Nuestros parientes vinieron a visitarnos y trajeron regalos. Y pronto exigieron que los pusiéramos sobre la mesa.

Un día, nos visitaron unos familiares. Por supuesto, me avisaron con antelación, y en ese momento les dejé claro que vivimos de manera humilde, apenas llegamos a fin de mes.
Eso no significa que pasemos hambre, pero nuestra vida es sencilla. Estoy jubilada y mi hijo tampoco gana mucho, así que no tenemos recursos para recibir invitados. Aun así, vinieron y no llegaron con las manos vacías: trajeron mucha comida y regalos.
Mi hijo les dio las gracias por los regalos y yo enseguida los guardé. Como ya les había avisado, sabían que nuestra situación económica era apretada. Para comer serví pan con mantequilla, galletas y té. Nuestros familiares comieron con cara de disgusto pero no dijeron nada. A mí no me importó, porque sinceramente ya les había advertido que no teníamos dinero. Vivimos como podemos y les ofrecí lo que teníamos.
En la cena preparamos una sopita ligera, pan, queso cremoso, bocadillos de embutido y más té. Probablemente esperaban algo más especial, así que permanecieron con ese gesto de desagrado.
Uno de los familiares empezó a preguntar por qué no les ofrecimos lo que habían traído. Yo escuchaba sin entender muy bien su queja. No comprendía si los regalos eran para nosotros o para ellos mismos. Si trajeron la comida para su propio consumo, podrían habérnoslo dicho y la habríamos puesto en el frigorífico.
Discutieron un buen rato y, al día siguiente, recogieron sus cosas y se marcharon. La verdad, no me preocupa dónde pasarán la noche. No quiero personas así en mi casa. Al menos, nos dejaron algo: tarta, hígado, nubes de azúcar, fruta… Por lo menos algo útil quedó de su paso. Por la noche, mi hijo y yo nos tomaremos un té y comeremos una deliciosa tarta.
A veces, en la vida, es mejor quedarse con quienes valoran lo que traes a la mesa, y aprender que la sencillez y la honestidad son más valiosas que cualquier festín.

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Nuestros parientes vinieron a visitarnos y trajeron regalos. Y pronto exigieron que los pusiéramos sobre la mesa.
…Sonó el timbre… Sin saludar y empujando a su hijo, la suegra irrumpió en el piso: “A ver, querida nuerita, ¿qué secretos tienes para ocultar a tu marido?”… – ¿Mamá?… ¿Qué pasa, mamá?… Cuando Fede regresó a casa el piso estaba en silencio. Su mujer, Sole, ya le había avisado por la mañana que hoy saldría más tarde del trabajo, porque la dirección había decidido hacer una revisión sorpresa. Entró a la cocina, miró la nevera – no había cena. Fede suspiró, encendió el hervidor de agua, se hizo un par de bocadillos y se acomodó frente a la tele. Pasó algunos canales hasta que encontró uno de boxeo, pero ni siquiera así pudo cenar tranquilo y disfrutar de la pelea. Sonó el timbre y, en la puerta, apareció su madre, Doña Antonia. Entró como un vendaval en el piso, sin saludar y apartando a su hijo del medio. – ¡Fede, escúchame lo que tengo que decirte! Me lo ha contado Valentina. – ¿Qué ocurre, mamá? – preguntó Fede. – Pues que tu mujer, Soledad, tiene otro piso. Lo alquila y se gasta el dinero en sí misma. – Mamá, ¿pero cómo puedes hacer caso a esa Valentina, que va recogiendo rumores y cotilleos por todo el barrio, y tú te quedas embobada escuchándola? – Sé que Valentina a veces exagera, pero esto es cierto. Porque el piso de dos habitaciones de Soledad lo alquila ahora mismo la sobrina de una vecina de Valentina. – La chica se casó hace poco, así que viven allí con su marido y pagan a Soledad quinientos euros al mes y tan contentos, porque dicen que es barato. ¿Lo entiendes? Y lleva alquilándolo más de dos años, no es la primera familia. – Esto sí que no me lo esperaba – dijo Fede pensativo. – ¿Y por qué ella nunca me ha dicho nada? – Cuando venga Soledad del trabajo, pregúntaselo. Aunque ya te lo digo yo: tu mujer está guardando dinero por si se marcha. Va a juntar una buena cantidad y te va a dejar pelado – sentenció Doña Antonia a su hijo. Soledad volvió en una hora y media. En casa la esperaban su marido y la suegra, quien, por supuesto, no se marchó – tenía interés en ver cómo se justificaba su nuera. Para no estar de brazos cruzados, preparó la cena y dio de comer a su hijo. Cuando Soledad entró en el salón, dos pares de ojos la miraban de manera inquisitiva y severa. Empezó la suegra: – A ver, cuéntanos, querida nuera, ¿qué secretos tienes con tu marido? – Ninguno, la verdad – respondió Soledad. – ¿Ninguno, dices? ¿Y el piso de la calle Alcalá, número cuarenta y tres? – ¿Y qué tiene que ver mi piso con secretos de pareja? – se extrañó Soledad. – Lo que pasa es que lo alquilas y le escondes el dinero a tu marido – soltó Doña Antonia. – De verdad, Sole – intervino Fede, que hasta entonces había guardado silencio – ¿de dónde has sacado ese piso? ¿Y por qué nunca dijiste que lo alquilas? ¿En qué te gastas el dinero? – Ese piso era de mi tía abuela, Doña Rosario – respondió Soledad – Que en paz descanse. Falleció hace casi tres años. Te lo conté entonces, Fede; tú dijiste que al menos ya no tendría que ir a verla. – Y cuando te pedí ayuda para el entierro, me respondiste que tenías mucho trabajo y no podías. – ¿Y por qué te dejó el piso a ti? – quiso saber la suegra. – Probablemente porque, aparte de mí, nadie la visitaba. – ¿Y por qué no contaste nada a Fede? – insistió Doña Antonia. – ¿Y qué tiene que ver Fede con mi herencia? – ¿Cómo que qué tiene que ver? Es tu marido – se ofendió la suegra. – ¿Y? – ¿Vas a hacerte la tonta? El dinero del alquiler debería ir al presupuesto familiar, pero tú lo malgastas solo en ti – acusó Doña Antonia. – Sí, lo gasto porque tengo derecho. La herencia es mía y lo que recaude también. No tengo por qué dar explicaciones – contestó Soledad. – Mira, Sole, el año pasado me gasté un dineral en reparar mi coche – intervino Fede – Metí en el taller las dos pagas extras. ¿Y resulta que tú tenías dinero y no dijiste nada? No me lo esperaba. – Fede, ese coche es tuyo, yo casi no lo uso. Cuando te pido que me lleves, siempre me dices que coja un Cabify o un taxi. Solo el año pasado me llevaste tres veces: al mercado, a recogerme del trabajo cuando olvidaste las llaves y para llevarme al centro médico cuando me torcí el tobillo. – Entonces, ¿por qué iba a pagar yo la reparación de un coche que casi ni uso? – ¿Y cuánto dinero has ahorrado ya? ¿Un dineral, seguro? – preguntó la suegra. – Algo hay, pero desde luego no un millón. Oye, Fede, ¿te acuerdas de tus dos hijas, las estudiantes? ¿Les enviaste dinero últimamente? – preguntó Soledad. – Creo que ya trabajan ellas mismas – dijo Fede. – Estudian y trabajan un poco, pero si tienen que pagarse todos los gastos, no podrán seguir con la universidad. – Vale, ¿pero por qué no contaste lo de la herencia desde el principio? – preguntó el marido. – Porque no quería este interrogatorio hace dos años y medio. Y también porque he visto lo que pasó con la esposa del hermano menor de tu madre y su piso antes de casarse. – ¿Qué pasó, según tú? – Os pasasteis un año diciéndole que para qué necesitaba ese piso, que mejor lo vendiera y comprarais un chalet. Lo vendió, comprasteis el chalet y lo pusisteis a tu nombre, Doña Antonia. Ahora ella no puede ir cuando le da la gana, ni puede llevar amigos si le apetece. Para eso, mejor no tener trato. – ¡Menuda sinvergüenza, Soledad! Solo piensas en ti – exclamó la suegra. – Aprendo de usted, Doña Antonia – contestó la nuera. – ¡Fede, has oído? ¡Tu mujer me falta al respeto! – La verdad es que solo digo lo que pienso… Ahora que habéis sabido lo de la herencia habéis venido corriendo. ¿Para qué? – preguntó Soledad. – Para contarle la verdad a Fede. – ¿Y ahora qué? – Exigirte que no escondas el dinero y lo aportes a la familia. – Ya lo aporto, pero para lo que yo creo necesario. No para tu coche ni para reformar tu chalet. – Podríamos decidir juntos en qué gastarlo… – dijo la suegra. – ¿Insinúa que, a mis 46 años, no sé administrar mi propio dinero? – Hay que pensar también en los demás – saltó Doña Antonia. – ¿En quiénes? ¿En usted? Por eso no lo conté, para usar el dinero en beneficio de mis hijas y en lo que yo decida. Así que así seguirá siendo. Y, sinceramente, Doña Antonia, le conviene olvidar que existe esa herencia, como si nunca hubiera existido – zanjó Soledad. – ¿Vas a gastar el dinero sola? – Sí. – ¿Y no lo compartirás con tu marido? – preguntó la suegra. – Lo compartiré si lo veo necesario. Ya lo he dicho: se gastará en mi familia. – Entonces, yo no formo parte de la familia, ¿no? – Doña Antonia, mi familia somos yo, mi marido y nuestros hijos. Los demás, son parientes – concluyó Soledad. Así que Doña Antonia no logró sacar nada de su nuera aquel día, aunque más de una vez intentó reclamar, según ella, “su parte justa”. Pero todos los intentos de Doña Antonia no sirvieron con Soledad. No dio su brazo a torcer; como decimos aquí, quien avisa no es traidor…