Boris nunca quiso tener hijos; jamás imaginó que acabaría siendo padre. Toda la vida soñó con un per…

Álvaro nunca quiso hijos. Nunca se imaginó que sería padre algún día. Toda su vida había soñado con tener un perro, un perro grande y peludo. Primero su madre no le dejaba, y después fue su esposa quien se oponía. Ahora, sin embargo, Álvaro sostenía en sus brazos un pequeño paquete rosa, de donde asomaba una carita diminuta, unos ojos azules inmensos y unas pestañas largas, oscuras y suaves. El síndrome de Russell-Silver no le decía nada a Álvaro. Sólo veía esos ojos azules enmarcados por esas pestañas sin fin. Las orejas separadas de su hija le provocaban una ternura punzante y un sentimiento de compasión difícil de expresar.

No crecerá más de 140 centímetros, es una niña pequeña intentaba explicarle la matrona, algo alterada. Puede usted firmar el rechazo si lo desea.

Álvaro sólo abrazaba más fuerte el paquete rosa y miraba sin comprender. Su esposa lloraba, tirándole de la manga, diciendo palabras que él ni oía. No escuchaba nada a su alrededor. La niña se llamaba Belinda. Después vino el hogar, la rutina de una familia normal con un bebé. Su esposa no tenía leche; el parto fue muy duro y el diagnóstico cayó como una losa.

Pronto ella recogió sus cosas y dijo:

Cuando la miro, sólo quiero llorar. No lo soporto. En mi familia no ha habido nunca gente así, seguro que es de tu lado.

Cuando su esposa empezaba esos discursos, Álvaro se quedaba sordo. No escuchaba ni a su esposa ni a su suegra, ni a su padre, quien sólo miró una vez, de reojo, la cuna con desdén. Sólo su madre observaba a Álvaro con pena y movía la cabeza lentamente.

Luego su esposa se marchó. Álvaro quedó solo con Belinda. Se quedó un año en casa de baja por cuidado. Hacía falta dinero para rehabilitación, fisioterapeutas, la piscina diaria. Volvió a trabajar. Al principio, durante el día, su madre se quedaba con Belinda, pero pronto dijo que estaba cansada, que necesitaba descanso. Tocó buscar una niñera. Era una señora mayor, bondadosa, que incluso aceptaba quedarse algunas noches mientras Álvaro conducía su taxi.

Belinda hablaba perfectamente a los dos años, cantaba con voz fina, era delgadita, menuda, contaba todos sus dedos como si fueran tesoros, nadaba en la piscina como un pez y reía fuerte viendo dibujos animados. Así vivieron hasta que Belinda cumplió siete. Tocaba empezar el colegio.

Álvaro comenzó a inquietarse. Apuntó a Belinda a una escuela de defensa personal. Quiso inscribirla en clases de lucha con cuchillo, pero allí sólo admitían mayores de dieciocho años. Así que fue a un colegio ordinario.

Entre los demás niños, Belinda sólo se distinguía por su altura y su fragilidad. Las dos primeras semanas, Álvaro la llevaba personalmente al aula, observaba a todos los niños con atención, alzaba a Belinda en brazos, le daba un beso fuerte en la mejilla y decía en voz alta:

Si alguien le hace daño a Belinda, le arranco las orejas.

Y se iba al trabajo con el corazón pesado. Belinda era una estrella en la escuela. En el teatro escolar interpretó a Pulgarcita.

Después, Álvaro cumplió su sueño y compró un perro. Lo consiguió por una cantidad simbólica: un Komondor húngaro, de su jefe. Su jefe fue trasladado a Madrid, el piso nuevo, la mudanza y no sabía qué hacer con el Komondor Alberto. Así lo vendió a Álvaro, le dio una palmada en el hombro y le dijo compasivamente:

Tienes una vida peculiar, Álvaro. Interesante. Por eso este perro es para ti. No lo puedes cepillar, solo repartir su pelo en cordones cada día.

La vida dio un giro extraño. Ahora Álvaro y Belinda salían cada noche a pasear a Alberto, con su abrigo especial, luego trenzaban los cordones de su pelo. Belinda se montaba sobre el perro como una pequeña jinete y Alberto caminaba cuidadosamente, evitando hacer caer a su diminuta dueña.

