Entrada de diario 12 de enero
Hoy ha sido un día que difícilmente olvidaré. Todo empezó cuando papá y yo salimos juntos por las afueras de Salamanca después de una gran nevada nocturna. Íbamos caminando lentamente, disfrutando del silencio que envuelve el campo cuando está cubierto de nieve, cuando de pronto vimos algo raro entre las encinas. Al acercarnos, descubrimos con asombro a un ciervo atrapado hasta el pecho en un montón de nieve. No podíamos simplemente irnos y dejarlo allí, sabiendo que podría morir congelado. Sin dudarlo, cogimos las palas del coche y comenzamos a quitar la nieve todo lo rápido que podíamos, trabajando codo con codo, como si lo hubiéramos hecho toda la vida.
Mientras estábamos ocupados con el primer ciervo, escuchamos un sonido débil a pocos metros. Al mirar, vimos a otro ciervo en apuros, atascado también. Al liberarlos a los dos, nos dimos cuenta de que probablemente estaban luchando por la poca comida que se puede encontrar en estos días fríos. Pensar que, de no haberlos encontrado, ambos habrían quedado atrapados y muy posiblemente habrían muerto. Me reconforta saber que nuestra ayuda marcó la diferencia.
De vuelta a casa, convencidos de que ya habíamos hecho suficiente por el día, notamos una pequeña caja de cartón arrinconada junto a un contenedor en la calle. Al abrirla, el corazón se me encogió: dentro había seis diminutos gatitos. Cuatro yacían inmóviles; el frío había sido más fuerte que ellos. Los otros dos apenas respiraban, temblando. Mi padre y yo nos miramos desesperados; sabíamos que, si no hacíamos algo rápido, esos pequeños tampoco sobrevivirían. Cogí la caja y corrimos a casa.
Mientras papá avisaba a mamá por teléfono, yo busqué toallas, agua templada y una manta térmica. Los envolvimos con suavidad y les dimos calor, cruzando los dedos para que aguantaran. Han pasado horas difíciles, pero con cariño y mucha paciencia, ambos se han recuperado. Verles ahora, ronroneando calentitos y agradecidos, me llena de alegría.
Sin embargo, aún recuerdo la mirada de la madre gata cuando la vi antes, cerca del contenedor, temblorosa y esperando a que alguien la ayudara. Al menos sé que pude ayudar a dos de sus pequeños, y siento, aquí sentada con mi taza de chocolate caliente, que hoy el mundo ha sido un poco mejor gracias a un pequeño acto de bondad.
P.D.: En un mundo que muchas veces parece olvidarse de los animales y de los indefensos, espero que nunca pierda la capacidad de detenerme y ayudar, aunque solo sea un pequeño instante compartido bajo la nieve salmantina.







