ellas te puedes esperar que llamen a urgencias y hasta a la policía.
Gracias. De verdad, estoy bien.
La mujer por fin se fue.
Inés cogió a Trasto y entró en el coche.
De repente, en el retrovisor, vio su rostro: cansado, tenso, inexplicablemente parecido al de su padre.
Y entendió que no lloraba por el tarro roto ni por sus palabras ásperas.
La pena era otra: su padre ya no era un pilar y él lo sabía.
Aún tenía ideas, ganas, proyectos, pero ya no le quedaba energía.
Y ella se encontraba, de pronto, no como hija, sino como adulta, sin nadie a quien apoyarse.
Y algún día, en ese espejo, vería no semejanza, sino a sí misma con los mismos miedos, la misma tozudez y unas palabras que alguien confundirá por egoísmo.
Y le invadió el miedo.







