¡TÚ, VEN…!

VEN AQUI
En el camino al santuario de la Virgen del Pilar en Zaragoza, María del Carmen sintió que sus piernas flaqueaban y la visión se nublaba. Tenía que seguir la estrecha senda que subía la montaña, pero la fuerza le faltaba.
María del Carmen abandonó la ruta, se dejó caer exhausta sobre la hierba y, tras sentarse, se recostó. Olalla le apoyó el bolso bajo la cabeza.
Pasaban peregrinos que, curiosos, miraban a la joven tendida y continuaban su ascenso al antiguo templo.
Alguien le ofreció una pastilla. María del Carmen apenas abrió la boca, la dejó bajo la lengua sin preguntar el nombre del medicamento. Le importaba poco.
Pareció que mejoró un poco.
Sin embargo, ya no quería seguir subiendo la montaña.
María del Carmen y Olalla descendieron hasta el arroyo de la sierra y, al borde del agua, volvieron al hotel donde se alojaban.
María del Carmen, sin cambiarse de ropa, se tiró sobre su cama.
Una tristeza inexplicable la invadió. «¿Por qué el Señor no me dejó entrar al templo? Me cerró el paso y dijo: Aléjate, María, que sólo los puros pueden acercarse. Y yo, pecadora, aquí tirada, a reflexionar sobre mi vida»
María, ¿tomamos un té? preguntó Olalla, con preocupación por su amiga abatida.
Gracias, Olalla, ahora no tengo ganas. Más tarde respondió María, cerrando los ojos y suspirando.
Pensó: «Mira a Olalla, siempre tan entregada Sus maridos han sido tantos como sus amantes. No tiene hijos y no se arrepiente. En realidad, nunca supo dónde anclar su corazón. Pero aun así se arrastra al santuario, temiendo al infierno, como todos que anhelan el cielo, deseando redimirse antes de que la vejez los alcance. Mejor hacerlo el último día, pero nunca llega a tiempo»
El recuerdo de su amiga le dolía. Era buena, amable, siempre dispuesta a ayudar. Nadie podía domar su carácter explosivo; era orgullosa, un poco egoísta. Cuando algo no le salía, se lanzaba a la ira. No había quien la sustituyera.
A veces, sin embargo, su almohada se humedecía de lágrimas. Cuarenta y cuatro años de añoranzas se habían acumulado sin llegar a desembocar en la orilla. Todo se mece como olas, vacilante.
«¡Quiero un amor! Uno que arda como fuego, que consuma hasta la ceniza».
Siempre la regañaban: «Un solo marido, dos hijos, familia ruidosa, cocina sin descanso ¡qué aburrimiento!»
«Mira a tu alrededor, María, los hombres giran sin cesar. Prueba el sabor del amor. Siempre volverás a Igor, él te aceptará tal cual. Pero al menos conocerás la pasión, el fuego.
Basta de hundirte en el pantano familiar, ¡diviértete, amiga! No te arrepentirás».
No quiero esas pasiones se dijo, con la voz quebrada. Ya no las quiero.
Tuve a Zulema, lo amaba con locura. El destino nos cruzó y durante dos años mantuvimos una aventura. Igor sospechaba, pero callaba.
Yo, en mi culpa, pensé en abandonarlo. El amante me turaba la cabeza, no tenía fuerzas ni ganas de negarme. Cada encuentro era temblor, estremecimiento, espasmo del corazón. Inexplicable.
Al final, logré alejarme de él, aunque seguía amándolo. Volví al hogar. A veces me pregunto por qué, pues con Zulema había una felicidad pequeña pero infinita.
Igor
Hace tiempo que el sentimiento se apagó, pero aún quedaba una chispa.
Solo quedó la lástima. Yo misma me culpo. Bebiste mi amor, querido marido, no me guardes rencor
En aquel momento todo se enredó, y sin decirle nada a Olalla sobre el amante, ella sigue creyendo que soy una santa.
Y el Señor no me dejó entrar al santuario
Se escribe la historia
Era difícil olvidar a Zulema. Compartíamos el alma, nos entendíamos con la mitad de una palabra, con la mitad de una mirada.
Probablemente nunca podré borrarla de mi memoria; todo fue tan intenso, salvaje, voraz.
Este tipo de episodios solo ocurre una vez en la vida.
¿Quieres repetirlo, María? ¡YO QUIERO! reflexionó la mujer de cuarenta y cinco años
Olalla, sírveme el té animó María, abrazando a su amiga.
En su cabeza resonó una voz: Busca dentro de ti, niña. Lava tu alma. Te quiero. Ámate a ti misma y vuelve.

Al final, comprendió que la verdadera paz no se encuentra en los templos ni en los amantes, sino en aceptarse, perdonarse y seguir adelante con el corazón sereno.

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