El ángel guardián

Ángel guardián

Los padres de Begoña nunca los conoció. Su padre la abandonó a su madre embarazada y desapareció, así que ella jamás supo de él. Su madre falleció cuando Begoña tenía un añito. Al poco tiempo le diagnosticaron cáncer y se apagó como una vela.

La crió su abuela Carmen, la madre de su madre. Su marido había muerto joven, y Carmen dedicó su vida a la hija y a la nieta. Desde el primer día surgió un vínculo espiritual entre Begoña y la abuela. Carmen adivinaba al instante lo que Begoña quería y siempre se entendían como la palma de la mano.

Todos adoraban a la abuela Carmen: los vecinos, los maestros del colegio, hasta el cartero. Nunca hablaba a sus espaldas, nunca cotilleaba, y siempre la buscaban para pedirle consejo. Begoña se sentía dichosa de tener una abuelita así.

En cambio, la vida amorosa de Begoña era un desastre. Estudiaba, trabajaba, siempre corría de un lado a otro. Los chicos aparecían, pero ninguno encajaba. La abuela no paraba de regañarla: «¡Ay, Begoñita, siempre estás con los chicos! ¿No habrá un hombre decente? Mira qué guapa e inteligente eres». Begoña respondía con una sonrisa, pero en el fondo sabía que ya pasaba los treinta y tenía que montar una familia.

Un día, la abuela Carmen se fue sin avisar. No se despertó, el corazón se detuvo mientras dormía. Begoña quedó en shock, no podía asimilarlo. Siguió yendo al trabajo y a la tienda, pero todo lo hacía en piloto automático. En casa solo la esperaba su gata Misu. La soledad le aplastaba.

Una tarde, Begoña viajaba en el cercanías leyendo un libro. Se sentó frente a ella un hombre de unos cuarenta años, bien vestido y de aspecto afable. La miró con curiosidad y, extrañamente, a ella le resultó agradable.

Comenzó a hablarle de literatura, tema que a Begoña le apasionaba. «Esto huele a Madriz no cree en lágrimas», pensó. Cuando llegó la hora de bajar, no quería irse. El hombre se llamaba Alejandro y le propuso seguir la charla en una cafetería cercana. Begoña aceptó encantada.

Desde entonces surgió un romance vertiginoso. Cada día se llamaban y se enviaban mensajes, aunque se veían poco. Alejandro estaba a menudo ocupado con el trabajo. Begoña sabía poco de su pasado; él evitaba hablar de familia o empleo. A ella no le importaba, era la primera vez que se sentía feliz con un hombre.

Una de esas semanas, Alejandro la invitó a un restaurante para el fin de semana, insinuando que sería una noche especial. Begoña se dio cuenta de que planeaba proponerle matrimonio. Flotaba en el séptimo cielo; por fin tendría marido, hijos y familia, como todo el mundo. Lástima que la abuela no fuera testigo.

Esa noche, tirada en el sofá, Begoña empezó a buscar el vestido perfecto. Le gustaba comprar ropa por internet, así que se puso a curiosear en la app del móvil y, entre suspiros, se quedó dormida.

De pronto, vio entrar a su abuela Carmen, con su vestido favorito, sentarse en el sofá y acariciar su cabeza. «¡Abuela, pero si ya no estás! ¿Cómo has aparecido?», preguntó Begoña. La anciana respondió: «Soy yo, Begoñita, siempre he estado aquí, te veo y te oigo, aunque tú no me veas. Te advierto: no te metas con ese hombre, es malo, escucha a tu abuela». Y se desvaneció en el aire.

Begoña se despertó sobresaltada, sin comprender nada. La visión había sido un sueño, pero la advertencia le carcomía la mente. No sabía por qué la abuela la tachaba de mala sin conocer a Alejandro. Sin decidirse, volvió a dormirse.

El día de la cita se acercaba. El vestido aún no había elegido; todo se le escapaba de las manos, y las palabras de la abuela repetían en su cabeza. Nunca había creído en los sueños proféticos, pero la conexión con su abuela le hacía dudar.

Llegó el sábado y Begoña, con un vestido sencillo, entró al restaurante. Alejandro notó su melancolía al instante. «¿Qué ocurre, cariño?», preguntó. «Nada, todo bien», mintió ella. Él intentó animarla con bromas, pero al final de la cena, como en una película, se arrodilló y sacó una caja con un anillo.

