CON LOS DESIGNIOS DEL DESTINO
Escribo estas líneas recordando una vida marcada por el caprichoso destino. Catalina se casó con dieciocho años. Aunque, siendo sincero, más que un verdadero matrimonio, fue una mera circunstancia… En el pueblo donde vivía, había un soltero codiciado por todas las chicas. Un personaje célebre del lugar, vaya. Todas soñaban con sus brazos, así que Catalina, orgullosa y decidida, quiso dejar atrás a sus rivales. Y lo logró, al menos por un tiempo. Quedó embarazada.
Aquella noticia dejó perplejo al joven pretendiente. Catalina pensaba, como era costumbre en la tierra, que al enterarse de semejante secreto, el chico tendría que casarse con ella. Pero nada más lejos de la realidad: el “soltero” ni pensó en enlazar su futuro con Catalina. Y es más, exigió pruebas de ser padre, como si dudara de todo. Catalina lloró a solas hasta empapar la almohada y luego, con valentía, confesó todo a su madre.
Mi tía, mujer de gran sensatez, le aconsejó a su hija no hundirse en pena. Que los rumores iban a esparcirse por el pueblo como viento por Castilla Y no hay manera de tapar la boca de todos. Dictó su sentencia: Catalina debía irse a Madrid y allí buscar un porvenir.
En el momento señalado, llegó al mundo una niña. La llamaron Jimena, nombre castizo y fuerte. Y, apenas cumplido un año, Catalina empezó a preparar el viaje a la ciudad.
Mi tía se ofreció encantada a cuidar a su nieta mientras la hija se establecía. Y así, apenas bajó Catalina del tren en la estación de Atocha, la abordó una gitana vivaracha:
¡Hazme un donativo, alma! ¡Te lo cuento todo!
Catalina extendió la mano:
¡Adelante! Paga después
La gitana observó detenidamente la palma, luego vaticinó:
Veo, cariño, cuatro hijos tendrás… Un giro… Una iglesia… Tu destino lo hallarás después de los cuarenta.
Catalina le soltó unas monedas de euro y replicó:
¡Todo mentira! Solo tengo una niña.
Pero la gitana ya había desaparecido entre la gente.
Catalina caminó repasando lo escuchado. ¿Qué iglesia? ¿Acaso alguna vez había pisado una? ¿Cuatro hijos? Si apenas podía con Jimena, y apenas lograba mantenerse firme, sin caer en la desesperación…
Sacudiendo los pensamientos, dejó el encuentro atrás.
Los primeros años en Madrid fueron durísimos para Catalina. No le hacía ascos a ningún trabajo, se empleaba día y noche. Acababa extenuada. Olvidando incluso el amor propio, dormía apenas para reponer fuerzas. La vida personal era un lujo impensable. ¡Con llegar al colchón y desaparecer en un sueño dulce bastaba!
Sin embargo, al llegar la primavera, el sol bañó la ciudad y Catalina se miró con atención en el espejo. ¿En qué me he convertido? Si soy una mujer atractiva, y parece que se me escapa la vida solo trabajando… Es hora de pensar en algo más. En el amor.
Catalina, haciéndose el ánimo, se arregló con esmero. Decidió que, desde el día siguiente, buscaría atraer la atención de su jefe de departamento, don Jaime, un hombre aún soltero y bastante agradable. ¿Por qué no? Sí, bebía en exceso… Pero Catalina pensaba: cuando tenga a una mujer de verdad, dejará la bebida. Nos casamos y lo arreglaré.
Jaime sabía de la existencia de Jimena. Cuando el romance acabó en boda, fue él quien pidió a Catalina traer a la niña a Madrid. Jimena tenía cinco años; pronto se adoptó al nuevo papá con cariño. Así formaron una familia que, al poco, se amplió: nació Iván, el primer hijo del matrimonio.
Se embarcaron en un crédito para el piso, para el coche. Repararon la casa juntos, eligieron muebles… Catalina sentía que no le faltaba nada. ¿Qué más podía desear? Tenía el hogar perfecto.
Pero la calma no dura siempre. Llegó a la fábrica una nueva trabajadora. De inmediato se interesó por Jaime. ¿Qué hombre resiste los encantos de una joven atractiva y perseverante? Jaime comenzó a quedarse hasta tarde, a viajar más Nada funcionaba: ni los ruegos de Catalina, ni el hecho de tener hijos y esposa.
