Nunca recuerdo con claridad a mis padres. Cuando mi madre falleció, mi padre no quiso quedarse solo conmigo en brazos. Me llevó a casa de mi abuela, me dejó bajo el portón y se marchó. Era por la tarde y mi abuela estaba en el huerto, así que solo escuchó el ruido de un coche alejándose.
¿Quién habrá llegado? pensó ella, y salió a ver.
Al salir, mi abuela me vio sentada junto al portón.
¡Qué cabeza la de tu padre! Al menos podría haberme avisado refunfuñó llevándome de la mano hacia dentro. Por la noche, mi abuelo regresó a casa.
¿Qué pasa? ¿Ha traído a la niña Marcos?
Sí, la ha traído. La dejó aquí y se marchó en el coche. ¡Y eso que aún son jóvenes!
Estuvieron murmurando largo rato antes de irse a dormir. El tiempo pasó. Mis abuelos volcaron todo su cariño y esfuerzo en mí.
Me enseñaron a tratar a las personas con respeto y a ser una buena ama de casa. Fui creciendo y poco a poco me convertí en la ayudante de mis abuelos. Ellos no podían estar más orgullosos de mí, pues decían que me parecía muchísimo a mi madre, tanto en carácter como en aspecto. Ella también ayudó mucho en casa antes de marcharse para siempre. A mis abuelos solo les quedaban sus recuerdos.
Cuando terminé el Bachillerato, una tarde mi abuelo se animó a hablar del futuro:
Nuestra nieta es lista y aplicada. Ojalá pudiéramos enviarla a estudiar fuera.
Tienes razón respondió mi abuela. Hoy en día, sin estudios no se va a ninguna parte.
Juntaron sus últimos ahorros y me mandaron a Madrid a estudiar. Me licencié con honores en Económicas y regresé a mi pueblo, en la provincia de Segovia.
La ciudad nunca fue para mí. Mis abuelos rebosaban de alegría al verme de vuelta; así no estarían solos en sus últimos años. Decidí apostar por la vida rural y ayudar al pueblo a crecer. Me metí de lleno en la agricultura: pedí un préstamo, compré unas tierras y contraté a algunos paisanos. Más adelante creé una pequeña granja y compré vacas. Sin embargo, necesitaba más manos, así que puse un anuncio en el periódico local, ofreciendo un buen sueldo y alojamiento.
Un día, un hombre acudió a la entrevista. Llegó polvoriento y con barba descuidada; la vida no había sido fácil para él. Se presentó ante mí, diciendo ser mi padre.
No pidió nada a cambio. Sabía perfectamente que después de veinte años no tenía derecho alguno. Solo suplicó poder estar cerca de su hija, pues la soledad le había vencido. Quizá, de alguna manera, aún podría ayudarme.
Tardé unos meses en perdonarle, pero al fin lo hice. Desde entonces, vive conmigo y me echa una mano siempre que puede. Creo que teme quedarse solo.
Al escribir esto, me doy cuenta de que el perdón libera más a quien lo concede que a quien lo recibe. La familia, después de todo, es la raíz que nunca se seca pase lo que pase.