En ese momento, Begoña sintió un vértigo, un zumbido en los oídos y vio a su abuela Carmen mirando por la ventana, inmóvil. Lo interpretó como una señal. «Lo siento, Alejandro, no puedo», balbuceó. «¿Qué he hecho?», preguntó él. «Nada, simplemente confié siempre en mi abuela», y salió corriendo del local.

Alejandro la alcanzó, los ojos llenos de furia, y empezó a gritar: «¡Así que no quieres casarte conmigo, pues te quedas con tu gatita! ¡Eres una gallina sin plumas!». Luego se marchó enfadado.

Begoña quedó en shock. El hombre inteligente, culto y cariñoso que había soñado con su futuro se había convertido en un tirano. Pero al menos había escapado de una mala decisión.

Al día siguiente, acudió a su antiguo compañero de instituto, Andrés, que trabajaba en la Policía Nacional. Andrés siempre había ayudado a sus antiguos compañeros. Begoña le pidió que investigara a Alejandro, facilitándole foto y datos.

Al día siguiente, Andrés llamó: «Begoña, lo siento, pero Alejandro es un estafador. Se casa con mujeres solteras, les hace comprar una vivienda a su nombre, les carga deudas bajo pretexto de negocio y luego las echa de la casa y se divorcia. Ya tiene varios procesos judiciales por fraude». «Menuda suerte la tuya por haber escapado a tiempo», añadió.

¿De dónde había sacado la abuela esa información? Milagro, sin duda. Gracias, abuela, por no abandonarme y salvarme de un desastre.

Begoña entró al supermercado, compró comida y pienso para Misu, y volvió a casa con paso ligero, sabiendo que no estaba sola, que su abuela siempre estaba cerca, aunque sea en espíritu.

Dicen que las almas de los seres queridos vigilan y nos acompañan después de partir. Se convierten en ángeles guardianes que nos protegen de desgracias. Ojalá sea verdad

