Temo perderte

Pues aquí es donde vivo, dijo sonriente Leoncio, invitando a la joven a pasar al piso.
Pasa, tú tranquila, que ahora vuelvo.
Clara entró dudosa, con cautela, y echó un vistazo nervioso a su alrededor sin apenas descalzarse.
Había algo que la inquietaba
Cuando él regresó al recibidor, se encontró con la mirada de puro terror de la joven; las manos le temblaban y, sin mediar palabra, salió corriendo del piso.
¡Clara!
¿Adónde vas?
Leoncio miró asombrado la puerta abierta, luego a su perra, Marta, que le miraba con ojos fieles Jamás habría imaginado que una noche tan prometedora terminaría así.
¿Que se fue corriendo y sin decirte nada?
preguntó incrédulo Víctor cuando Leoncio le contó lo ocurrido.
Nada, ni una palabra.
Parecía como si hubiera visto un espectro.
Leoncio sostuvo la jarra de cerveza pensativo, dio un sorbo y la posó de nuevo sobre la mesa con gesto contrariado.
No lo entiendo ¿Qué pudo asustarla tanto?
Hombre, pueden ser mil cosas.
¿Has intentado preguntárselo directamente?
Lo habría hecho, Víctor, pero desde anoche no contesta el móvil.
¿Has ido a buscarla a casa?
No Solo la acompañé hasta el portal, ni siquiera sé qué piso es.
Vaya jaleo raro
Ya ves Tan bien que iba todo y de pronto, ¡patapum!
Quizás no está todo perdido.
¿Por qué te pones en lo peor?
No sé tengo la sensación de que se echó atrás y ya no quiere saber nada.
El lunes la verás en el trabajo y aclararéis las cosas.
Luego ya verás qué hacer.
La primera vez que Leoncio vio a Clara fue en un autobús atestado de gente en pleno centro de Sevilla.
Nadie quiso ceder el asiento a la muchacha y fue él quien se levantó.
Durante el trayecto no dejó de sonreírle, cautivado por su presencia.
Hubiera deseado entablar conversación, pero tenía prisa y nunca le había gustado ligar ante la mirada de desconocidos.
¿Qué le iba a decir?
Hola, soy Leoncio.
Aquí tienes mi número, llámame esta noche después del trabajo Menuda ridiculez, pensó.
Por eso, al bajar, ni siquiera esperó a que ella descendiera.
Se dirigió directamente a la oficina, pero por alguna razón sentía que la joven le seguía.
No quiso volverse, convencido de que era sólo un deseo.
Intentó concentrarse en su trabajo, pero la imagen de la desconocida volvía una y otra vez.
Cada vez que revisaba sus documentos o el correo, le venía a la cabeza su sonrisa y aquellos ojos profundos.
Sentía que algo especial le estaba pasando.
Casi se cae de la silla cuando, una hora después, vio entrar en la oficina a su jefe, don Fernando, acompañado precisamente por aquella muchacha.
Os presento a vuestra nueva compañera, anunció sonriente el director.
Leoncio estuvo a punto de pensar que lo había soñado.
Pero cuando ella se le acercó y dijo:
Clara, con dulzura genuina, muchísima confianza, por favor.
Leoncio, encantado balbuceó él, algo aturdido, incapaz de articular nada más.
Dentro sentía que su vida entera se agitaba.
Algo se agrandaba en su pecho de manera incontenible.
A partir de entonces, cada vez que la veía por los pasillos del trabajo, sentía unas ganas irrefrenables de hacer cualquier locura sólo por ver una sonrisa suya.
Aquella misma tarde, paseando con Víctor y sus perros por el Parque de María Luisa, le contó todo sobre la nueva compañera.
Víctor enseguida supo de qué iba la cosa.
Leoncio, amigo, te has enamorado.
¿Tú crees?
Lo sé.
Me pasó igual con Daniela.
La vi y supe que quería estar con ella toda la vida.
Eso es justo lo que siento cuando veo a Clara.
Pues tendrás que lanzarte.
Invítala a una caña, una peli, lo que sea.
¿Y si me dice que no?
Si no lo intentas, seguro que no pasa nada.
Y si te asustas, otro se te adelanta.
¿Y si ya tiene novio?
En ese caso, quedáis de compañeros y punto.
Pero deberías probar, a malas no pierdes nada.
Leoncio se atrevió.
Al terminar la jornada, se plantó en la parada de bus, sonrió, se puso un poco rojo, pero se armó de valor y preguntó:
Oye, igual es una locura ¿Te apetecería tomar algo esta tarde?
¿Café, o quizás una peli?
