Faltaban ocho días para mi boda cuando mi padre falleció. Se fue mientras dormía. Me llamaron del hospital justo cuando estaba en el trabajo y me dijeron que ya no se podía hacer nada. Me senté en el suelo del pasillo y ni siquiera sabía cómo reaccionar. Mi madre ya había muerto hacía años y él era todo lo que me quedaba. Fue la señora que le ayudaba en casa quien lo encontró, porque tenía una copia de la llave.
Yo era hijo único, su niño consentido. Hablábamos todos los días. Siempre me llamaba por las mañanas para preguntarme si ya había desayunado, y por las noches para asegurarse de que había llegado bien a casa.
Los días siguientes fueron un auténtico caos. El velatorio, el entierro, gente viniendo a dar el pésame Dormía dos horas cada noche como mucho. Todo el rato estaba mirando el móvil, como esperando un mensaje suyo para poder contestarle. Mi prometida, Carmen, estuvo conmigo el primer día, pero al poco tiempo empezó a alejarse, como si le incomodara el ambiente de tristeza que había en casa.
Al tercer día después del entierro, me envió un mensaje: Tenemos que hablar sobre la boda. Le contesté que no estaba bien, que ahora mismo no tenía cabeza para pensar en eso. Insistió. Nos vimos aquella misma tarde y fue directa: ¿Qué vamos a hacer? Ya está todo pagado: el salón, la música, el vestido, el banquete. No podemos perder ese dinero.
La miraba sin poder creer lo que oía. Le dije: Acabo de enterrar a mi padre. Estoy de luto. No estoy para fiestas, ni bailes, ni brindis. Ella contestó que entendía mi dolor, pero que había que ser prácticos, que no podíamos simplemente tirar el dinero por la ventana.
Entonces me levanté y le propuse arreglar las cuentas. Le pedí que me dijera cuánto había puesto ella, cuánto su familia, cuánto yo. Saqué los ahorros que tenía guardados para nuestro futuro piso y le devolví hasta el último céntimo. Le di el sobre y le dije: Hasta aquí hemos llegado. No puedo casarme con alguien que, en el peor momento de mi vida, se preocupe más por la celebración que por lo que yo siento.
Se quedó callada. Luego rompió a llorar, diciendo que estaba exagerando, que estaba actuando con rabia y que me arrepentiría. Yo le contesté que no había perdido a un familiar lejano, sino a mi padre, el único que tenía, y que si ella no podía entender eso, no era la persona con la que quería formar una familia.
Cancelamos todo. Avisamos a los invitados de que la boda no iba a celebrarse. La mayoría lo entendió, aunque muchos creían que solo la posponíamos. También hubo quien me dijo que estaba loco, que podía casarme y luego llorar Pero yo no era capaz. No podía forzar una sonrisa para las fotos, ni brindar, ni celebrar nada.
Con el tiempo, fui pasando por mi propio proceso. Vendí el coche de mi padre, recogí su casa, cerré esa etapa. Hace poco supe que Carmen ya está casada con otro, solo un año después de lo nuestro. Vi las fotos en redes: vestido blanco, fiestón, sonrisas y brindis.
A veces me pregunto si fui demasiado tajante, si debería haberlo pensado mejor. Pero luego recuerdo aquel día, los dos sentados frente a frente, ella hablando de dinero y yo destrozado por dentro y me doy cuenta de que hice lo correcto.







