Hace unos años, cuando aún era universitaria, salía con un chico sin recursos y sin ingresos fijos. …

Hace unos años, cuando aún era estudiante en la Universidad Complutense de Madrid, salía con un chico llamado Pablo. Él venía de una familia humilde y tampoco tenía ingresos fijos. Por esos mismos días, comenzó a mostrar interés por mí uno de mis compañeros de clase, Juan, hijo de unos padres muy adinerados. Yo, por mi parte, siempre había soñado con una vida bonita y feliz, y habiendo crecido en un hogar sin muchos recursos, el deseo de estabilidad y bienestar económico me perseguía constantemente.

Cuando Pablo me pidió matrimonio, no pude decirle que sí. En su lugar, acepté casarme con Juan. La verdad es que amaba a Pablo, pero elegí el dinero y la seguridad. Pensé que así lograría la tranquilidad que tanto ansiaba.

La realidad pronto me mostró que mi esposo no era una persona de familia. Juan, al haberlo tenido todo desde pequeño, no valoraba nada. Cuando sus padres le entregaron la gestión de la empresa familiar, no supo cómo manejarla y, al poco tiempo, el negocio terminó yendo a la quiebra. Durante años vivimos a costa del dinero de sus padres, sobreviviendo gracias a la generosidad de su familia.

Cuando la economía comenzó a resentirse y el dinero ya no llegaba tan fácilmente, le propuse que buscara trabajo. Pero una vez más me decepcionó al decirme que no pensaba trabajar para nadie, que aquello no era para él. Sinceramente, no sé cómo saldremos adelante en el futuro.

Hace poco me encontré con mi amiga Carmen. Charlando, me contó que Pablo, mi exnovio, se ha convertido en un empresario de éxito. Consiguió salir adelante y ahora le va realmente bien. Al escuchar aquello, me invadieron sentimientos muy extraños. Aún le quiero y me alegré mucho por él. Según me dijo Carmen, él sigue soltero. Así que todavía podría tener una oportunidad. Sin embargo, no sé si será posible. Han pasado muchos años, pero es ahora cuando por fin me doy cuenta de mi error.

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Hace unos años, cuando aún era universitaria, salía con un chico sin recursos y sin ingresos fijos. …
Olga pasó todo el día preparando la celebración de Nochevieja: limpiando, cocinando y poniendo la mesa. Era su primer Fin de Año sin sus padres, sino junto a su pareja. Llevaba ya tres meses viviendo con Toli en su piso. Él le sacaba quince años, estaba divorciado, pagaba la pensión de sus hijos y, de vez en cuando, le daba por beber… Pero a ella todo eso le parecía insignificante cuando se ama de verdad. Nadie entendía qué tenía él para que Olga se enamorara: no era guapo, se podía decir que incluso era feúcho, tenía un carácter pésimo, era más tacaño que el Tío Gilito y siempre andaba sin dinero. Y si tenía dinero, era solo para él. Aun así, de este “fenómeno” Olga se enamoró perdidamente. Durante esos tres meses, Olga esperaba que Toli valorara lo dócil y apañada que era. Soñaba con que quisiera casarse con ella. Él se lo decía claro: “Hay que vivir juntos para ver cómo eres como ama de casa. No vaya a ser que seas igual que mi ex.” De su ex, Olga no sabía nada, porque Toli nunca le aclaraba nada. Por eso Olga lo daba todo, se esmeraba al máximo: no se enfadaba cuando él llegaba borracho, cocinaba, lavaba, limpiaba, hacía la compra con su propio dinero (no fuera que pensara que era interesada). Incluso puso la mesa de Nochevieja con su paga y le compró de regalo un móvil nuevo. Mientras Olga preparaba la fiesta, su fenómeno Toli no perdía el tiempo y “se preparaba” a su manera, o sea, bebiendo con los amigos. Llegó a casa animado y anunció que iban a venir sus colegas por Nochevieja. Amigos suyos, desconocidos para ella. Olga terminó de preparar la mesa, quedaba solo una hora para la medianoche. Tenía el ánimo por los suelos, pero se aguantó: ella no era como la ex de Toli. Media hora antes de las campanadas apareció una panda de amigos y amigas borrachos. Toli se alegró y sentó a todos, y siguió la juerga. Ni siquiera presentó a Olga a los invitados y nadie le hizo caso; se sentaron a beber y a hablar entre ellos, como si ella fuera invisible. Cuando Olga dijo que faltaban 2 minutos para las doce y que había que llenar las copas de cava, la miraron como si fuera una intrusa. —¿Y esa quién es? —preguntó una chica, bebida, con acento de barrio. —La vecina de cama —soltó Toli entre risas, y sus amigos se partieron de risa con él. Comían la comida que Olga había preparado y se burlaban de ella. Con las campanadas se reían todavía más de su ingenuidad y felicitaban a Toli por haber “pillado una cocinera y asistenta gratis”. Y Toli, en vez de defenderla, se reía con ellos. Se puso las botas con la comida que Olga había comprado y preparado, y no tuvo ni el detalle de agradecerle nada. Olga salió silenciosa de la habitación, recogió sus cosas y se fue a casa de sus padres. Jamás había tenido una Nochevieja tan horrible. Su madre, como siempre, le soltó un “Ya te lo dije”, su padre suspiró aliviado, y Olga, tras llorar toda la rabia contenida, se quitó de los ojos la venda del amor. Una semana después, cuando Toli se quedó sin un duro, apareció en casa de Olga, tan pancho: —Anda, ¿pero tú por qué te has ido? ¿Te has mosqueado o qué? —y viendo que Olga no se daba por aludida, decidió ponerse chulo—: Muy bien, tú aquí, tan a gustito con tus papás, y yo con el frigo más vacío que el bolsillo del paro. ¡Te estás comportando igual que mi ex! Al oír tal desfachatez, Olga se quedó sin palabras. Había ensayado mil veces mentalmente cómo le diría todo lo que pensaba, pero en ese momento solo supo mandarle a freír espárragos y cerrarle la puerta en las narices. Así, aquel Fin de Año marcó el comienzo de una nueva vida para Olga.