SOLEDAD A DOS
Hace treinta y ocho años, Carmen llevó al que sería su futuro marido, Fernando, a casa de sus padres. Para que le conocieran. Para anunciar que tenían pensado casarse.
Su padre y su madre lo comprendieron todo apenas vieron al extraño en el umbral. Hasta entonces, Carmen jamás había presentado ningún pretendiente en casa. Solía decir:
¿Para qué traerlos? Si alguna vez me decido a casarme, ya os lo presentaré.
Por eso, los padres miraban con muchísima atención al joven que, visiblemente incómodo, se sentaba a la mesa con ellos.
Carmen, sin motivo aparente, salió de la cocina. Su padre fue tras ella.
Estás cometiendo un error. No puedes casarte con él.
¿Por qué? Carmen se puso a la defensiva. ¿Porque es agricultor?
No es solo eso, aunque cuenta. Mira, puede que sea buena persona, pero sois tan distintos ¿De qué vas a hablar con él? Has crecido en familia de militares, tienes estudios universitarios. Y él un chico de pueblo, sí, trabajador, pero muy básico. Se le nota al instante. Si te casas con él, siempre habrá una palabra entre vosotros: intelecto.
Anda, papá Eso son prejuicios. No me importa a qué se dedique. Lo que vale es que me quiere. Nunca es tarde para aprender. Yo le ayudo replicó Carmen, segura de lo que sentía.
Bueno, allá tú. ¿Te acuerdas de lo que se decía? Quien no escucha a sus padres, da tumbos toda la vida. Luego no digas que no te avisé
Hubo boda. La pasión de los primeros meses desapareció, y llegó la rutina.
Fernando, tras muchas súplicas, se apuntó por libre a un módulo de Formación Profesional, pero jamás se puso a estudiar. Carmen le hacía los trabajos, se peleaba con temarios que le eran ajenos. Él fue a un par de exámenes y dejó todo con una mueca:
¿Para qué me sirve esto? Si tú quieres, estudia tú.
Carmen intentó convencerle, inútilmente. Fernando pensaba que lo sabía todo ya, y no iba a perder el tiempo en tonterías.
Mira, haz lo que quieras cedió ella, resignada ya con el tema de los estudios de su marido.
Pensó que, al fin y al cabo, tonto no era. Se había leído toda su biblioteca, se interesaba por la política. En el trabajo le respetaban. Eso sí, olía a campo a kilómetros, pero tampoco importaba tanto. Así se había enamorado, ¿no?
Con los años, la convivencia se complicó. Fernando ya ni consultaba su opinión. Siempre intentaba dejarla en evidencia, demostrando quién mandaba. Opinaba ante extraños sobre cosas que Carmen consideraba tabú, y lo decía con tal suficiencia que ella se estremecía.
Terminó dándose cuenta de que su marido no sabía, ni quería, tomar decisiones complejas. Todos los problemas familiares caían sobre Carmen. Él lo veía natural:
¿Quieres cambiar el baño? Hazlo.
¿Hace falta una nevera nueva? Cómprala tú.
¿Cerrar la terraza? ¿Eso qué tiene que ver conmigo? Si lo quieres, encárgalo tú.
Solo en el huerto no había problemas. La tierra era lo único que apasionaba a Fernando. Y eso es todo.
¿Y eso es poco? preguntaría alguien. No es poco. Pero el huerto es solo tres meses al año. Lo demás, Carmen era esposa y marido a la vez.
Cuando era joven, no le importaba. Pero la carga terminó por pesarle. Fernando, acostumbrado a ser el marido llevado, no pensaba cambiar. ¿Para qué, si todo le iba bien? Jamás le regaló un clavel por San Isidro. Una vez, hablando de regalos, declaró:
¿Te falta algo? Ya te he hecho el mejor regalo dos veces. Míralas corriendo por la casa.
Se refería a sus dos hijas.
Carmen no discutía ni insistía. Lo asumió. Incluso lo excusó: No tiene costumbre de hacer regalos. No se estila en su familia. Lo superaré.
Fernando era huraño ya de joven. No sabía, ni quería, socializar. Al principio, las amigas de Carmen le preguntaban si su marido era mudo. Ella respondía en broma.
A él le enfurecía ver la naturalidad de su mujer con todo el mundo. Despreciaba a amigos y parientes de Carmen, mientras que jamás tuvo amigos propios.
