Monica tenía entonces trece años. Antes siempre la enviaban a casa de la abuela para pasar dos seman…

Cuando Inés tenía trece años, solía pasar dos semanas cada verano en casa de su abuela en un pequeño pueblo de Castilla. Aquellos primeros años, Inés compartía todos sus secretos con la abuela, la adoraba y siempre esperaba con ilusión el viaje. Pero al crecer, dejó de disfrutar esas estancias: no tenía amigos cerca, ni cine, y se sentía cada vez más sola. Inés era la única nieta de la abuela.

Recuerdo el día en que su padre la llevó de nuevo a casa de la abuela. Su madre estaba a punto de dar a luz a su segundo hijo, y pensaron que la mayor estaría mejor en el campo, para respirar aire puro, decían. También querían alegrar la vida de la abuela, que recibía esta visita con auténtico gozo, pues Inés era el reflejo de su madre en la juventud, una copia casi exacta.

La llegada de la nieta supuso además un cambio en lo económico. La abuela vivía de su pensión, pero el padre de Inés le dejaba pesetas suficientes para cuidar a la niña con holgura. La anciana no escatimaba en gastos. Inés, sin embargo, nunca había ayudado en las tareas del hogar, y la abuela no le exigía colaboración. Tener alguien con quien conversar sobre la vida era una bendición.

Con el tiempo, Inés empezó a quejarse de la comida que le preparaba la abuela. Sabía bien que su padre le dejaba dinero, así que esperaba caprichos de todo tipo. La abuela se sentía mal, porque había comprado todos los dulces y manjares posibles para que su nieta nunca pasara hambre ni, peor aún, adelgazara.

Luego llegaron otras quejas: que la abuela hablaba demasiado alto, y que su tío, el hermano de su madre, un hombre perdido y poco útil que aún vivía con la abuela, cantaba borracho y le impedía leer los libros escolares de verano.

A los quince días, una madrugada, Inés montó una escena porque alguien le había comido su ensaimada. Rompió a llorar desconsolada y la abuela intentó averiguar quién fue el culpable de tal agravio. Inés llamó a su padre pidiendo más dinero, y el hombre llegó aquella noche para aclarar lo sucedido. Por culpa de la crisis de Inés, se malinterpretó todo; la hija se distanció de su madre, y nunca más mandó a la niña con la abuela. Aquella vieja quedó tan apesadumbrada, que aún hoy en las tardes de verano suspira y recuerda esos días con tristeza.

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Monica tenía entonces trece años. Antes siempre la enviaban a casa de la abuela para pasar dos seman…
El hermano cuidaba de su hermana mientras mamá trabajaba. Pero nadie podía imaginar lo que sucedía.