Pequeños detalles de la vida

Cosas de la vida

Sin escuchar los consejos de sus padres, Mariana se casó con su amado Mateo, un muchacho serio y trabajador. Fue criado por su abuela Serafina a quien desde pequeño llamaba cariñosamente la abuela Sima, ya que sus padres murieron cuando él tenía apenas dos años, por lo que no los recordaba en absoluto.

Cuando Mariana presentó a Mateo a sus padres, Clara Fernández tomó una postura firme, aunque solo después de que el muchacho se marchó.

Mariana, no para él te hemos criado. Estás en tu tercer año de universidad, ¿cómo vas a casarte ahora? ¿Y una boda? ¿Con ese Mateo como yerno? ¿Qué vas a sacar de él? Trabaja en un taller mecánico… obrero… Te aviso, si das el paso, no voy a ayudarte.

Mamá, voy a casarme con él de todas formas, me conoces decía Mariana, mientras su padre prefería guardar silencio y mantenerse neutral entre esposa e hija. Además, estoy esperando un hijo…

La boda fue sencilla, aunque los padres de Mariana tenían recursos, Clara no quiso celebrarla con mucho lujo. Si su hija se hubiese casado con el hijo de su amiga… pero Mariana era demasiado obstinada.

Ya verá cuánto dura con ese mecánico; la pobreza la hará volver a casa. Ahora solo piensa en amor y romance decía Clara a su esposo. Encima se fue de casa, a vivir con la abuela de él, que no quiere que yo humille a Mateo, así me lo dijo Mariana. Y además, que espera un bebé… No me agrada nada.

Mariana, acostumbrada a la comodidad y el dinero, era hija única y había vivido siempre en una buena vivienda en Madrid. Pero se marchó con Mateo a la casa de la abuela Serafina, en un pueblo a siete kilómetros de la ciudad.

Pasó el tiempo y Mariana dio a luz a una niña. Fue la abuela Sima quien la ayudó, enseñando a la joven madre todo lo necesario y levantándose por las noches para cuidar de la pequeña Lucía. Mariana volvió a la universidad, pero intentaba también ser buena esposa y madre, aunque a menudo el cansancio era demasiado. Cada mañana se levantaba temprano, tomaba el autobús para ir a Madrid y ahí debía tomar otro para llegar a la universidad.

Regresaba agotada y su abuela, junto a Lucía, la esperaban en la puerta. La niña ansiaba ver a su madre y la echaba de menos. Mateo llegaba después del trabajo, casi siempre tarde; tomaba a su hija en brazos y la hacía girar con alegría. Adoraba a sus chicas. Mariana deseaba dedicarle tiempo a su esposo, pero el ritmo era difícil: él llegaba en el último autobús, hambriento y cansado.

En ese tiempo, Mariana se preparaba para defender su tesis. Cada vez pensaba más en volver a la cómoda vivienda de sus padres, donde no perdería tanto tiempo en el trayecto. Pero Clara Fernández estaba ofendida, no llamaba ni se interesaba por su nieta.

Mateo tenía un hermano mayor, Antonio, que llevaba años casado y vivía con mujer e hijo en un piso propio en Madrid, ganado con mucho esfuerzo. Sin embargo, la vida matrimonial era conflictiva; su esposa Martina exigía cada vez más.

Antonio llamó comentó Mateo a la abuela y a Mariana. Se ha ido de casa, ya no soporta más peleas, ahora alquila un piso.

¡Ay, mi niño! se preocupó la abuela Sima. Compró su piso y lo ha dejado así.

Abuela, Antonio actuó como un hombre. Lo dejó todo a su esposa y a su hijo dijo Mateo, defendiendo a su hermano.

Una tarde, Mariana se quejó a su marido del ritmo de vida que la agotaba, que tardaba mucho entre los dos autobuses para llegar a la universidad. No le decía directamente que quería mudarse a la casa de sus padres, pues aceptó vivir de forma independiente con Mateo.

Estoy cansada decía Mariana, harta de estar atada a los horarios del autobús, de tanto trayecto. Apenas me da la vida…

Mateo la escuchó en silencio y le dio un beso en la mejilla.

Tengo una idea, pero más adelante te la cuento. Será una sorpresa dijo de modo misterioso. Mariana no insistió, el cansancio era mayor que la curiosidad.

Pasaron pocos días y una tarde, frente a la casa, se detuvo un coche.

¿Serán mis padres? pensó Mariana, pero el coche era viejo y desconocido. No, no son ellos, además este coche es un cacharro…

Salió y vio que era Mateo quien bajaba del coche, con aire de orgullo.

¿Qué te parece nuestra belleza?

¿Esto…? ¿Un coche? ¿De dónde lo sacaste?

Lo compré respondió Mateo, con el dinero que guardábamos para la entrada del piso…

Mariana miraba el coche con lástima por el dinero invertido. Acumulaban ahorros para una vivienda, y él los había gastado en ese cacharro. Había que seguir en el pueblo más tiempo.

Mateo presumía del coche:

Lo he reparado yo mismo, está en marcha, súbete que te llevo a dar una vuelta. Solo falta pintarlo y tendrás que dejar los autobuses atrás insistía. Está casi perfecta y me salió baratísima.

La verdad era que el coche iba bien, aunque Mariana temía que se desmontara en plena carretera. Pero al regresar a casa, vio a la abuela Sima y a Lucía en la puerta. Mateo tomó a Lucía en brazos y la hizo girar, mientras Mariana corrió al interior y rompió a llorar con fuerza. Tantas emociones acumuladas se le desbordaron.

