Salen los dos del hospital maternoinfantil. Nadie les espera fuera, no hay cámaras, ni ramos de flores. Y tampoco tendría mucho sentido que le regalaran flores a un hombre.
No, la madre está viva y le va todo bien. Salvo porque el niño no le importa en absoluto. Ella se lo dijo a su marido desde un principio, sin ocultar nada. Pero él insistió, suplicó, incluso llegó a insinuar alguna amenaza pequeña.
Él ya tiene casi cuarenta años y no ha tenido hijos todavía. Quizá esta sea su única oportunidad de dejar algo suyo en el mundo. Se pusieron de acuerdo Ella dio a luz, inmediatamente se divorciaron y la madre aceptó sin ningún problema pagar la pensión mensual.
Al principio, Basilio quiso rechazar el dinero por orgullo. Pero su ex esposa fue muy clara:
La vida es larga, puede pasar de todo. Tú ya no eres un chaval, y yo te llevo muchos años. Aunque yo no quiera al niño, es mi hijo, y al menos así tendréis uno colchón de seguridad para el futuro.
Empezaron días inquietos, pero Basilio no se venía abajo. ¡Cuántas madres solas hay! ¿Por qué él iba a tenerlo más difícil? Y hoy en día, hay muchos niños de familias diferentes. Así que Basilio no veía ningún problemacomo si los niños, por estar en manos de un hombre, fueran a marchitarse. Nada de eso: Diego Basilio crece, engorda y es un niño muy feliz.
Pero cuando el pequeño Dieguito crece un poco, empiezan las preguntas sobre su madre. ¿Cómo le cuenta uno a un niño que su madre no le quiere absolutamente nada? Basilio toma un rodeo:
Te encontré en un sótano.
¿En cuál?
En ese que hay en la casa de al lado.
Desde esa tarde el sótano atrae a Diego como un imán. En los paseos, cuando su padre se despista, él se asoma a las ventanillas de ventilación y llama bajito a su madre. Pero su única respuesta es siempre el silencio
Hasta que un día un día Diego oye algo. El corazón de niño se le para un segundo y luego late tan fuerte que ya no puede oír nada más que esos golpes dentro del pecho. La puerta del portal está entornada y Diego corre hacia el sótano. Al principio, todo es oscuridad, pero pronto sus ojos se adaptan. Se adentra entre los trastos, intenta gritar, llamar, pero un nudo le aprieta la garganta y sólo puede susurrar entre lágrimas:
Mamá, mamita, ¿estás ahí? Soy yo, Diego ¡He venido a buscarte!
Pero no hay respuesta. Diego se detiene, solloza y agudiza el oído. De algún rincón llega un leve ruido y, secándose las lágrimas con el puño, avanza hacia allí.
Seguro que mamá está muy enferma, por eso no ha salido ni le ha encontrado. Pero no pasa nada: él la va a encontrar y ella va a alegrarse tanto, tanto
Diego sigue el ruido, llorando y sonriendo a la vez. Todos sus amigos tienen madre y ahora él también va a tener. Pero en la esquina, en un montón de mantas, lo que le espera a Diego es una gata. Una gata que lo mira recelosa y esconde bajo su vientre a un pequeño gatito.
¿Mamá?
El desengaño le rompe el alma, las piernas le fallan y cae sentado al suelo. Después levanta la cabeza y vuelve a mirar a la gata…
Cuando sólo tienes cinco años, piensas de otra manera; la lógica a esa edad es diferente. Y a veces mucho más honesta y sencilla que la de los adultos.
Diego mira a la gata y se le ocurren muchas cosas. Recuerda a Rocío, de su clase. Ella, presumiendo de su melena, jura que su padre es un centauro. Y Antonio asegura (y ha demostrado) que el suyo es extraterrestre. ¿Por qué él no puede tener una madre gata?
La gata entiende que ese niño no le va a hacer daño, ni a ella ni al gatito. Se le acerca despacito y le acaricia la mano con la cabeza.
¿Entonces eres mi madre?
Diego lo pregunta con tanta ilusión y con tantas ganas de creer, que acaba convenciéndose él solo. Nadie podría llevarle la contraria en ese momento. El niño abraza a la gata y ella se le enrosca, aceptándole
Basilio tarda un rato en notar la ausencia de su hijo. Cuando se da cuenta, empieza a buscar por toda la plaza, mira bajo los bancos, entre los setos.
¡Diegooo! ¡Dieguito, sal ya! ¡Diego, ¿dónde estás?!
Pasados unos minutos eternos que le añaden canas, Diego aparece desde el sótano.
Camina despacio, acurrucando la gata y el cachorrillo, y al acercarse a su padre le dice:
He encontrado a mamá. Y creo que esta es mi hermana pequeña Estaban en el sótano donde tú me encontraste.
Basilio se queda de piedra, no sabe ni qué contestar. ¿Decirle la verdad de golpe? ¿Pero cómo? Así que asiente.
¿Y cómo sabes que es ella?
Diego se encoge de hombros.
Lo sé ¡Es como me mira! Papá, vamos a casa. Creo que mamá está cansada.
Diego está feliz: ¡ha encontrado a su madre! Y qué más da que al final la hermana resulte ser hermanomejor aún, así podrá jugar a juegos de mayores y por la noche mamá les contará cuentos ronroneando.
En la guardería, le entienden perfectamente. ¡Pues claro, madre gata! Si el padre de Nico es un avión y hasta tiene foto.
Basilio sigue dándole vueltas, no sabe cómo sacar el tema ni cómo explicar que las cosas en realidad no son así. Pero al ver a Diego tan feliz, acaba dejando el tema correr. Ya se arreglará
Desde entonces la casa es un caos: Diego y los gatos brincan y desordenan todo. La gata es joven y le encanta liarla con los niños.
¡Me tenéis harto! protesta Basilio al poner la casa en orden.
Diego, el cachorro y la gata se detienen, se miran entre sí y luego a Basilio Se encogen de hombros y siguen corriendo la juerga. ¿Que por qué? Porque mamá les ha dado permiso.