La escena pintoresca reunía cada noche a los vecinos del bloque de nueve plantas en las ventanas: Álvaro, con su zamarra vieja, el enorme Alberto blanco, con un abrigo verde, y encima de él la pequeña Belinda, con un largo plumífero rosa.

Luego se fueron. Pero los vecinos aún recuerdan a Álvaro, Belinda y Alberto.

Tiempo después, alguien encontró a Belinda en las redes sociales, desde América. Allí estudió, se casó, tuvo hijos normales. Y el ya canoso Álvaro se casó con una mujer afroamericana muy corpulenta. Porque su destino era así: curioso, extraño… como un sueño de invierno en la Plaza Mayor, donde los cordones del perro se confundían con las luces de Madrid.

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Boris nunca quiso tener hijos; jamás imaginó que acabaría siendo padre. Toda la vida soñó con un per…
SIN ALMA… Claudia Basilisa regresó a casa. Había ido a la peluquería; a pesar de su venerable edad, acaba de cumplir 68 años y sigue mimándose con visitas regulares a su estilista de confianza. Claudia Basilisa se arreglaba el cabello, las uñas, y esas sencillas rutinas la animaban, dándole energía y levantándole el ánimo. —Claudita, ha venido a verte una pariente. Le he dicho que llegarías más tarde. Ha prometido volver —le informó su marido, Jorge. —¿Qué pariente ni qué historias? Ya no me queda familia… Será una prima lejana de esas que aparecen para pedir algo. Tendrías que haberle dicho que estoy en el quinto pino —respondió, fastidiada, Claudia. —Pero, mujer, ¿para qué mentir? Me parece de tu familia, así alta y elegante, se parece a tu suegra, que en paz descanse. No creo que viniera a pedir nada, parecía una mujer muy educada, bien vestida —intentó tranquilizarla Jorge. Cuarenta minutos después, la pariente llamó a la puerta. Claudia la dejó pasar. Realmente se parecía mucho a su difunta madre, y vestía caro: un abrigo de calidad, botas, guantes y unos pendientes con pequeños diamantes. Esos detalles Claudia los conocía bien. La invitó a sentarse en la mesa ya puesta. —Bueno, vamos a presentarnos, ya que somos familia. Yo soy Claudia, sin formalidades, que veo que somos casi de la misma edad. Él es mi marido Jorge. ¿Por qué lado eres parienta mía? —preguntó la anfitriona. La mujer titubeó, hasta se sonrojó—. Soy Galina… Galina Valdemara. En realidad, no hay mucha diferencia de edad entre nosotras. El 12 de junio cumplí 50 años. ¿No te dice nada esa fecha? Claudia palideció. —Veo que lo has recordado. Sí, soy tu hija. Pero no te preocupes, no quiero nada de ti. Solo quería ver a mi madre biológica. Toda mi vida he vivido sin saber. Nunca entendí por qué mi madre no me quería. Por cierto, ella falleció ya hace ocho años. ¿Por qué solo me quería papá? Él me lo contó todo antes de irse, hace apenas dos meses. En su último momento me pidió que, si podías, le perdonaras —decía Galina, visiblemente alterada. —¿Que no lo entiendes? ¿Tienes una hija? —preguntó sorprendido Jorge. —Parece que sí. Te lo explicaré luego —respondió Claudia. —Entonces eres mi hija. Perfecto. ¿Ya me has visto? Si esperas que me arrepienta o pida perdón, no lo haré. No tengo culpa alguna en esto—le contestó a Galina—. Espero que papá te lo haya contado todo. Si pretendes despertar en mí sentimientos maternales, tampoco, ni una pizca. Lo siento. —¿Podría venir a verte otra vez? Vivo aquí, en un chalé de las afueras. Podrían venir tú y Jorge a casa. Te he traído fotos de tu nieto y tu bisnieta, quizás te interese verlas —preguntó tímida Galina. —No. No quiero. No vuelvas. Olvídame. Adiós —contestó Claudia bruscamente. Jorge le pidió un taxi a Galina y la acompañó. Cuando volvió, Claudia ya había recogido la mesa y veía tranquilamente la tele. —¡Vaya temple el tuyo! ¡Tendrías que