Mi hermano menor siempre fue el favorito de mi madre y mi abuela; ambas lo adoraban. Yo siempre qued…

Mi hermano pequeño siempre fue el consentido de mi madre y mi abuela. Lo adoraban como si fuera el rey de Castilla. Yo, en cambio, siempre quedaba relegada al segundo plano, como esos cuadros que cuelgan detrás de los muebles. El mejor trozo de tortilla iba para él, los juguetes más bonitos, las golosinas y hasta la última cucharada de natillas todo llegaba a su plato. A mí se me olvidaban hasta el nombre, si no fuera porque gritaba al pedir ayuda.

Me tocaba recoger detrás de él, hacerle la cama, preparar el desayuno… ¡Y encima me trataba como si fuera su criada! Tenía que correr por toda la casa cumpliendo sus órdenes cual Cenicienta, mientras mi madre repetía que el hombre es el señor del hogar y que los chicos no deben meterse en cosas de mujeres. Así se educa a los futuros caballeros de la península, qué ironía.

Luego se sorprenden cuando sus nueras andan de malhumor y los maridos resultan unos déspotas con ínfulas de Don Quijote pero sin el honor ni la lanza.

Mi hermano no sabía ni cocerse un huevo tal cual. Aquella actitud de mi madre y mi abuela me sacaba de mis casillas, como si la sangre de los Austrias corriera por mis venas pero sólo para aguantar. Y eso que mi madre se divorció porque mi padre la trató fatal, sin pizca de respeto, para luego criar a un nuevo espécimen igualito. Había días que me rebelaba, pero no duraba ni lo que tarda una tapa en enfriarse. Me mandaban callar y vuelta a empezar.

Recuerdo perfectamente lo duro que fue el último año de bachillerato, cuando estudiaba para la selectividad. Yo con libros por toda la mesa, y mi madre y la abuela llamando constantemente al móvil: ¿Has dado de comer a tu hermano? ¡Vuela a casa que está muerto de hambre y tú haciendo tonterías, que hermano es lo primero!

Y ahí me tenías, dejando los apuntes de lado, corriendo a casa para darle la comida y ayudarle con los deberes. Era una estudiante fantástica, pero para ellas era relevante como el tiempo en La Coruña, vamos. Cuando preparaba los exámenes de ingreso a la universidad, mi abuela me soltó: ¿Para qué quieres estudiar? Mejor cásate y ten hijos; cuida de tu marido y lleva la casa.

Cuando terminé la carrera, hice las maletas y me fui de casa sin mirar atrás: no podía más con el régimen del pequeño dictador. Mi madre y mi abuela se pusieron furiosas, porque la abuela tuvo que dejar su trabajo para atender a su nieto mimado. Y así, entre tortilla y croquetas, aprendí que en España a veces la reina de la casa es la criada disfrazada.

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