Clara sonrió y aceptó.
Tomaron un café por Triana, pasearon hasta la madrugada por la ciudad dormida, y él la acompañó hasta el portal de su casa.
Todo fluyó aún mejor de lo que jamás hubiera imaginado.
Regresó tan contento que decidió sacar a Marta a pasear bien entrada la noche, cosa que la perra agradeció con brincos y lametones.
Aquel día no pudo pegar ojo, soñando despierto con pedirle matrimonio a Clara, con una vida familiar, hijos corriendo por los parques de los alrededores de Sevilla los domingos
Estaba convencido de que aquellos sueños pronto serían una realidad.
Pasaron tres meses inolvidables.
Los mejores de su vida.
Fueron a cenar a la Calle Betis, disfrutaron de pelis románticas bajo el cielo primaveral, se besaron bajo la lluvia templada sin preocuparse de miradas ajenas.
Clara era maravillosa.
Tierna, dulce, ocurrente y de una simpatía arrolladora.
Leoncio agradecía al destino haberla encontrado.
Solo había una pequeña dificultad
Leoncio vivía solo y, por tanto, nadie más que él podía sacar a pasear a Marta.
A veces proponía hacerlo los tres juntos, pero Clara siempre rehusaba, excusándose o cambiando de tema.
Mejor solos, ¿no?
Si quisiéramos tomar algo o entrar en el cine, la perra tendría que quedarse fuera.
Sí, tienes razón, cedía él.
Cuando, finalmente, Leoncio le propuso que fueran a vivir juntos, Clara aceptó casarse algún día, pero siempre posponía lo de mudarse.
Es que le prometí a la dueña del piso que aguantaría hasta final de año, me sabe mal dejarla tirada decía con apuro.
No pasa nada, yo pago los meses que falten.
Pero ven, quiero que conozcas mi casa, y a Marta, verás que bien.
Clara, aunque apagada, aceptó.
Amaba a Leoncio y pensó que podría superar sus miedos.
Pues aquí es donde vivo, repitió él, animado, abriéndole la puerta tú pasa, que ahora vuelvo.
Clara cruzó el umbral, con el alma temblorosa.
En cuanto Leoncio reapareció, los ojos de la joven reflejaron un terror profundo, las manos le temblaban.
Sin pronunciar palabra, escapó por la puerta.
¡Clara!
¿Qué pasa?
Leoncio miró perplejo la puerta y a Marta, que observaba la escena moviendo la cola.
Intentó llamarla, pero Clara no contestaba.
Así que Leoncio buscó a Víctor para desahogarse y ver si su amigo podía arrojarle algo de luz.
Espera al lunes le animó Víctor.
El lunes la verás en el trabajo y habláis.
La noche antes del lunes, Leoncio apenas durmió.
Pasó el trayecto en el bus pendiente de cada rostro, pero no vio a Clara.
Estaba a punto de pedir el día libre para buscarla, cuando la vio llegar andando, con el pelo suelto, empapada en lágrimas.
¡Clara!
Ella se detuvo en seco y, al verle, bajó la cabeza.
¿Qué te pasa?
¿Por qué huiste?
¿Por qué no contestas al móvil?
Leoncio le cogió la mano ¿No quieres casarte conmigo?
¿Ni vivir conmigo?
Estoy hecho un lío.
Leoncio, lo siento No puedo vivir contigo murmuró ella, rompiendo a llorar.
¿Por qué?
¿Te he hecho algo mal?
No.
Entonces, ¿qué ocurre?
Entre lágrimas, Clara buscó sus ojos.
Tengo miedo
¿Miedo de qué, cariño?
De los perros.
¿Marta?
¡Pero si ya te dije que es más buena que el pan!
Él pensó: Total, era esto
No lo entiendes, no es solo tu perra.
Es que a los seis años me atacó un bull terrier Me dejó marcada.
Nunca me lo contaste
Es que no puedo ni recordarlo.
Pero desde entonces no puedo acercarme a un perro.
Al aire libre me apaño, cruzo de acera o me junto con otra gente, pero vivir bajo el mismo techo con una perra grande es superior a mis fuerzas.
Pero podríamos intentarlo
Lo intenté, de verdad.
Pero me entran ataques de pánico.
No es culpa tuya ni de Marta, es algo mío.
No puede ser suspiró Leoncio, luego le contó todo a Víctor La quiero y sé que me quiere.
Pero así no podemos vivir juntos.
¿Tiene sentido?
No irás a deshacerte de Marta, ¿verdad?
preguntó serio Víctor.
¡Jamás!
Leoncio se indignó.