mandar un batallón! ¿Pero es que no tienes alma? Siempre sospeché que eras fría y despiadada, pero no até cabos hasta este extremo —le recriminó Jorge. —Nos conocimos cuando yo tenía 28, ¿verdad? Pues, querido, el alma me la arrancaron y pisotearon mucho antes. Yo, una muchacha de pueblo, toda la vida soñé con irme a la ciudad y por eso era la mejor estudiante, y la única que entró a la universidad. Con 17 conocí a Vladislao. Le amaba con locura. Él casi me doblaba la edad, pero eso no me importaba. Tras una infancia de carencias, la ciudad era como un sueño. La beca apenas me daba para nada, siempre estaba hambrienta, así que aceptaba feliz sus invitaciones a cenar o tomar un helado. Él nunca me prometió nada, pero yo confiaba en que esa pasión acabaría en boda. Un día me invitó a su casa de campo y fui sin dudarlo. Quería creer que, tras lo que pasó allí, ya le tenía atado para siempre. Aquellas visitas se volvieron habituales. Al poco supe que estaba embarazada y se lo conté. Se alegró muchísimo. Como pronto sería visible mi estado, me atreví a preguntarle por la boda; yo ya tenía dieciocho años y podía casarme. —¿Acaso te prometí casarme? —respondió él con otra pregunta. —No lo prometí y tampoco lo haré. Además, ya estoy casado… —dijo tranquilamente. —¿Y el hijo? ¿Y yo? —¿Y tú qué? Eres joven y fuerte; podrían esculpirte como la mujer con remo. Pide un año sabático en la universidad. Cuando nazca el bebé, mi mujer y yo nos lo quedamos. Nunca hemos podido tener hijos, quizá porque ella es mayor. Después podrías volver a estudiar, nosotros te pagamos. En aquel entonces nadie hablaba de madres de alquiler. Creo que fui la primera de verdad… ¿Qué otra opción tenía? ¿Volver al pueblo y deshonrar a la familia? Viví con ellos en la mansión hasta el parto, nunca vi a la esposa, y tuve la niña en casa, con comadrona y todo legal. No le di el pecho, la niña se la llevaron inmediatamente y nunca más la vi. A la semana, Vladislao me dio dinero y me fui. Regresé a la universidad, me gradué y trabajé en la fábrica, primero como técnica, luego como encargada de calidad. Tuve muchos amigos, pero nadie me pidió matrimonio hasta que apareciste tú. Ya tenía 28 años y si no era entonces, quizá nunca… Ya lo sabes. Hemos tenido buena vida; cambiamos de coche tres veces, la casa siempre completa, la finca perfecta, vacaciones cada año. La fábrica sobrevivió a los noventa porque nuestros instrumentos solo los hace una nave, nadie sabe del resto. La fábrica sigue vallada y con guardias. Nos jubilamos. No nos falta de nada. Sin hijos, y tampoco los echo de menos. Cuando veo el tipo de hijos que hay hoy día… —terminó Claudia su confesión. —No hemos tenido una buena vida. Te he querido, he intentado abrigar tu corazón, pero nunca lo logré. A falta de hijos, ni por un cachorro sentiste misericordia. Mi hermana te pidió acoger a mi sobrina y no la dejaste quedarse ni una semana. Y hoy, tu hija se ha presentado y ¿cómo la has recibido? ¡Tu propia hija! Si fuésemos más jóvenes, te pediría el divorcio. Ahora ya es tarde. A tu lado solo siento frío, solo frío —le reprochó Jorge con amargura. Claudia se asustó un poco, jamás le había hablado así. Toda su tranquila vida se la truncó aquella hija. Jorge se mudó a la finca y lleva años allí, rodeado de los tres perros rescatados que cuida y de una cantidad indeterminada de gatos. A casa vuelve rara vez. Claudia sabe que visita a su hija Galina y que se lleva muy bien con todos, y sobre todo, adora a la bisnieta. —Siempre fue un bonachón, bonachón se queda. Que viva como le dé la gana —piensa Claudia. Nunca le ha nacido el deseo de conocer a su hija, ni a su nieto, ni bisnieta. Ella va sola a la playa, descansa, recarga energías y se siente de maravilla.