Llevo ocho años siendo ama de casa. No porque haya sido mi sueño, sino porque así se han dado las cosas, como si hubiera caído en un cuadro de Velázquez donde el tiempo se dobla. Tengo dos hijos, un marido que trabaja todo el día y una casa que nunca deja de acumular polvo y huellas invisibles. Amanezco siempre a las cinco y media, cuando la luz aún es un rumor y los relojes derretidos en las paredes parecen reírse de mí. Incluso antes de que alguien despierte, ya estoy preparando el desayuno, oliendo a café y a pan en el aire, que parece flotar como en una fiesta de San Juan.
A las siete, los platos ya brillan como espejos de agua, el salón ha sido barrido y las camas están hechas como si fueran barcos listos para zarpar. El almuerzo queda medio preparado mientras los sueños de los demás siguen frescos. Cuando mi marido sale, me dice: Quédate tranquila en casa. Como si quedarse fuera una especie de siesta perpetua. Pero en cuanto la puerta se cierra, empieza el segundo turno: lavar ropa, fregar el suelo, limpiar el baño, recoger juguetes dispersos como flores en la Feria de abril, ir al mercado, recoger a los niños del colegio.
Cuando regresan los niños, el descanso se esfuma. Deberes, merienda de galletas mojadas en leche, riñas, gritos, ropa otra vez sucia como si jugaran en un cuadro de Goya. Mientras tanto, mi marido llega cansado y se deja caer ante el móvil, como si fuera un rey antiguo mirando mensajes en vez de pergaminos. Si le pido ayuda, responde: Yo trabajo todo el día. Una vez le dije: Yo también, y se enojó. Dijo que exageraba y que no sabía lo que era el cansancio de verdad.
Un día le confesé que quería volver a trabajar. Quiero ganar mis propios euros, salir de casa, sentirme útil para algo más que limpiar. Él me respondió: ¿Quién cuidará de los niños entonces?, ¿Para qué me casé contigo?, Eso es egoísmo. Mi suegra se sumó al coro, diciendo que la buena esposa permanece en casa, como si estuviera pintada en una pared.
Comencé a sentirme invisible, como una sombra que nunca sale en las fotos. Nadie me pregunta cómo estoy. Nadie me agradece. Si la comida está demasiado salada se quejan. Si la casa está desordenada es culpa mía. Si los niños sacan malas notas también. Todo se desliza sobre mis hombros.
Hubo una noche en que exploté. Lavaba platos a las diez, con el cuerpo doblado y dolorido, y escuché a mi marido por teléfono: Mi mujer no trabaja, se queda en casa. Dejé caer la vajilla en el fregadero, y me puse a llorar allí, entre espumas que parecían nubes de otro mundo.
Ahora estoy cansada. Cansada de un trabajo sin salario, sin horario, sin reconocimiento, como si estuviera en una obra de teatro en la que nadie aplaude. Cansada de sentir que mi vida se encierra tras cuatro paredes que se encogen y estiran como una pesadilla de Dalí. Cansada de ser solo ama de casa.
Ya no sé qué hacer. Si aguantar, insistir, buscar trabajo incluso aunque eso traiga problemas en el matrimonio y en la armonía de la casa. ¿Creéis que la ama de casa es realmente privilegiada, o es una carga que nadie quiere mirar?