Pues tendrás que luchar.
El miedo a los perros se supera, no es una alergia.
A ver si una psicóloga puede ayudarla.
Ya lo ha intentado.
Dice que lo intentará de nuevo, pero no promete nada.
Bueno, lo importante es que quiere intentarlo.
No te ha pedido que escojas entre ella y la perra.
Eso ya dice mucho.
¿Y qué hago?
Dad paseos juntos, en lugar de quedar en tu piso.
Que vea que Marta es inofensiva.
Poco a poco, en sitios tranquilos, sin gente alrededor, que se habitúe.
¿Crees que funcionará?
preguntó Leoncio, esperanzado.
¿Por qué no?
Lo importante es intentarlo.
Un sábado por la mañana, Clara salió del portal y se sorprendió al ver a Leoncio esperándola con un todoterreno.
¿De dónde sacaste el coche?
Me lo ha prestado un amigo.
Suelen llevar el perro en el maletero, hay espacio de sobra.
Tú irás conmigo delante, tranquila.
El plan era ir los tres al bosque, a las afueras de la ciudad.
Al llegar, se calzaron botas de lluvia había llovido mucho los últimos días y pasearon entre encinas y alcornoques.
Leoncio jugó con Marta a la pelota, manteniéndola alejada por si acaso.
¿Cómo vas?
preguntó él.
No sabría decirte contestó Clara, sin quitar ojo a Marta.
Entiendo que tengas miedo, le dijo suavemente.
Pero no todos los perros son iguales.
Los hay tan nobles como los mejores hombres.
Lanzó la pelota y Marta ladró alegre, corriendo tras ella.
Clara se estremeció.
¿Ese ladrido es de enfado, verdad?
No, mujer, se rió Leoncio abrazándola es porque está feliz.
Es su juguete favorito.
Marta trajo la pelota y esperó pacientemente.
¿Quieres intentarlo?
sugirió Leoncio.
Me da miedo
Haz la prueba con los ojos cerrados.
Solo una vez.
Lenoció, riendo, le puso la pelota en la mano, Clara cerró los ojos y, con más ímpetu que acierto, la arrojó bien lejos.
¡Bravo!
celebró él ¡Marta, tráela!
La perra salió disparada, feliz.
La tensión de Clara se fue suavizando poco a poco.
Decidieron regresar.
Marta, sin embargo, no volvía.
Su ladrido se oía desde la maleza.
Voy a ver qué pasa murmuró Leoncio, algo molesto.
Voy contigo, dijo Clara, temblando pero decidida.
Entre zarzales llegaron al claro donde Marta ladraba furiosa hacia su pelota, varada en un charco enorme.
Ya entiendo, sonrió Leoncio.
¿El qué?
A Marta le asusta el agua.
La recogí de cachorro de un río y desde entonces no se acerca ni a los charcos.
Clara miró el charco.
¿Y si es peligroso?
¿Esto no será una ciénaga?
Sólo es un charco.
¡Ahora vuelvo!
Pero al entrar, el barro le absorbió las botas hasta la rodilla.
El agua le llegaba casi a la cintura y sintió el tirón del fango.
¿Estás bien, Leoncio?
Sí pero mejor no moverse mucho.
No podía avanzar ni retroceder.
La angustia asomó a sus ojos.
¡Ayúdame, busca una rama larga!
gritó Leoncio.
Clara sacó el móvil, pero allí no había cobertura.
El pánico la invadió al pensar en acercarse a Marta; pero al ver la desesperación en los ojos de la perra, algo en su interior cambió.
Por Leoncio, lo que sea.
Miró a su alrededor y halló una gruesa rama, corrió hacia la orilla, la tendió hacia él y tiró con todas sus fuerzas.
Marta, comprendiendo el momento, se unió a la causa, agarrando la manga de Leoncio con los dientes.
Entre las dos lograron sacarle del fango; cayeron exhaustos sobre la hierba.
No sé qué sería de mí sin vosotras Leoncio les abrazó.
He pasado miedo jadeó Clara.
Espero que no hayas ganado otro trauma, bromeó él.
Sí, pero diferente, sonrió Clara He descubierto que el peor miedo es perderte.
Entonces abrazó a Marta con cariño.
Gracias, preciosa, gracias por cuidar de nosotros.
Aquella noche, después de una ducha caliente y una cena reconfortante, los tres se acurrucaron en el sofá viendo películas de perros.
Y mientras la lluvia golpeaba los cristales, comprendieron que el mayor miedo en la vida es perder a quienes se aman.
Pero mientras sigan juntos, ningún miedo será insuperable.

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