Mientras las madres llenaban los corrillos familiares y tertulias del barrio de preguntas sobre qué incluir en el botiquín, o si les permitirían llevar el carrito del bebé en la cabina, otros viajeros se preparaban para sus nerviosos vuelos a su lado. Hace ya un tiempo que las cosas se han vuelto así de sencillas. Al principio eran otros quienes trataban de avergonzar a quienes se mostraban molestos, recordando que a los niños hay que amarlos, pero hoy en día hasta se pide a las compañías aéreas que habiliten compartimentos o zonas separadas para mantener a unos viajeros lejos de otros. ¿En qué momento nos ocurrió esto?
¡Buen viaje a todos!
Recuerdo preguntarme cuándo se hizo tendencia eso de no encerrarse ante la vida tras tener un hijo. Ahora la gente sigue trabajando, mantiene su vida social, asiste a eventos y, por supuesto, viaja cuanto quiere. No importa la edad del niño. Nuestras madres jamás soñaron con tal ritmo, ni se les pasaba por la cabeza aquello. Cuesta imaginarse a una mujer con un bebé en brazos sentada en una taberna madrileña en los años sesenta, por ejemplo, o incluso después. Habría sido visto más como acto de fortuna, y tiene su lógica.
Por mucho que uno lo niegue, un viaje largo con un crío resulta difícil tanto para el niño como para sus padres. Hay que intentarlo de veras para lograr un mínimo de comodidad para todos. Eso es lo que muchos no quieren hacer. Apenas empieza la gente las vacaciones, se relajan de tal forma que dejan a los pequeños completamente a su aire, quedando bajo la paciencia y tolerancia de quienes les rodean.
A todo el mundo le gusta viajar cómodo. Nadie quiere aguantar dos horas de vuelo entre gritos y jaleo, y menos si ha pagado todo un dineral por el billete. Que si la distancia entre asientos no es suficiente, que si no pueden estirar bien las piernas Cuando tienes sentado detrás a un niño de cinco años empeñado en ver cómo se bambolea el respaldo del asiento, nadie sonríe. Que yo recuerde, jamás vi a nadie sonreír ante esto, ni ponerse a hacerle cabriolas al pequeño.
La guardería en vías de extinción.
Una vez quise ser cortés. Cuando una mujer con un bebé de menos de un año se sentó a mi lado en el tren, se me heló la sangre. Pero pronto vi que aquello era solo el principio. La familia estaba formada por varios niños, todos acomodados por adelante y por detrás, llenando el espacio con sus bártulos, hablando por encima unos de otros, pasándose biberones y chupetes de asiento en asiento. Solo faltaba que me invitaran a unirme. No exagero si digo que fue desagradable. Me pidieron que les sujetara esto y aquello sin ni un por favor, y estuve a punto de acabar empapada en agua hirviendo de un termo varias veces. Un cuadro. No tenía dónde meterme, solo me quedaba tirarme por la ventanilla.
En otro viaje, esta vez en tren, fui testigo de otra estampa. La madre de una niña, pongamos que llamada Rosario, de apenas cuatro años, la entretenía sin parar durante las veintiséis horas que botamos por las vías hasta Galicia. Se notaba que la mujer no quería que la niña molestara a los demás. Pero el resultado fue que durante todo el trayecto se oía Rosario, vamos allí, Rosario, ven aquí, Mira por la ventanilla, Vamos a dibujar, y así cuarenta minutos con todos los colores del arcoíris para pintar perros y gatos sobre cualquier papel. No sabías qué era peor.
Después de aquello, ¿quién no se pone en la piel de los que sugieren quedarse en casa hasta que los críos crezcan? Si tienes la fortuna de que tu hijo sea tan tranquilo que pinte en silencio tres horas y se duerma con la cara pegada a un perro sin terminar, estupendo. Pero, ¿realmente existen esos niños?
Y eso sin hablar de los bebés que prorrumpen en lágrimas al despegar, aterrizar, y casi durante todo el trayecto. Antes había uno, como mucho, en todo el avión Ahora te salen tres o cinco, más sus hermanitos y hermanitas brincando y chillando en el pasillo como si no hubiera mañana. Sales de la cabina tan deprisa como te permite el cuerpo.
Por cierto, no soy de los que rechazan la maternidad. He viajado con un hijo pequeño también. Pero, dicho sea de paso, fue por obligación. No tengo la paciencia para cuidar de un niño en vacaciones. Empecé a viajar con él cuando ya era capaz de contar con los dedos y entender una orden muy clara: Siéntate bien aquí y no toques nada. Eso de esperar sin colorear también se puede aprender. Pero la gente prefiere preparar mil actividades de estimulación, carreras y brincos por todo el tren o el avión, que cierto es son fundamentales para el cuerpo en desarrollo, y ahí queda la cosa.







