Mi marido, Javier, y yo llevábamos juntos más de veinte años. Nuestra vida era tranquila, sencilla. Teníamos una casita en la sierra cerca de Segovia a la que íbamos todos los fines de semana. Javier solía encargarse de limpiar el piso de Madrid mientras yo preparaba la comida. Yo pensaba que envejeceríamos así, juntos, como toda la vida. Pero de repente, un día, Javier soltó la noticia:
Carmen, lo siento. Me voy de casa. He conocido a otra mujer y me he enamorado profundamente de ella.
A mis treinta y ocho años, tonta no era. Sabía perfectamente que Javier tenía un lío desde hace tiempo; no era tan ciega. Intenté no hacer una tragedia de aquello, pensando que jamás se atrevería a dejarme. Las «amables» vecinas incluso me mandaban fotos de Javier paseando con su amante por Gran Vía. Aguantaba el chaparrón. Y de pronto, va y me dice que se va para siempre. Eso sí que me pilló completamente desprevenida.
Por suerte, nuestra hija, Inés, estaba en ese momento de vacaciones con sus amigas en la playa, en Valencia. Para sobrellevarlo, se lo conté directamente a mis amigas.
Nos reunimos todas en mi salón, como un consejo de sabias. Una amiga me propuso hacerme un cambio de look y buscarme un nuevo novio. Otra me animó a ir al mercado de El Rastro a buscar una bruja para que me devolviese el marido. La tercera insistía en que debía lanzarme de cabeza a una nueva relación.
Pero Pilar, la más sensata, me dijo: Tú sigue igual que siempre, Carmencita. Ya verás, todo pasa. ¡Pero si me muero por dentro! protesté. Toca aguantarse, ¿qué remedio? El tiempo cura. Haz la comida, limpia, vete a trabajar, disfruta de tus series y de tus libros. ¿Pero para quién voy a cocinar ahora? ¿Para quién? ¡Para nosotras! ¡Iremos todas las noches y acabaremos con todo lo que prepares!
Les agradecí sus locos consejos, pero durante días no supe a quién hacer caso.
Finalmente, opté por visitar a la bruja que está cerca de Lavapiés. Llevé una foto de Javier y la otra mujer. La adivina sacó las cartas, hizo un ritual con una vela y me aseguró que Javier volvería conmigo en dos semanas.
Pero ni a las dos semanas, ni al mes regresó Javier. Y, de paso, me dejé media paga del mes en la consulta. Me sentía tan sola y tan vacía sin él que empecé a comprar pasteles y dulces sin parar. En solo dos semanas subí siete kilos.
Entonces decidí hacer borrón y cuenta nueva. Limpié todo el piso de arriba abajo, hasta que relucía, cambié las macetas, moví los muebles de sitio y el salón quedó cálido y acogedor. Luego me apunté a clases de sevillanas, a ver si, de paso, bajaba el peso ganado con tanto dulce. Todos los días cocinaba esa sopa castellana que le encantaba a Javier. Y, como prometieron, mis amigas llegaban cada noche y arrasaban con todo. Cuando se iban, me sentaba a ver mi serie preferida, Juego de Tronos.
Javier y yo siempre quisimos verla juntos, pero nunca encontrábamos el momento. Ahora, me enganché yo sola, en mi sofá.
Una noche, sin esperarlo, se abrió la puerta. Javier cruzó el umbral. Se paró un momento, admirando lo limpio y acogedor que estaba el piso. El olor a sopa castellana llenaba la casa. Allí estaba yo, tranquilamente en el sofá.
Carmen, buenas noches. Vengo a recoger cosas que dejé la otra vez. Claro, ya las tengo preparadas. ¿Tienes bolsa? No. No te preocupes, aquí tienes una.
Le entregué sus cosas.
¿Hiciste sopa castellana? Sí. ¿Tienes hambre? ¿Te sirvo un plato? Javier dudó un segundo. Luego asintió con la cabeza.
Le puse un plato generoso. Repitió. Y después dijo:
Gracias, Carmen. Me marcho. Ve, tranquilo. Yo tengo que acabar el capítulo. ¿Qué ves? Juego de Tronos. Siempre quisimos verla juntos, ¿te acuerdas? Claro que me acuerdo.
Javier se fue. Lloré un buen rato, acabé el capítulo y me fui a la cama. Dos semanas después, apareció de nuevo, esta vez con todas sus cosas.
Carmen, lo siento. Te quiero. Echo de menos tu sopa, nuestra casa, hasta tus bromas. Perdóname, perdóname por dejarme llevar por una aventura. ¿Así que era mi sopa lo que extrañabas? Todo. Pero, sobre todo, a ti. Bueno, pasa. Me da mucha vergüenza, por ti, por nuestra hija. ¿No se lo contarás? Tranquilo, no diré nada. ¿Quieres cenar? Sí Muchas gracias.