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El ángel guardián
NO SUPE AMAR —Chicas, confesad, ¿quién de vosotras es Lilia? —preguntó la joven, mirándonos a mi amiga y a mí con picardía y curiosidad. —Soy yo, Lilia. ¿Por qué lo preguntas? —respondí con extrañeza. —Toma, Lilia, una carta. Es de Vladimir, —la desconocida sacó de su bata un sobre arrugado y me lo entregó. —¿De Vladimir? ¿Y dónde está él? —pregunté sorprendida. —Le han trasladado a un internado de adultos. Te esperaba, Lilia, como agua de mayo. Se dejó los ojos esperándote. Esta carta me la dio para que revisara las faltas, no quería que te causara vergüenza. Bueno, me voy, es la hora de la comida. Trabajo aquí de educadora, —dijo la chica, suspiró, me miró con reproche y salió corriendo. Un día mi amiga y yo, dando un paseo, nos adentramos sin querer en el recinto de un centro desconocido. Teníamos dieciséis años y el verano se nos hacía infinito, poblado de aventuras. Svetlana y yo nos sentamos en un banco cómodo, charlábamos y reíamos. Sin darnos cuenta, se acercaron dos chicos. —¡Hola, chicas! ¿Aburridas? ¿Os apetece conocer a alguien? —dijo el muchacho, tendiéndome la mano—Vladimir. Yo respondí: —Lilia. Y ella es mi amiga Svetlana. ¿Y el amigo callado cómo se llama? —Leonardo, —susurró el segundo chico. Los dos nos parecieron anticuados y demasiado formales. Vladimir, serio, comentó: —Chicas, ¿por qué lleváis faldas tan cortas? Y Svetlana con ese escote tan atrevido… —Hmm… Chicos, no miréis donde no debéis. O se os van a “descolocar” los ojos, —reímos Svetlana y yo. —Es imposible no mirar. Somos hombres, al fin y al cabo. ¿Y acaso fumáis también? —continuó inquisitivo el virtuoso Vladimir. —Claro que fumamos. ¡Pero no nos atragantamos! —bromeamos las dos. Fue ahí cuando Svetlana y yo nos fijamos en que algo no iba bien con las piernas de los chicos. Vladimir apenas se movía, Leonardo cojeaba ligeramente. —¿Vosotros estáis aquí para trataros? —supuse yo. —Sí. Yo tuve un accidente con la moto, Leonardo saltó mal desde una roca al agua, —contestó Vladimir apresurado, como si recitara una historia aprendida. —Pronto nos darán el alta. Por supuesto, Svetlana y yo creímos la “leyenda” de los chicos. En aquel momento ni imaginábamos que Vladimir y Leonardo eran discapacitados de nacimiento. Estaban destinados a una larga estancia en el internado. Nosotras fuimos para ellos un soplo de libertad. Vivían y estudiaban en aquel internado cerrado a miradas ajenas. Cada uno de aquellos chicos tenía preparada una historia inventada sobre accidentes, caídas, peleas… Vladimir y Leonardo resultaron ser interesantes, cultos, sabios para su edad. Svetlana y yo empezamos a visitarlos cada semana. Por supuesto, nos daba pena su situación y queríamos animarlos. Pero además, aprendíamos de ellos. Los encuentros se hicieron rutina. Vladimir empezó a regalarme flores arrancadas de la rosaleda cercana; Leonardo siempre traía un origami hecho por él, que entregaba tímidamente a Svetlana. Luego nos sentábamos los cuatro en el banco; Vladimir a mi lado, Leonardo se giraba hacia Svetlana, y toda su atención era para ella. A mi amiga le sonrojaba la situación, pero estaba claro que le agradaba la compañía del tímido Leonardo. Charlábamos con los chicos de todo y de nada. El verano transcurrió cálido y luminoso. Llegó el otoño lluvioso, las vacaciones se acabaron. Teníamos por delante nuestro último curso en el instituto y, entre exámenes, campanas y fiestas de graduación, nos olvidamos totalmente de Vladimir y Leonardo. Terminados los exámenes, la última campana, la noche de graduación. El verano esperanzador comenzaba. Svetlana y yo volvimos a la residencia para ver a nuestros viejos amigos. Nos sentamos en el banco de siempre, esperando a que Vladimir y Leonardo se acercaran con sus flores frescas y sus origamis… Esperamos dos horas en vano. De repente, una joven salió del internado y se acercó directamente a nosotras. Ella entregó la carta de Vladimir. Abrí el sobre enseguida: “Querida Lilia: Eres mi flor fragante, mi estrella inalcanzable. Quizá no te diste cuenta, pero me enamoré de ti desde el primer momento. Aquellos encuentros fueron mi aire, mi vida. Llevo medio año mirando por la ventana esperando verte. Te has olvidado de mí. ¡Qué pena! Nuestros caminos son distintos. Pero te agradezco haber conocido el verdadero amor. Recuerdo tu voz aterciopelada, tu sonrisa cautivadora, tus manos delicadas. Qué mal estoy sin ti, Lilita. ¡Ojalá pudiera verte una vez más! Quiero respirar, pero no puedo… Este año Leonardo y yo cumplimos los dieciocho. En primavera nos trasladarán a otro centro. Dudo que volvamos a vernos. Mi alma está hecha trizas. Espero superarte y curarme de este amor. Adiós, mi tesoro”. Firmado: “Siempre tuyo, Vladimir”. En el sobre había una flor seca. Me dio muchísima vergüenza. El corazón se me encogió pensando que no se puede cambiar nada. Recordé el dicho: “Somos responsables de aquello que domesticamos”. Nunca estuve al tanto de la pasión que quemaba el alma de Vladimir. Pero no sería capaz de corresponderle. Por él no sentía nada elevado: simpatía, curiosidad ante un interlocutor diestro y culto, nada más. Sí, coqueteé un poco, jugué con él, avivando su ilusión. No imaginaba que mi ligero flirteo sería un incendio para Vladimir. …Desde entonces han pasado muchos años. La carta de Vladimir está amarillenta, la flor se convirtió en polvo. Pero recuerdo aquellos encuentros ingenuos, las charlas despreocupadas, las carcajadas sinceras por las bromas de Vladimir. …La historia tiene continuación. Mi amiga Svetlana se conmovió por la difícil vida de Leonardo. Sus padres lo rechazaron por su “diferencia”, tenía una pierna mucho más corta de nacimiento. Svetlana terminó Magisterio y trabaja en una residencia de niños discapacitados. Leonardo es su esposo, el amado de Svetlana. Tienen dos hijos adultos. Vladimir, según cuenta Leonardo, ha llevado una vida solitaria. Cuando tenía unos cuarenta años, su madre acudió al centro, vio a su hijo abandonado, lloró, se llenó de amor olvidado y se lo llevó al pueblo. Y después, se perdió el rastro… NO SUPE AMAR