Mi abuela, una mujer muy enérgica y excéntrica, tiene un gato que recogió en algún contenedor y lo e…

Mi abuela, una mujer con una energía desbordante y cierta excentricidad tan castiza, tenía un gato al que recogió, literalmente, en un rincón de la plaza del barrio, y al que educó en los más altos ideales de libertad y derecho al pleno desparpajo personal. Cuando decidió irse, con sus ochenta años y alardeando juventud, a un balneario en Sierra Nevada para esquiar, no se lo pensó dos veces: trajo a su gato, de nombre singular, Carmelo, a mi piso de Madrid sin consultar ni conmigo ni, por supuesto, con Carmelo.

Carmelo era un portento: enorme, atrevido, deslavazado. Tenía la cara llena de cicatrices, una oreja rasgada, y el pelaje era una mezcla de rojizo y gris tan sucio que jamás nadie logró limpiar esos nueve kilos de puro demonio, ni siquiera la abuela con todas sus mañas. Carmelo salía al patio como quien sale a cumplir con su jornada laboral; hasta el día en que no quedó gato en el vecindario, y las gatas con sus cachorros siempre esperaban a que él regresara, con el respeto que se le tiene a un jefe.

Me dejó mi abuela una lista de instrucciones para tratar la delicada psicología felina, junto a un sobre con unos cuantos euros para alimentar a su querido animal, y, entre lágrimas contenidas, nos despedimos todos: abuela con gato, yo con la paz. Carmelo, casi cabizbajo aunque ronroneaba, acompañó a la abuela hasta la puerta y le rasgó un último miau ronco antes de que empezara el espectáculo.

Intenté, bien lo recuerdo, alimentarlo, entretenerlo, dejarle salir a explorar. Nada. Carmelo se apostó en lo alto del armario y me obsequió un concierto de maullidos tan ásperos que los vecinos vinieron a preguntar por mi nuevo instrumento musical. Las súplicas no sirvieron de nada. El gato combatía la nostalgia como podía, y tuve que armarme con una escoba.

Ese peso, el de nueve kilos, acabó ganando a las dos de la madrugada. Allí estaba yo, en la casa destruida, observando con ternura cómo mi peludo compañero dormía plácidamente en lo que quedaba de mis flores secas, el resto de mi pequeña alhaja.

El amanecer fue abrupto: nueve kilos aterrizaron sobre mi cuerpo maltratado. Si nunca has sentido eso, te aseguro que despierta hasta a un muerto. El empeño de Carmelo por hacerme más ágil, por poner a prueba mi reacción, iba avanzando poco a poco. Cayendo por el pasillo, con el gato lanzándose como una flecha por detrás de mis pies o desde lo alto de los armarios, tuve que recordar ejercicios de gimnasia del colegio. No arañaba ni ensuciaba, eso sí: jugaba conmigo como si fuera una ratona nueva, y no hay duda de que lo disfrutaba.

Por mi honor, Carmelo se sentaba en el sofá y parecía sonreír. En una semana aprendí a esquivarle. A Carmelo no le gustó, pero reconocía sus fallos y se retiraba cabizbajo, aunque jamás dejaba de entrenar.

Agotada por este combate sin fin, decidí sobornarlo. Sabía que Carmelo tenía especial aprecio por la carne cruda y fresca (las latas, latas son, pero un depredador es siempre un depredador). Y así, tras una cena anárquica, pensé que esa noche dormiría por fin.

Qué despertar más glorioso. Me levanté sola, en silencio. Me estiré, me giré y, al meter la mano bajo la almohada, salté gritando. Algo se movía debajo.

Era un gorrión, a medio ahogar y cubierto de babas, y Carmelo exhibía con orgullo su rostro satisfecho. Toma, que cada uno devuelva el favor, le faltó decir, como buen manchego.

Y así fue. Si perdía, el gato clamaba enfurecido y exigía carne; si lograba esquivarle, el silencio reinaba, aunque al despertar siempre había algún premio desagradable en la almohada: una rata gorda o cualquier otro bicho. Carmelo jamás comprendió por qué yo repudiaba sus trofeos ganados con tanto esfuerzo. Carmelo era tozudo y muy directo.

Acepté mi derrota. Dejé caerme sin protestar, ignoré al gato trepando por las paredes y solo le serví pienso, ni una pizca de carne. Él, incrédulo, me seguía por toda la casa, mirándome a los ojos, intentó de nuevo reclamar a su manera, pero fui firme. Finalmente, tras meditarlo, soltó un ¡Bah! y salió a deambular.

Cabe mencionar que Carmelo escapaba por los balcones para no depender de nadie, y regresaba por los mismos, saltando en zig-zag entre los bloques, todo en el sexto piso.

Por la mañana, escuché: ras, ras, ras, algo arañando el metal. Al mirar, vi a Carmelo, con una enorme lubina entre los dientes, intentando trepar desde el balcón de abajo. Se resbalaba, pero seguía. Le grité: ¡Suelta el pescado, animal, te vas a caer! Él se tiró al balcón vecino, mordió un trozo y entró triunfante, con la cola de la lubina. Y la dejó, altivo, junto a mi cama. Su expresión lo decía todo:

¿Ahora sí?

Nunca supe de quién era aquel pescado en el balcón.

Carmelo volvió a su territorio y yo aún, temblando, visito a la abuela. Y hay que ver cómo le brillan los ojos a Carmelo cuando me ve llegar.

La partida sigue…

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