Los niños sólo saben aquello que se les enseña, tienen poca experiencia propia y por eso sus bases f…

Los niños solo conocen aquello que se les enseña, tienen pocas vivencias propias, así que resulta que su base para el futuro la marcan quienes los crían: los padres. Por eso, los padres deberían ensanchar sus horizontes, para tener algo valioso que transmitir a sus hijos.

En una noche extraña en Madrid, el padre decidió dar a su hijo una lección de vida. Quería mostrarle cuán bien vivían y, para ello, le llevó a las afueras de Segovia, a una pequena aldea. El padre pensó que ese viaje enseñaría al niño a valorar lo que tenían y lo haría más reflexivo y emprendedor en el futuro. Pero el muchacho, al comparar su hogar con la casa rural, llegó a conclusiones inesperadas, como si estuviese soñando despierto.

El padre había trabajado toda su vida para juntar euros y construir una vida desde cero, deseando que su hijo tan solo pudiese comprenderlo, sin tener que pasar por los mismos obstáculos. El hombre buscaba que su hijo entendiera la gran diferencia entre los pobres y los ricos. Así que, en una mañana luminosa y surrealista, decidió visitar una familia humilde del pueblo, para que el niño pudiera ver de cerca cómo vivían. Pasaron juntos varios días y noches; el niño ayudaba en el huerto, se acostaba temprano y despertaba con los gallos, sin tocar móvil ni ordenador.

Al regresar en el coche por una carretera bordeada de olivos, el padre preguntó, ¿Te ha gustado la experiencia? ¡Papá, ha sido increíble! contestó la niña, de nombre Soleá, quien parecía flotar entre sueños y realidades.

El padre, satisfecho, le preguntó: ¿Has visto cómo viven quienes tienen menos? esperando que Soleá hablase de cómo su familia era afortunada.

Oh, sí, dijo ella, reflejando en sus ojos el brillo de las estrellas.

¿Y qué has aprendido? preguntó su padre, ansioso.

Soleá respondió, como si la respuesta saliera de un recoveco invisible del sueño:

Vi que ellos tienen cuatro perros, y nosotros sólo uno. Nuestro piscina mide cuatro metros, pero ellos poseen un arroyo sin fin. Nosotros pusimos faroles en el jardín, pero ellos tienen las estrellas del cielo. Nuestro patio acaba en una puerta, el suyo no tiene final. Nosotros tenemos una parcela pequeña, ellos tienen campos infinitos, rodeamos nuestra casa de muros altos por miedo, pero ellos se rodean de amigos que llegan de inmediato si los llaman.

El padre quedó inmóvil, como estatua, el aire suspendido, preso en la extrañeza de ese instante. Y entonces Soleá añadió:

Este viaje me enseñó cuán pobres somos realmente.

¿Alguna vez se han preguntado cosas así? ¿Es la felicidad una cuestión de euros y posesiones? Cada cual tiene su perspectiva y no es justo culpar a otros, pero la historia de Soleá nos deja una enseñanza: a veces hay que mirar el mundo con ojos de niña, perderse en el sueño, para descubrir todo lo valioso que nos rodea. Dejemos atrás los prejuicios, y recordemos entre el murmullo de los campos castellanos y la luz de las estrellas que la verdadera riqueza es invisible a los ojos.

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Los niños sólo saben aquello que se les enseña, tienen poca experiencia propia y por eso sus bases f…
Y tú nunca confiaste en mí