Chica, sienta a tu hijo en tu regazo

Señorita, siente a su hijo en el regazome soltó una señora grande, más o menos en sus cincuenta, con voz de mando. Por cierto, yo había comprado el billete para mi hijo en el autobús y pagué 78 euros por él.

Ese día llevaba a Álvaro a casa de su abuela. En mi familia es el chico mayor, aunque solo tiene cinco años, pero todos lo ven como si fuese un estudiante de primaria. Además, en casa lo tratamos como a un adulto: por eso siempre le compramos asiento propio en el autobús. Se porta bien y, francamente, es alto y pesa bastante, resulta imposible tenerlo a cuestas. Ni él ni yo estaríamos cómodos, y encima podría dejar tachuelas de barro en los pantalones de otros pasajeros si se sentara en mi regazo. En fin, mi hijo debe ir sentado en su asiento, así todos viajamos más a gusto.

Justamente ese día Álvaro iba pegado a la ventana y yo en el asiento de al lado. Nos pusimos delante para bajar antes que los demás. Le expliqué al conductor que había comprado billetes para ambos, para que no intentara encasquetar otro pasajero en el asiento.

Salimos de Madrid. En plena carretera el autobús se detuvo por una señora robusta. Quedaban asientos vacíos detrás, así que el conductor paró. Cuando la señora irrumpió (no puedo describirlo de otro modo), el autobús tembló un poco, y los pasajeros nos quedamos mudos viendo cómo se encaramaba al habitáculo. Cuando por fin se sentó y cerró la puerta detrás, se oyó el suspiro resignado del chófer. El bus reemprendió la marcha y la señora continuó avanzando hacia la zona de los pasajeros.

Chica, pon al niño en tu faldame ordenó la señora, toda convencida. Le expliqué que había pagado por el asiento de mi hijo y que no pensaba ponerle encima. El conductor me apoyó, sugiriendo que la señora se desplazara al fondo, que había sitio. Ella farfullaba que tenían que buscarle un asiento, porque para nosotros era más fácil movernos, y que ella siempre se sentaba en la ventana, ya que era asidua en esa ruta.

Yo no cedí el asiento, y el autobús cogió velocidad mientras la señora seguía girando por el pasillo, plantada junto a nuestros asientos sin intención de ir a la parte de atrás. Por dentro estaba que hervía, pero no quería montar el numerito delante de Álvaro, así que empezamos a charlar los dos para distraernos. Ella, viendo mi tranquilidad, se alteró incluso más: ¡Venga, mueve al niño y déjame sentarme, ¿acaso no lo entiendes?!gritó furiosa. Le respondí relajada que no iba a cederle el sitio. Mi hijo es grande y tiene su billete propio. Y como subimos primero, nos sentamos donde nos pareció. Que aquí no hay asientos reservados.

El conductor seguía a lo suyo, demostrando que no era la primera vez que le pasaba algo parecido. Al principio los compañeros de viaje ignoraban el asunto: unos con cascos, otros dormidos. Poco a poco, empezaron a intervenir: Señora, hay asientos libres más atrás. No grite, que esto no es su casa. Pero ella insistía en que no podía pasar, que le costaba por su tamaño. Aunque todos sabíamos que eso estaba más que calculado: lo que quería era nuestro sitio, donde se ve todo Madrid desde la ventana.

El follón fue creciendo. Y entonces, llegó el momentazo. El conductor frenó, salió de la cabina, cogió las bolsas de la señora, las dejó fuera y la acompañó hasta la puerta. La mujer, boquiabierta y haciendo aspavientos, ni se enteró de cuándo el chófer volvió al volante y arrancó de nuevo. Silencio absoluto en el autobús.

Entre todos hicimos una colecta para compensar al conductor por el dinero perdido por la señora expulsada. Al llegar a destino, le dimos el dinero, y el hombre, eufórico, prometió que nunca más dejaría subir a la señora, que solo servía para montar pollo cada vez que se subía. Y todos le creímos, aunque en España nadie es capaz de resistirse a una bronca durante mucho tiempo.

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Entre Tareas y Sueños