Marianita, ¿qué te pasa, hija mía? oyó la voz en alerta de la abuela Sima. ¿Qué ha pasado?

Él gastó todo el dinero que ahorrábamos para la entrada del piso en ese coche viejo… Soñábamos con un piso… y ahora…

Tranquila, mi niña la abrazó la abuela. Eres la mejor y más inteligente del mundo. Solo estás cansada, por eso lloras. Son cosas de la vida, mientras todos estén sanos y vivos, no te preocupes tanto. El dinero es lo de menos, lo importante es el amor y la comprensión.

Mariana escuchó las sabias palabras de la abuela Sima y se calmó. Incluso luego se sintió un poco avergonzada por su reacción. Salió al porche, donde Mateo estaba sentado. A su lado corría un perro peludo y Lucía jugaba con él, intentando agarrarle la cola. Mariana se sentó suavemente junto a su esposo.

¿Por qué no me consultaste, Mateo? preguntó con voz baja.

Quería sorprenderte… hacerte feliz…

Mariana miró a Mateo a los ojos y vio en ellos tanto dolor no expresado; de pronto comprendió todo. Él la amaba, compró el coche solo para facilitarle la vida en la universidad, quería cuidarla. Era su manera de responder a la dificultad de la que ella le hablaba; aunque ella insinuaba otra solución, él buscó la suya.

Bueno, Mateíto, coche entonces dijo conciliadora. Solo prométeme que a partir de ahora decidirás conmigo.

Por supuesto respondió Mateo, feliz. Ya sabes que siempre he decidido todo solo, perdona, desde ahora lo haremos juntos.

Eso es. Son cosas de la vida repitió Mariana las palabras de la abuela Sima. Lo importante es que estamos juntos y tenemos una hija maravillosa.

La abuela Serafina, desde la ventana, los miraba con alegría, pensando:

La primera discusión de la familia, y no será la última. ¿Cómo podría ser de otro modo? Lo importante es entenderse y quererse. De que Mariana y Mateo se quieren, no tengo dudas… Mírales, como dos tortolitos… ya han hecho las paces los bendijo y sonrió.

Mateo pintó el coche, la abuela Sima cosió nuevas fundas para los asientos. La verdad es que no era motivo de fiesta, el coche había pasado por muchas manos. Pero pronto, Mariana se sentó al lado de su esposo y juntos iban al pueblo y a Madrid.

Mariana no quería pedir ayuda a sus padres.

Pasó el tiempo. Lucía crecía; ya era hora de llevarla al jardín de infancia, la abuela necesitaba descanso. Mariana terminó la universidad y encontró trabajo en Madrid. Mateo seguía trabajando hasta tarde, intentando ahorrar. De nuevo surgió la cuestión de la vivienda, pero todavía no tenían suficiente para la entrada. Mariana se negaba a pedir ayuda a su familia; su madre seguía sin hablar ni con ella ni con su nieta.

Pero la ayuda llegó por donde no la esperaban. Un domingo, el perro del patio ladró con fuerza. Mariana pensó que sería la vecina, que solía llevar leche para Lucía.

¡Antonio! gritó Mateo, al ver por la ventana a su hermano mayor, y salió corriendo. ¡Hermano, qué alegría!

¡Hola, Mateo! ¡Hola!

Los hermanos se abrazaron fuerte, y era evidente su alegría. Lucía miraba curiosa por la puerta, entornándola.

¡Ah, sobrina, qué bonita eres! comentó Antonio. Ven, te traigo un regalo.

Sacó de una bolsa un gran conejo de peluche con orejas largas y un lazo en el cuello. Lucía lo abrazó emocionada y corrió a enseñárselo a la abuela.

Serafina y Mariana recibieron a Antonio con calidez.

Hace mucho que no venías, Antonio; ¿cómo te va…? Mateo dijo que alquilas piso preguntaba intranquila la abuela, sirviendo ya el té.

Todo bien, abuela respondía alegre. Me divorcié de Martina, ella se fue con otro hombre cerca de Barcelona. Pago la manutención. Pero, hermano, esto es para ti sacó de su bolsa un sobre grueso, bueno, para ti y Mariana. Mi regalo de boda, que no pude asistir, estaba en el trabajo entonces.

¿Qué es esto? preguntó Mateo, preocupado.

Dinero.

¿Dinero para qué?

Para la entrada del piso explicaba Antonio, entregando el sobre a su hermano. Martina se marchó, dejó el piso libre, ahora vivo allí. Y esto lo ahorré pensando en comprar otro, pero no podía quitarle la casa a mi exmujer y a mi hijo. Considéralo mi regalo de boda repitió.

En la mesa reinó el silencio unos instantes, y luego todos rieron de alegría.

Gracias, hermano. Gracias, Antonio. Qué bien has venido…

Mariana casi lloró de felicidad, la abuela abrazaba a su nieto mayor. Los hermanos se abrazaron en silencio, sin necesidad de palabras, todo estaba claro.

En otoño, Mateo, Mariana y Lucía se mudaron a un nuevo piso de dos habitaciones en Madrid. Lucía empezó el jardín de infancia cerca de casa. El colegio también quedaba próximo; compraron el piso pensando en el futuro, pronto Lucía tendría que ir a la escuela.

Mateo siguió en el taller mecánico. Así fue como el destino puso a prueba a la joven familia. Y como decía la abuela Sima, son solo cosas de la vida. Lo importante es el amor y la felicidad, que todos estén sanos.

Gracias por leer, por vuestra compañía y apoyo. Suerte y bondad a todos.

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