Tres años de sufrimiento acabaron en divorcio. Jaime se fue con la otra. Catalina, con 34 años, dos hijos y varios préstamos, se encontró sola en un piso enorme. Tuvo que dejar el trabajo, no podía aguantar ver cada día al ex y a la nueva amante. No entendía qué había hecho mal. ¿No había sido una buena esposa? ¿No amaba a Jaime? ¡Él dejó de beber! Suponía que era feliz. ¿Qué falló?
Una amiga intentó explicárselo:
Mira, Catali, la pasión devora todo, bueno y malo. Tu marido cayó rendido. Quizá ni sepa lo que hace Pero no es amor, eso destruye. La pasión hunde, el amor construye. Si duele, no es amor. Y mira cómo sufres tú y tus hijos. Eso es pasión, no amor. Quizá Jaime se arrepienta, o quizá nunca lo comprenda. ¡Ánimo, amiga!
Catalina suspiró y decidió: si Jaime regresa, lo perdonará. Su amor sigue vivo…
Pasaron siete años de soledad femenina. Los hijos crecieron. Otra vez, Catalina reflexionó sobre sí misma. La chispa en su corazón no se extinguía.
La misma amiga quiso unirla con su hermano. Él recién divorciado, ya de cincuenta años. ¿Por qué no? Catalina aceptó. Era invierno, en diciembre, vísperas de Navidad. Quizá la suerte cambie, pensaba.
Se preparó con esmero, tacones altos, corriendo al portal, algo tarde (como corresponde a una mujer elegante). Nerviosísima. ¿Cómo resultaría todo?
Había hielo y en un parpadeo, Catalina acabó en la nieve, con un tacón desprendido y el tobillo adolorido. Nadie en la calle. Al mirar alrededor, vio que estaba sentada frente a unas puertas. Miró mejor: detrás se alzaba una iglesia.
¡Señora! ¿Necesita ayuda para levantarse? le preguntó un hombre apuesto.
Catalina pretendió incorporarse, pero la pierna le dolía tanto que solo pudo gemir y romper en llanto.
El hombre, calmado:
Aquí hay una fractura. La llevaré a mi consulta.
La condujo en brazos al coche y, ya dentro, Catalina sollozaba sin poder parar. Por alguna razón recordó al exmarido. Le dio lástima. Lo despidieron, acabó en la miseria… Y su segunda mujer desapareció enseguida.
Catalina pasó la primavera escayolada. Todo ese tiempo, su salvador, don Manuel, cirujano de profesión, la cuidó con la delicadeza de un experto.
Un día, Catalina le preguntó:
Manolo, ¿qué hacías en la iglesia aquel día fatídico?
Rezando, contestó tranquilo.
¿Los médicos van a misa? se sorprendió Catalina.
¡Eres graciosa! Claro que vamos Bueno, no todos. Pedimos ayuda a Dios, lidiamos con vidas ajenas. Los cirujanos no deben cometer errores. Así que pedimos sabiduría
Pues yo nunca tuve fe ni la busqué Y ya tengo cuarenta y dos
No te preocupes, Catali. Todo se arreglará entre nosotros. Sana pronto, respondía el médico.
¿Entre nosotros? rió alegre Catalina.
¿No te parece bien? sonrió Manolo.
Estoy de acuerdo, Manolo.
Al poco, Catalina y su hijo Iván se mudaron a casa de Manuel. Él criaba solo a dos chicos de 14 y 16 años; la vida le hizo así. Su exmujer quiso arreglar lo suyo con dinero, pero Manuel lo rechazó; ni él ni los niños volvieron a verla.
Catalina se hizo amiga de los adolescentes. Iván disfrutaba de los partidos de fútbol con sus hermanos adoptivos.
Pronto se celebró boda doble en la iglesia: Manuel y Catalina, Olegario y Jimena (la hija de Catalina).
Al salir de la parroquia, de la mano de su marido, Catalina de pronto recordó aquella predicción de la gitana Y entendí finalmente que, por mucho que intentemos controlar nuestro destino, hay hilos invisibles que nos guían por caminos insospechados. Aprendí que la vida es impredecible, pero nunca debemos perder la esperanza de encontrarnos a nosotros mismos, aunque parezca demasiado tarde.