Carmen no solo gestionaba los problemas, sino que además era la que mejor ganaba dinero en casa. Jamás dependió de su marido. Incluso en las épocas de crisis, buscaba trabajos extras. Sabía que él no haría el esfuerzo. ¿No te basta? Gánalo tú. Él iba a trabajar, y punto. Ya podía estar contenta.
Y poco a poco, Carmen comprendió que no tenía nada de qué hablar con Fernando. Si le gustaba una película, él le decía que era una basura. Las suyas, ella no las aguantaba ni diez minutos. Sobre música, libros ni hablar.
Los caracteres tampoco podían ser más distintos: ella, altruista, lo daba todo por él, por las niñas, por sus amigas. Él, egoísta cerrado, solo pendiente de sí. Resultado: cada uno comía algo distinto, no compartían aficiones, el cariño se enfrió, las hijas se fueron. Treinta años juntos, cada uno a su manera. Extraños bajo el mismo techo.
Fernando, por su parte, pensaba que Carmen era una desagradecida que no le respetaba. Le daba igual que ella tirase de todo: ella debe hacerlo y punto.
Por eso, de vez en cuando bebía más de la cuenta y le soltaba a la cara toda su verdad: sobre sus padres enterrados hacía lustros, sobre sus parientes. Juzgaba desde su trono cada palabra, cada gesto. Le insultaba, la humillaba, y se notaba que disfrutaba. Como el señorito que pone en su sitio a la criada.
Cuando se le pasaba la borrachera, no comprendía por qué Carmen ni le hablaba.
Si solo he dicho la verdad protestaba.
Imposible explicarle que esa era solo su verdad. De otra no quería ni oír hablar.
Ahora Carmen se sienta a mi mesa y, con lágrimas en los ojos, confiesa:
Estoy agotada Siempre ando sobre ascuas. Nunca sé por dónde saldrá ni cuándo saltará la chispa. Me canso de buscarle la vuelta, de adaptarme, de tolerar. ¿Divorciarme? ¿Para qué? No se va a ir nunca. Me va a martirizar gota a gota. Y lo peor: él está convencido de que tiene razón en todo. Cada vez que me suelta su verdad, tardo semanas en reponerme. Me recojo a pedazos. La familia, las niñas, ahora los nietos me busco excusas para seguir. Intento llevarme bien, limar las aristas. Pero él lo ve como una victoria, y vuelve a empezar.
Estoy tan cansada que solo quiero gritar pero tampoco puedo irme. Podría dejarle, sí. Pero después, ¿qué? Cuando bebe, pierde el poco juicio que le queda. Si me voy, toda la chusma del barrio se metería en mi casa y lo destrozarían todo. Eso ya lo he vivido.
Así que aguanto Qué rabia me da dejar mi propia casa a la suerte del viento.
¿Sabes? Mientras las hijas estaban en casa, nuestras diferencias no eran tan visibles. No había tiempo de pensarlo, de escucharse a una misma.
Pero ahora, solos los dos, es insufrible. Dos desconocidos bajo el mismo techo Aunque han pasado treinta y ocho años juntos
Sí, tenía razón mi padre El intelecto siempre se interpuso entre nosotrosA veces, por las noches, Carmen se asoma en silencio al balcón. Observa las luces distantes, los pasos lejanos por la calle. Recuerda que, de joven, soñaba con viajar, con escribir, con aprender alemán. Se sonríe al pensar en sus grandes sueños, cómo la vida se los fue deshilachando despacio, hasta dejarlos en jirones invisibles.
Pero aquella noche ocurre algo diferente: mientras Fernando duerme, ella saca del armario una antigua caja de zapatos. Dentro, hay cartas sin enviar, fotos escolares, una pulsera de cuentasy el billete de tren que nunca llegó a usar. Guiada por un impulso, se sienta junto a la ventana. Respira hondo y, por primera vez en años, se permite llorar en voz alta.
La casa queda envuelta en ese llanto nuevo y fresco, como la lluvia tras el polvo. Cuando el silencio regresa, Carmen se da cuenta de que sigue ahí, entera. Tal vez agotada, pero viva. Levanta la carta más reciente de la caja y la lee con voz temblorosa: Querida Carmen del futuro: no olvides quién eres, ni lo que mereces.
Guarda la carta en el bolsillo de su bata. Sabe que mañana será igual. Y al otro también. Pero esa noche no es una derrota: se permite soñar, apenas un segundo, con su vida distinta. No se va. No cede del todo. Al menos, no esta vez.
Allá afuera, asoman despacio los primeros pájaros. Carmen respira hondo, apaga la luz y deja la ventana entreabierta. Por si algún día, muy pronto, decide volar.







