Pues mira, te cuento, llevo tres años casado con Sofía. Ella tiene una hermana pequeña, y cuando éramos novios, Sofía siempre me contaba que en su familia la hermana menor era la niña mimada, la favorita, vamos. Aunque las dos ya son adultas, sus padres siguen tratándolas de manera distinta.
El día de nuestra boda, la suegra nos regaló una plancha. Sí, una buena plancha, no te creas, pero tampoco es que sea el regalo más ilusionante. Yo nunca me quejo de los regalos, pero incluso mis amigos, que tampoco nadan en la abundancia, nos dieron un sobre con una cantidad de euros bastante apañada. Y la madre de Sofía, que tiene buen sueldo y es dueña de tres pisos en Madrid, solo se estiró hasta una plancha.
Nosotros vivíamos en un piso alquilado y encima, antes de casarnos, yo me lié con una hipoteca que aún estoy pagando. No es que me molestara demasiado, pero el disgusto llegó al año siguiente, cuando la hermana de Sofía se casó y la madre le regaló un piso. O sea, la hija mayor se lleva una plancha y la pequeña un apartamento nuevo. Imagínate cómo se debió sentir Sofía, y hasta a mí me sentó fatal.
La cosa fue a peor cuando, después de un tiempo, la suegra nos dijo que quería venirse a vivir con nosotros. Su piso estaba en reformas, el segundo lo tenía alquilado y el tercero se lo había dado a la hija menor. Así que, como nuestro piso estaba más cerca de su trabajo, decidió que era buena idea instalarse con nosotros.
Cuando vino a hablar sobre su mudanza, no pude evitar soltarle lo que realmente pensaba sobre cómo trata a sus hijas. Se ofendió muchísimo, pero Sofía me apoyó. Me sentí mal por ser tan brusco con la madre de la mujer a la que quiero, pero de verdad que no podría compartir casa con ella. No por el tema del regalo, sino por ese trato tan injusto hacia Sofía.






